Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Mateo (Mt 5, 13-16)

Por monseñor Hugo Santiago
Obispo de la Diócesis de San Nicolás
«Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en el cielo”». Palabra del Señor.
Una persona “de palabra”
Los que tenemos un poco más de edad hemos escuchado decir alguna vez: “Es una persona de palabra”. Eso significaba que se podía confiar en ella porque hacía lo que decía, cumplía lo que prometía. La coherencia entre palabra y gesto genera confianza y esa confianza se percibía en la cultura de hace algunos años; si bien alguien de vez en cuando fallaba, era habitual cumplir con la palabra dada, y por eso no siempre era necesario firmar un documento que asegurara que lo prometido se cumpliría. Sin ser pesimistas, podríamos decir que ese estilo y esa confianza han decrecido mucho en buena parte de las relaciones humanas de hoy. Es en el campo de la política donde han crecido la desconfianza y el escepticismo debido a la falta de cumplimiento de lo prometido, pero también en lo cotidiano, donde la palabra dada ha dejado de cumplirse, y eso ha ido generando descreimiento y escepticismo. En este sentido, parafraseando las palabras del Señor en el Evangelio de este domingo, podemos decir que, como sal de la tierra, hemos ido perdiendo el sabor y, como luz del mundo, hemos dejado de alumbrar; de allí que en las relaciones humanas, políticas, matrimoniales, laborales o vecinales se haya hecho presente la desconfianza. Por eso, si queremos que vuelvan la confianza y la esperanza en los diversos ámbitos de las relaciones humanas, no hay otro camino que traducir en gestos lo que dijimos y en cumplimiento lo que prometimos.
El valor educativo de la coherencia
En otras palabras, se puede ser luz y sal con las palabras, pero lo que nos da la certeza de que la sal tiene gusto y la luz alumbra de verdad es la promesa cumplida, porque es la palabra hecha gesto la que genera la confianza en las relaciones humanas. Esa coherencia tiene un enorme valor educativo y formativo, sobre todo en el campo de la familia, que es la formadora de personas por excelencia, ya que lo que nos dijo e hizo un docente o un sacerdote lo podemos olvidar, pero lo que nos ha marcado a fuego y llevamos en nuestro estilo de vida es la coherencia que han tenido nuestros padres. De ese modo, ellos han sido para nosotros “sal y luz”; han generado humanidad en nosotros, nos han marcado el camino, han iluminado el modo de vida que tenemos hoy. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que con su testimonio y fidelidad han generado en nosotros no solo buena parte del estilo de vida que tenemos hoy, sino también la confianza y el recuerdo agradecido, porque sentimos que han sido como una bendición para nuestra vida. Por el contrario, si han fallado en la coherencia, han sembrado desconfianza y han producido una herida que suele tardar en cicatrizar, aunque hayamos perdonado.
En fin, Dios, que es bueno, a todos nos ha confiado personas —hijos, alumnos, fieles, empleados, ciudadanos— para que nos hagamos cargo de ellas con amor y responsabilidad; para ellos seremos “luz y sal”, como quiere Jesús, si vivimos lo que les aconsejamos, si cumplimos lo que les prometemos. La coherencia es un regalo que le tenemos que pedir a Dios: ella le pone gusto a la vida de las personas que nos han sido confiadas, ilumina su camino y genera en ellas la esperanza de que una sociedad mejor es posible.
Que Dios te bendiga, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Buen domingo.

