Crisis de combustibles paraliza Lima y expone fragilidad política

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Lima vive por estas horas una de las jornadas más tensas de los últimos años. La combinación de una grave escasez de combustibles con un escenario político nuevamente convulsionado dejó a la capital peruana al borde de la parálisis, con impacto directo en el transporte, los bolsillos y el humor social.
Desde temprano, las principales arterias de la ciudad se transformaron en filas interminables de autos, combis y camiones que aguardan acceder a un mínimo de combustible. En distritos populosos como San Juan de Lurigancho, Villa El Salvador y Comas, los “grifos” registran colas que superan los dos kilómetros, con conductores que pasaron la noche dentro de sus vehículos a la espera de los camiones cisterna.
El desabastecimiento golpea especialmente al transporte público y a los servicios de reparto. Muchos choferes denuncian aumentos desmedidos en los pasajes de rutas informales y reducción de flota en el sistema formal. La postal se completa con carteles de “No hay combustible” multiplicados en las pizarras de precios y conatos de incidentes entre usuarios desesperados por cargar aunque sea unos litros.
“Esto ya no se aguanta, no es cosa de un día ni dos, viene de hace mucho tiempo y no se ha hecho nada. Encima ahora han avisado que a partir de mañana estaremos dos días sin agua potable, estamos literalmente fregados”, relata a la agencia Noticias Argentinas un chofer de Uber que debió esperar casi cinco horas para llenar su tanque y poder seguir trabajando.
Un problema estructural: gasoductos, racionamiento y mercado restringido
Mientras las autoridades intentan atribuir la crisis a incidentes puntuales en gasoductos de la selva, desde el sector advierten que el problema es más profundo. El director de la Asociación de Grifos del Perú, Carlos Puente, recordó en medios locales que el desabastecimiento se detecta desde diciembre de 2025 y se fue agravando a lo largo del primer bimestre de 2026.
Puente describe una crisis multidimensional. Por un lado, el Gas Natural Vehicular (GNV) está fuertemente restringido y se prioriza casi exclusivamente a autobuses y camiones de carga pesada por decisión de la distribuidora Cálidda. Por otro, una interrupción en el ducto operado por Transportadora de Gas del Perú (TGP) dejó sin Gas Licuado de Petróleo (GLP) a buena parte de las estaciones, forzando a miles de automovilistas a migrar a gasolinas de mayor octanaje.
Esa presión adicional sobre las naftas se da en un contexto de cuotas limitadas y capacidad de refinación insuficiente, lo que redunda en faltantes y racionamiento en los surtidores. En muchos casos, los grifos solo alcanzan a cubrir una fracción de la demanda diaria de la capital, lo que alimenta el malestar y la incertidumbre.
Impacto internacional y bolsillo golpeado
La coyuntura global tampoco ayuda. El conflicto bélico en Oriente Medio, con un rol clave de Irán y dificultades en el Estrecho de Ormuz, empujó el precio internacional del crudo a niveles críticos. Pero, según los especialistas, el golpe más duro para el consumidor peruano proviene del incremento en el costo de refinación, que ya duplica las previsiones para este año.
- Precio del crudo al alza por tensiones geopolíticas en Oriente Medio.
- Costos de refinación superiores a lo previsto, trasladados al surtidor.
- Restricciones internas de distribución y sistema de cuotas limitadas.
“La salida de fondo no pasa solo por reparar ductos, sino por abrir real y efectivamente el mercado a más importadores y refinerías, para que la competencia ayude a estabilizar precios”, sostuvo Carlos Puente, titular de la Asociación de Grifos del Perú.
Con una economía que intenta recuperarse, la persistencia de las largas filas en las estaciones de servicio se convirtió en símbolo de una crisis energética que amenaza con empujar la inflación y frenar la actividad en el arranque de 2026.
Nueva tormenta política: presidentes fugaces y denuncias judiciales
La crisis de combustible convive con otro fenómeno recurrente en Perú: la inestabilidad institucional. Tras la destitución de José Jeri –quien a su vez había reemplazado en octubre pasado a Dina Boluarte–, el país volvió a cambiar de mando y suma así nueve presidentes en apenas diez años.
Actualmente, la presidencia interina está en manos de José María Balcázar, de 83 años, elegido por el Congreso para completar el mandato hasta las elecciones presidenciales de abril y la asunción del nuevo jefe de Estado en julio. Su gestión, sin embargo, arranca bajo una pesada sombra judicial: acumula al menos 15 denuncias fiscales, que van desde apropiación ilícita hasta tráfico de influencias, y enfrenta una citación a juicio oral en dos meses, con la amenaza de ser declarado reo contumaz si no se presenta.
“Hemos tenido nueve mandatarios en diez años y cada cual resulta peor que su antecesor”, resume el chofer de Uber consultado, reflejando el cansancio social ante ciclos políticos cada vez más breves. Balcázar gobernará apenas cinco meses, mientras que su antecesor, Jeri, solo estuvo cuatro en el cargo.
Con elecciones presidenciales a la vuelta de la esquina, los peruanos deberán decidir en las urnas un nuevo rumbo político en medio de colas interminables para cargar combustible y un clima de incertidumbre económica y social que atraviesa todas las capas de la sociedad.

