Precariedad y malestar pese al aumento del salario mínimo en Japón

NewsITe
Japón volvió a incrementar su salario mínimo por segundo año consecutivo, pero el ajuste no logra compensar el encarecimiento del costo de vida. De acuerdo con medios internacionales citados por la Agencia Noticias Argentinas, el sueldo base subió un 5 %, aunque para amplios sectores de la población sigue siendo insuficiente para llegar a fin de mes.
Con la última actualización, el salario mínimo promedio se ubica en 1.177 yenes por hora, equivalentes a unos 6,50 euros. La comparación internacional deja al descubierto la brecha: en países como Francia o el Reino Unido, la paga mínima por hora supera los 12 euros. En un contexto de inflación y encarecimiento de alimentos, transporte y alquileres, el incremento japonés luce exiguo para quienes dependen de ese ingreso.
El problema se agrava porque casi el 40 % de los trabajadores en Japón tiene empleos considerados precarios, muchos de ellos a tiempo parcial, sin estabilidad ni grandes beneficios sociales. Buena parte de este universo queda atado al salario mínimo y a jornadas fragmentadas, lo que reduce aún más su capacidad de consumo y de ahorro.
Historias de vida que exponen la crisis del salario mínimo
Entre los testimonios recogidos por la prensa internacional aparece el de “Keiko” (nombre ficticio), una trabajadora de unos 40 años que solo come dos veces al día para estirar el dinero lo máximo posible. “Cincuenta yenes más es mejor que nada, pero sigo sin poder salir adelante económicamente”, relató. Su situación refleja el impacto concreto de ingresos que no acompañan el costo de vida.
La mujer aún vive con su madre porque no puede afrontar un alquiler por su cuenta. Sin embargo, su madre también percibe el salario mínimo en un empleo precario, lo que alimenta la preocupación familiar hacia el futuro. Keiko teme especialmente el momento de la jubilación, cuando ambas dependan de pensiones de bajo monto que podrían dejarlas en una situación aún más vulnerable.
“Ahí es cuando las dos estaremos aún más en apuros”, confesó Keiko, graficando el temor extendido entre los trabajadores de bajos ingresos en Japón.
La presión no solo se siente del lado de los asalariados. Un dueño de restaurante que emplea a varios jóvenes con salario mínimo reconoció que el incremento les permite a sus empleados vivir un poco mejor, pero admitió que para las pequeñas empresas el ajuste salarial del 10 % acumulado en dos años resulta difícil de absorber. La merma en el consumo interno, con japoneses que salen menos a comer afuera, limita las ganancias y estrecha el margen para sostener esos aumentos.
Una agenda oficial que posterga mejoras sustanciales
El debate alrededor de los salarios se cruza con la agenda política. Según la prensa francesa, la primera ministra Sanae Takaichi —considerada ultraliberal en materia económica— trazó un horizonte poco alentador para quienes esperan una mejora rápida. El gobierno proyecta que el salario mínimo por hora no alcanzará los 1.500 yenes (unos 8 euros) hasta la década de 2030.
Esa meta aparece incluso por detrás de las promesas de su antecesor, el conservador moderado Shigeru Ishiba, quien había fijado como objetivo llegar a ese nivel antes de que termine la década de 2020. La postergación del plazo alimenta el malestar social en un país que busca reactivar el consumo interno pero mantiene una estructura laboral marcada por la precariedad y los bajos salarios en amplios segmentos.
Mientras tanto, trabajadores como Keiko y pequeños empleadores coinciden, desde lugares distintos, en una conclusión similar: los tiempos que atraviesa Japón son cada vez más difíciles, y el aumento del salario mínimo, aunque bienvenido, está lejos de ser una solución definitiva al problema del ingreso real.

