Durante toda la semana las plazas y locales gastronómicos se colmaron de gente celebrando el Día del Amigo. El vínculo de amistad ha sido uno de los más valorados a lo largo del tiempo. Algunas veces, pocas afortunadamente, ese sentimiento se enferma y el amigo pasa a ser el peor enemigo.

De la redacción de EL NORTE
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Desde tiempos antiguos la amistad ha sido uno de los vínculos afectivos más valorados. Era una divinidad alegórica entre los griegos y romanos. En Roma la representaban con el emblema de una hermosa joven vestida sencillamente con un ropaje blanco, con la mitad del cuerpo descubierto y coronada de mirto entretejido de flores de granado. Sobre la frente las palabras “invierno y verano”. En la franja de su túnica también escribieron: “La Muerte y La Vida”. La imagen mostraba con la mano derecha su costado abierto hasta el corazón con esta inscripción: “De cerca y De lejos”. Pintaban también a la amistad con los pies desnudos, dando a entender con esto que no hay incomodidad por grande que sea que no venza un verdadero amigo en beneficio de otro.
Los artistas, a lo largo de la historia crearon alegorías, poemas y canciones en honor a este sentimiento tan puro que requiere, más que cualquier otro, reciprocidad. Pero también en la amistad, como en el amor, existe una contracara oscura cuando el vínculo afectivo se enferma. El caso de Joaquín Sperani, el adolescente de 14 años asesinado por su amigo de 13 recientemente en Córdoba, y el de Jonathan Maximiliano Carrasco, ocurrido en San Nicolás en 2017, son una muestra de “el lado B” del idílico vínculo de la amistad.
El homicidio de Joaquín Sperani sacudió al país en los primeros días de julio de este año por la ferocidad del ataque, por las edades de la víctima y del victimario, pero especialmente por el vínculo que los unía, eran compañeros inseparables. El trágico episodio ocurrió en la ciudad de Laboulaye, al sur de la provincia de Córdoba. El joven de 14 años desapareció y fue hallado muerto con más de diez golpes en la cabeza en una casa abandonada cercana al colegio donde concurría. Pero quizá lo más conmocionante de esta tragedia es que quien confesó su crimen era su mejor amigo, otro niño de 13 años con quien solían estar siempre juntos y eran vistos como compañeros inseparables. Esa unión surgió cuando ambos chicos se conocieron a los 8 años, cursando el tercer grado. El vínculo, incluso, los trascendía a ellos dos, ya que conforme a los testimonios las familias de ambos se juntaban, se reunían para algún evento y se los veía por el pueblo como si fueran una sola familia.
Los investigadores buscan determinar qué fue lo que motivó la ruptura o al menos la alteración de esa amistad para intentar entender el móvil del crimen.
Jonathan Carrasco
Jonathan Maximiliano Carrasco tenía 30 años cuando fue asesinado y su cuerpo descuartizado y prendido fuego por un amigo de la infancia. El hecho ocurrió en zona de islas en octubre de 2017. La víctima conocía desde chico a Luis Ávalos, un joven de 25 años que sería su agresor, y vivían casa de por medio. El fin de semana del 15 y 17 de octubre fueron juntos a pescar, pero el único que volvió fue Ávalos. Habían estado desaparecidos durante dos días. La primera en hacer la denuncia ante la ausencia fue la pareja de la víctima. Pero el homicida cuando llegó se dirigió directamente a la comisaría a declarar que limpiando su escopeta había matado de forma accidental a su amigo. Dijo que después del presunto accidente fatal, como habían tomado, se quedó dormido al lado del cuerpo de su amigo pero que al despertar su cuerpo ya no estaba, que no sabía lo que había sucedido. No solo lo asesinó a balazos, también lo prendió fuego, lo descuartizó con un machete y después pretendió ocultar el crimen enterrando los restos en la isla. La fiscal del caso, Verónica Marcantonio, relató, a poco de que se descubriera el crimen, que cuando llegaron con la Policía Científica hasta el rancho de chapas acanaladas, descripto por el imputado, encontraron afuera un brasero con cenizas y otra fogata que hacía poco tiempo se había quemado. No tuvieron que excavar mucho en el lugar para hacer el primer descubrimiento: el brazo izquierdo de la víctima. Además, había manchas hemáticas, un machete ensangrentado, un hacha, dos palas, un cubrecama y ropa con sangre. Los perros rastreadores fueron los que terminaron de encontrar las otras partes del cuerpo de Carrasco terminando de dar por descartada la primera versión del detenido de un “homicidio culposo”. El agresor quedó detenido y fue juzgado, y recibió una larga condena por “homicidio doloso”.
Según la declaración de la mujer de la víctima, su esposo y Ávalos eran amigos de la infancia pero ya habían tenido una pelea un año antes del crimen. En esa oportunidad, Luis Ávalos le pegó con una botella en la cabeza y también intentó atacarlo con un machete, pero no tuvo éxito. Estuvieron distanciados un tiempo y hacía pocos meses habían reanudado la relación que terminó en la horrible tragedia.

