Un informe de la UCA expone que la mayoría de los trabajadores enfrenta dificultades para alimentarse durante la jornada. La falta de recursos y de condiciones laborales adecuadas impacta en qué, cómo y cuándo comen.

La alimentación durante la jornada laboral dejó de ser una rutina garantizada para la mayoría de los trabajadores argentinos. Un informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA reveló que el 83,5% de los asalariados atraviesa algún tipo de vulnerabilidad alimentaria en el trabajo, ya sea porque reduce la cantidad, la calidad o ambas dimensiones de su comida.
El estudio, basado en una encuesta nacional a 1.171 trabajadores, también mostró que comer durante la jornada no es una práctica universal. Mientras el 77,4% afirmó que sí lo hace, un 22,6% —casi uno de cada cuatro— señaló que no come mientras trabaja, lo que expone una dificultad estructural para sostener hábitos básicos en el ámbito laboral.
La restricción económica aparece como uno de los factores centrales. El 56,2% de los asalariados indicó que tuvo que saltear comidas o elegir alimentos menos nutritivos por falta de recursos. Este fenómeno se intensifica en los sectores de menores ingresos y en determinadas regiones del país, donde las condiciones de acceso a la alimentación son más limitadas.
Sin embargo, el informe advierte que el problema no se explica solo por el nivel salarial. Las condiciones del entorno laboral también inciden de manera directa en la forma en que los trabajadores se alimentan. La presencia —o ausencia— de infraestructura como comedores, heladeras o microondas modifica tanto la calidad de la comida como la posibilidad de realizar pausas adecuadas.
Comer en el escritorio, sin pausa o en soledad
Entre quienes sí comen durante la jornada, el 41,5% lo hace en su escritorio o puesto de trabajo, mientras que el 38,9% utiliza el comedor de la empresa. Estos datos reflejan que, en muchos casos, la comida se integra de manera precaria a la dinámica laboral, sin un espacio diferenciado ni condiciones adecuadas.
La comensalidad también presenta diferencias marcadas. El 61,8% de los trabajadores comparte la comida con compañeros, pero el 32,3% lo hace en soledad. Esta situación se acentúa en empresas pequeñas y en modalidades de teletrabajo, donde la alimentación individual se vuelve predominante.
A su vez, la pausa para comer no siempre está asegurada. Aunque el 74% afirmó que puede tomarse ese tiempo de manera regular, un 26% enfrenta dificultades para hacerlo, especialmente en contextos laborales más exigentes o con menor organización de los tiempos de descanso.
El informe señala que contar con infraestructura adecuada y con algún tipo de aporte del empleador mejora significativamente las prácticas alimentarias. En ese sentido, el 80,4% de los asalariados se mostró a favor de recibir algún tipo de beneficio vinculado a la alimentación.
Impacto en la salud y desigualdades estructurales
Las condiciones alimentarias durante la jornada laboral también tienen consecuencias en la salud. El relevamiento indicó que el 23,1% de los asalariados presenta obesidad, con mayor prevalencia en adultos y en contextos laborales menos favorables.
El estudio concluye que la alimentación en el trabajo no puede ser entendida únicamente como una elección individual, sino como el resultado de una combinación de factores económicos y laborales. En ese marco, plantea la necesidad de abordar el problema desde políticas que contemplen tanto el ingreso de los trabajadores como las condiciones en las que desarrollan su actividad.

