Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas (Lc 16, 10-13).

Por Monseñor Hugo Norberto Santiago
Obispo de la Diócesis de San Nicolás
“El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién le confiará lo que les pertenece a ustedes? Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al dinero.”
Una falsa promesa de felicidad que termina en frustración
Los documentos de la Iglesia llaman “ídolos”, al placer, al tener y al poder si son tomados como bienes “absolutos”. Los ídolos se parecen a Dios porque son capaces de hacer que toda nuestra vida se organice en torno a ellos, pero son “dioses falsos” porque nos llevan la vida con la promesa de una felicidad que no nos pueden dar. Son una falsa promesa de realización que termina en frustración. En efecto, si una persona vivió toda su vida acumulando dinero y llega a la vejez, se dará cuenta, tal vez tarde, que no podrá quedarse con todo eso porque nunca se vio un cortejo fúnebre que incluya una casilla rodante llevando los bienes del difunto, los bienes acumulados los disfrutarán otros, lo quiera o no el propietario que se está por morir. Lo mismo ocurre con el placer tomado como fin. Si el objetivo absoluto de una persona en la vida fue “pasarla bien” de manera egoísta, en la vejez sentirá una gran frustración, porque los viejos – con todo respeto -, no sólo no tienen placer sino que tienen “achaques”, dolores que deben soportar con paciencia si la medicina no los atenúa. Algo análogo ocurre con el poder tomado como absoluto. Los “viejos” no pueden retener el poder que tenían cuando eran jóvenes y autónomos; por eso, aunque sea tremendamente injusto, si su familia los lleva a un geriátrico porque no pueden o no quieren hacerse cargo de ellos, no lo podrán impedir, y constatarán que el poder se les ha ido de las manos como el agua entre los dedos, ya que los demás hacen con ellos lo que no quieren.
La verdad de las cosas
La Iglesia nunca ha dicho que tener mucho dinero sea pecado – si se lo ha conseguido con honestidad -, lo que siempre ha dicho es que al capital hay que darle un sentido social, por ejemplo, creando una fuente de trabajo, y no tomándolo como fin para disfrutar de él egoístamente. Con el poder pasa algo análogo; cualquiera tiene poder; los padres tienen poder sobre los hijos pequeños; los docentes tienen poder sobre los alumnos; las autoridades civiles sobre los ciudadanos, pero deben utilizarlo no como un fin en sí mismo, sino como un servicio para promover a las personas. Si pensamos en el placer, constatamos que hay muchos placeres lícitos que nos regala Dios; poder practicar un deporte, disfrutar de los amigos o los hijos; el amor en el marco de una alianza fiel entre un varón y una mujer, lo malo es tomar el placer como un fin absoluto, porque nos lleva a manipular y a usar a las personas para tener placer y eso, claramente está mal, porque a ninguna persona le gusta que la traten como “objeto”, ni que la manipulen o usen, porque las personas no somos una “cosa”, sino que tenemos una dignidad y somos fin de una relación, por eso nunca podemos ser tomados como medios.
Ubicarnos
Entonces, nos ubicamos como personas; utilizando la inteligencia y la libertad, constatamos el sentido de nuestra vida; somos “administradores” de todo – dinero, poder, placer -, no dueños, y debemos tomarlos como medios y utilizarlos como un servicio para la promoción de los que nos han sido confiados. Fundados en la verdad de las cosas, en el amor a Dios y al prójimo, tenemos que administrar para el bien común lo que tenemos. La vida es una misión. Con la ayuda de Dios, en los años de vida que nos regale, tenemos que poner nuestro granito de arena para crear un “cielo nuevo y una tierra nueva”, es decir, un mundo más humano, más justo, más comunicativo y solidario. Además de la alegría que da el servir por amor, como lo afirmó Jesús en el Evangelio, Dios, en esta vida, y más allá de esta vida, no dejará sin recompensa ni siquiera un vaso de agua que hayamos dado a un necesitado. Que Dios te bendiga, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Buen domingo.

