Genes y perros: cómo la biología influye en el deseo de tenerlos

La ciencia revela cuánto influyen nuestros genes en el amor por los perros

Persona acariciando a su perro, vínculo afectivo entre humanos y mascotas

NewsITe

La histórica frase “el perro es el mejor amigo del hombre” acaba de sumar un nuevo respaldo desde la ciencia. Un estudio realizado en Suecia sugiere que el deseo de convivir con un perro no depende solo de la crianza y el entorno familiar, sino que también está fuertemente influido por nuestros genes.

La investigación, conducida por especialistas de la Universidad de Uppsala y difundida por la Agencia Noticias Argentinas, analizó datos de más de 35.000 gemelos. Al comparar gemelos idénticos y no idénticos, los científicos pudieron estimar qué parte de la decisión de tener un perro está ligada a la herencia genética y cuál al ambiente en el que crece cada persona.

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Los resultados fueron llamativos: en las mujeres, la genética explicaría cerca del 57% de la predisposición a incorporar un perro a la familia, mientras que en los hombres alcanzaría aproximadamente el 51%. Es decir, más de la mitad de esa inclinación estaría vinculada a factores biológicos, sin dejar de lado el peso del contexto social y cultural.

Una relación de miles de años entre humanos y perros

La conexión entre personas y perros tiene raíces muy antiguas. Se estima que fueron los primeros animales domesticados por el ser humano, hace al menos 14.000 años. Durante buena parte de la historia, perros y humanos compartieron refugio y trabajo: ayudaron en la caza, el pastoreo y la protección de los hogares, además de brindar compañía.

Investigaciones previas, como las desarrolladas en la Universidad Estatal de Washington, hablan de un proceso de coevolución. A medida que los humanos domesticaban a los perros, estos modificaban su comportamiento para adaptarse mejor a la vida en nuestras comunidades. A la vez, esa convivencia prolongada habría influido en la propia evolución humana, moldeando aspectos de nuestro comportamiento social y nuestras preferencias afectivas.

Beneficios para la salud y una afinidad que no es solo cultural

Más allá de las raíces biológicas, los efectos de vivir con un perro están ampliamente documentados. Diversos estudios indican que quienes conviven con estos animales suelen llevar una vida más activa, presentan menor riesgo cardiovascular, duermen mejor y reportan niveles de estrés y ansiedad más bajos. También se observan mejoras en la autoestima y en la sensación general de bienestar.

  • Mayor actividad física cotidiana, gracias a los paseos y al juego.
  • Impacto positivo en la salud cardiovascular y en la regulación del estrés.
  • Mejora de la autoestima y reducción de la sensación de soledad.
  • Rol clave en el acompañamiento de personas mayores y niños.

Sin embargo, hasta ahora se asumía que la afinidad por los perros estaba casi totalmente determinada por la experiencia de vida: por ejemplo, crecer en un hogar donde hay mascotas aumentaría la probabilidad de querer tenerlas en la adultez. El trabajo sueco no niega esa influencia, pero suma un dato clave: existiría una predisposición genética que hace que algunas personas se sientan especialmente atraídas por los perros desde el inicio.

“La genética y el ambiente juegan roles iguales en la determinación de la propiedad de los perros”, destacó la doctora Carri Westgarth, coautora del estudio, al subrayar que se trata de la primera evidencia sólida que vincula nuestros genes con la decisión de sumar un perro a la familia.

Para los especialistas, esa predisposición podría haber favorecido, a lo largo de la historia, la domesticación y el mantenimiento de esta relación única entre humanos y perros. Aunque aún quedan interrogantes sobre los mecanismos específicos involucrados, la conclusión es clara: el amor por los perros parece estar escrito, al menos en parte, en nuestro ADN.

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