Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan (Jn. 3,13-17).

Por monseñor Hugo Norberto Santiago
Obispo de la Diócesis de San Nicolás
«Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo: el Hijo del hombre. Y del mismo modo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga en él la vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él». Palabra del Señor.
La cruz
Hoy celebramos la exaltación de la cruz de Jesús. Llamamos “cruz” a todos los sucesos que en la vida nos hacen sufrir: la pérdida de un trabajo, un problema de salud, la pérdida de un ser querido, una infidelidad en la amistad o el matrimonio, etc. Por eso el sufrimiento consiste en experimentar el mal personalmente. Sabemos que el mal existe en este mundo y podemos sufrir por solidaridad, pero cuando nos toca a nosotros, entonces el sufrimiento es una experiencia personal que habitualmente nos pone en una soledad particular y nos hace pensar que es difícil que nos comprendan, salvo el que ha experimentado algo parecido.
La ambigüedad del sufrimiento
El sufrimiento, de suyo, no tiene sentido y por eso, en la medida de nuestras posibilidades, tratamos de evitarlo. Por otra parte, muchas veces no podemos evitarlo y, si no le encontramos sentido, las experiencias que en la vida nos hacen sufrir nos ponen amargos, pesimistas, resentidos o violentos.
En la Biblia, el sentido del sufrimiento ha ido evolucionando. Primero fue interpretado como un castigo de Dios; luego, con el sufrimiento del inocente, se interpretó como una “prueba” de Dios, hasta llegar a Jesús, el cual le da un sentido de amor al sufrimiento. Jesús sufre en la cruz para rescatarnos del pecado y de la muerte y lo logra, porque gracias a su entrega por amor, el Espíritu Santo se derramó en los que creen y se bautizan, cambiándonos el corazón de piedra en un corazón de carne, capaz de amar.
El sentido redentor del sufrimiento humano
Por eso cuando sufrimos somos llamados a incorporar positivamente la experiencia como una oportunidad que, con la ayuda de Dios, nos hace mejores personas, nos purifica de la soberbia y la autosuficiencia, nos lleva a pedir ayuda a Dios y a los demás. Finalmente, podemos dar a ese sufrimiento un sentido de amor, de rescate, como lo hizo Jesús. Por ejemplo, un padre y una madre que dan tiempo, talentos y dinero para rescatar a su hijo esclavo de las adicciones, le están dando a su cruz un sentido de rescate y de amor. Que Dios te bendiga, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

