Las “misas ricoteras” y el legado místico del Indio

Devoción ricotera: el fenómeno que rodeó al Indio Solari

El Indio Solari durante un recital ante una multitud de seguidores

NewsITe

La muerte de Carlos Alberto “El Indio” Solari, ocurrida a los 77 años en su residencia de Parque Leloir, reavivó los recuerdos de un fenómeno único en la historia del rock argentino: las célebres “misas ricoteras”. Más que simples recitales, aquellos encuentros se convirtieron en verdaderos rituales populares que marcaron a varias generaciones de seguidores a lo largo y ancho del país.

Considerado uno de los músicos más influyentes del rock nacional, el Indio construyó con su público un lazo que desbordó lo artístico. Cada show, primero con Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y luego en su etapa solista, fue el punto de encuentro de una comunidad que viajaba cientos de kilómetros, compartía asados, fogones y canciones, y transformaba la previa del recital en una experiencia colectiva tan intensa como el concierto mismo.

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Ese clima de fervor, sumado a la mística que rodeaba a la banda —sin grandes apariciones mediáticas y con un fuerte culto a la independencia artística— derivó en la denominación de “misas ricoteras”. Para muchos fanáticos, asistir a un recital del Indio era casi un acto de fe: el músico encarnaba la figura de un “papa” laico, y sus letras, cargadas de metáforas y referencias sociales, eran tomadas como verdaderos rezos compartidos a coro por multitudes.

El momento culminante de esas misas tenía nombre propio: “Ji ji ji”. El clásico tema se convirtió en un himno generacional y en el punto más esperado de cada presentación. Cuando sonaban sus primeros acordes, los asistentes se preparaban para “el pogo más grande del mundo”, un movimiento masivo de cuerpos y voces que ya forma parte de la iconografía del rock argentino.

Convocatorias históricas y el final de las peregrinaciones

Las cifras que rodearon los recitales del Indio grafican la magnitud del fenómeno. En 2016, el show en Tandil reunió alrededor de 250.000 personas, una multitud pocas veces vista en un evento musical en el país. Un año después, en 2017, el recital en Olavarría congregó entre 300.000 y 400.000 asistentes, en una convocatoria que superó todas las previsiones.

Aquel concierto en Olavarría marcó, con el paso del tiempo, el final de las grandes peregrinaciones ricoteras. Los serios problemas de organización, las dificultades para el acceso y la circulación del público y el saldo trágico de dos personas fallecidas sellaron el destino de esas masivas reuniones. Desde entonces, el Indio se alejó de los escenarios, y esa noche quedó inscripta como su última presentación en vivo.

El 11 de marzo pasado se cumplió un nuevo aniversario de ese recital, fecha que cada año vuelve a encender debates y reflexiones entre fanáticos, especialistas y autoridades sobre los límites de la masividad y la responsabilidad en la organización de espectáculos. Sin embargo, por encima de las polémicas, persiste el recuerdo de un movimiento cultural que convirtió al rock en un espacio de pertenencia, identidad y emoción compartida.

  • Recitales multitudinarios que reunieron a cientos de miles de personas.
  • Una relación de devoción entre artista y público pocas veces vista.
  • Una mística colectiva que transformó recitales en verdaderas “misas”.

Las “misas ricoteras” quedaron grabadas en la memoria popular como el símbolo máximo de la comunión entre el Indio Solari y su pueblo ricotero.

Con la noticia de su muerte, miles de seguidores vuelven hoy a aquellas noches de pogo y cánticos interminables. Más allá del adiós físico, el legado del Indio Solari y de sus misas ricoteras se mantiene vivo en cada barrio, en cada fogón y en cada parlante que hace sonar, una vez más, las canciones que marcaron a toda una generación.

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