Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Juan (Mt 10, 37-42).

«Dijo Jesús a sus apóstoles: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que los recibe a ustedes, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe a Aquel que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo. Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque solo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa”». Palabra del Señor.
La paradoja de la felicidad
“El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará”. Esta expresión de Jesús es una paradoja que expresa la verdad de la vida y la felicidad del hombre, de todo hombre creado a imagen y semejanza de Dios. Es una paradoja porque se invierten nuestras concepciones, nuestro modo de pensar; nosotros diríamos: “Para encontrar la vida hay que encontrarla y para perderla, sencillamente, hay que perderla”, mientras que Jesús dice exactamente lo contrario. Su afirmación es una enorme verdad que tiene este significado: “Quien encuentra su vida la pierde”. Se refiere a la búsqueda egoísta de la propia felicidad: “Primero yo y después yo”; se trata del hombre –varón o mujer–, que solo piensa en sí mismo y buscando el tener, el pasarla bien y el poder, no le importa engañar y dañar al prójimo; es la persona sin empatía a la cual no le interesa si los demás sufren o la pasan mal y cree, engañosamente, que su realización y felicidad personal no están ligadas a la realización y felicidad de sus conciudadanos; es el individualista que ha tomado el camino equivocado y no se da cuenta de que esa filosofía de vida hará que, tarde o temprano, las personas cercanas, incluso sus afectos más estrechos, se alejen de él si no cambia, porque un egoísta es muy difícil de soportar en la convivencia cotidiana. La consecuencia es que se quedará solo y la soledad es el infierno, la infelicidad. La psicología y el Evangelio coinciden en que no se encontrará el que se busca demasiado a sí mismo.
El camino
“El que pierde su vida la encuentra”. En la sabiduría de Dios ese es el camino de la felicidad; para ser felices tenemos que pasar del egoísmo al amor, del aislamiento a la integración, de la soledad al encuentro, de la comodidad al compromiso, de la insensibilidad a la empatía, de creernos “el cuerpo” a darnos cuenta de que solo somos “un miembro” de un cuerpo que puede ser la familia, la escuela, el Estado y la sociedad. Esto supone perder la vida, dejar de ser el centro; supone incorporar al otro como “uno que me pertenece” y experimentar sus alegrías y tristezas como algo también propio; es acostarse por las noches y experimentar que nuestro corazón está lleno de nombres, de rostros de personas a las cuales amamos e intentamos servir, edificar y promover. Entonces descubrimos que nuestra edificación, realización y felicidad están necesariamente ligadas a “perder la vida”, a entregarla para formar una familia, para edificar una sociedad más justa, con oportunidades para todos, con menos marginados, con menos pobres, con menos ignorantes. Descubrimos sencillamente que de verdad somos un cuerpo, que las personas tenemos una esencial dimensión social y el egoísmo “mutila” esa dimensión.
Felicidad corporativa
En síntesis, nuestra felicidad está ligada a la felicidad de los demás; edificación personal y social, realización personal y social, felicidad personal y social van de la mano. Una de las consignas para combatir la pandemia del covid-19, en la que todos hemos coincidido, fue la siguiente: “O nos salvamos juntos o no nos salvamos”; “a la pandemia o la vencemos juntos o no la vencemos”. Una situación límite puso a la luz una gran verdad humana y cristiana, porque no hay mayor humanista que Cristo Jesús, el Hijo de Dios, que vino a devolvernos la “autocomprensión” que habíamos perdido por la oscuridad que generó el pecado en nuestra conciencia. Jesús vino a enseñarnos que “si estás enfermo moralmente, contagias a los demás” y que “si estás sano éticamente, contribuyes a la salud ética de los demás”. Por eso tenemos que “vacunarnos” con los valores del Evangelio de Jesús que nos sanan personal y socialmente, que nos hacen caer en la cuenta de que si queremos ser felices, no podemos buscar solo nuestros intereses personales porque somos seres sociales, parte de un cuerpo que necesita nuestro aporte para funcionar como tal. Así pues, si entregamos la vida, la encontramos, porque nuestra felicidad tiene una dimensión corporativa y social.
Que Dios te bendiga, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Buen domingo.

