Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Lucas (Lc 23, 35-43).

Por Monseñor Hugo Norberto Santiago
Obispo de la diócesis de San Nicolás
“Después que Jesús fue crucificado, el pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: ‘Ha salvado a otros; ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido! También los soldados se burlaban de Él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: ‘Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo! Sobre su cabeza había una inscripción: ‘Este es el rey de los judíos’. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: ‘¿No eres Tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros’. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: ‘¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que Él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero Él no ha hecho nada malo’. Y decía: ‘Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino’. Él le respondió: ‘Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso’.
Palabra del Señor.
¿Rey? ¿En qué sentido?
El tiempo ordinario de la liturgia de la Iglesia termina con la solemnidad de Cristo Rey del universo, una celebración cuyo sentido hay que explicar para que se entienda correctamente, ya que el Evangelio nos presenta a Cristo crucificado. Si bien ya no quedan prácticamente “reyes”, sólo en algunos lugares de Europa y más que una función de gobierno son una realidad honorífica y de estirpe, la idea de “rey” la asociamos habitualmente con la de poder, dominio y gobierno de la vida de los demás. La celebración de Cristo Rey, en cambio, tiene que ver con el poder del servicio por amor. Los apóstoles, antes de recibir al Espíritu Santo que les haría comprender a Cristo como Hijo de Dios, pensaban que Él tenía poder y lo ejercía al modo de los reyes, por eso querían estar a la derecha y a la izquierda de Él cuando estuviera en su Reino, sin embargo Cristo les dice: “el que quiera ser el primero, hágase el último y el servidor de los demás”. Es el poder del amor que con humildad nos lleva a dar la vida por los demás, como un padre da la vida por sus hijos, ese es el poder de Cristo que desde su entrega en la cruz ha renovado nuestros corazones para que podamos hacer lo mismo que Él, creando vínculos de dignidad, fraternidad y paz. Eso es lo que celebramos.
¿Y nosotros? ¿quiénes somos?
No nos tenemos que olvidar que, para los que creemos, Cristo es Dios, es el Hijo de Dios hecho hombre, es el que vive Resucitado de entre los muertos y nos acompaña en la vida como compañero de camino y ejemplo a imitar. Esto trastoca nuestros modos de pensar, porque en general concebimos que el menor debe servir al mayor, el discípulo al maestro, el hombre debe servir a Dios, antes que nada. Y sin embargo, en Cristo, Dios sirve al hombre y el mayor sirve al menor. Dios es humilde, nos ama y nos sirve. Esto provoca en nosotros sorpresa y estupor, admiración y alabanza. Por otro lado, descubrimos en Jesús quien es el hombre, cual es su vocación, su misión en esta vida: el hombre es rey del universo y ejercita esa misión sirviendo por amor, incluso hasta el sacrificio de sí, poniendo al servicio de los demás su tiempo y sus talentos. De ese modo el hombre se encuentra a sí mismo, sabe quién es y descubre el sentido de su vida.
Por los frutos se conoce el árbol
Quien camina por allí, va teniendo interiormente la sensación de una profunda alegría, como la del que se encuentra a sí mismo, descubre su identidad y su vocación, se orienta y se potencia, crece como persona poniéndose al servicio del bien común. En cambio, el que es narcisista, se pone en el centro de la escena, se hace servir, es orgulloso, domina a los demás, se empequeñece como persona, no aporta nada a la sociedad y termina quedándose solo, aunque tenga muchos bienes materiales y aparentemente la pase bien, la desazón y el vacío interior, serán el fruto de ese estilo de vida. En síntesis, el hombre descubre quién es, se orienta y es más hombre, cuando sirve humildemente y por amor, entregando tiempo, talentos y dinero para dignificar a los demás, porque es consciente que “la vida” se le ha confiado por amor y como “amor con amor se paga”, debe entregarla con ese mismo código. Eso celebramos en la Solemnidad de Cristo Rey, que el servicio por amor es divino, es el estilo de Dios y se nos propone como el estilo que nos realiza y hace felices. Buen domingo.

