Estudio argentino revela señales tempranas del Alzheimer

Una década de investigación local para anticipar la enfermedad

NewsITe

Una investigación liderada por la psicóloga y doctora en Ciencias Biomédicas Carolina Abulafia, de la Universidad Católica Argentina (UCA) y el Conicet, aporta nuevas pistas para detectar de manera precoz la enfermedad de Alzheimer. El trabajo se inscribe en un escenario desafiante: se estima que unas 400 mil personas viven con esta patología en Argentina y que, a nivel global, los casos rondan los 40 millones, en un contexto de envejecimiento poblacional que anticipa un crecimiento sostenido de diagnósticos.

Lejos de centrarse solo en los pacientes ya enfermos, el proyecto apunta a comprender qué ocurre muchos años antes de la aparición de los primeros olvidos. La ciencia sabe hoy que los cambios en el cerebro pueden comenzar entre 20 y 30 años antes de los síntomas visibles. Por eso, el equipo de Abulafia analiza de manera detallada las transformaciones anatómicas y funcionales del cerebro, así como el rendimiento cognitivo, los ritmos circadianos y la calidad del sueño en personas con mayor riesgo de desarrollar Alzheimer.

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El estudio se focaliza en hijos de personas con Alzheimer esporádico de inicio tardío, la forma más frecuente de la enfermedad, que suele manifestarse después de los 65 años. Aunque este tipo de Alzheimer no se considera estrictamente hereditario, tener un padre o una madre afectado constituye un factor de riesgo, sumado a otros elementos como la edad avanzada, ciertos genes –entre ellos el APOE– y condiciones ambientales vinculadas al estilo de vida.

Cómo se hizo el estudio con hijos de pacientes

El proyecto comenzó hace más de una década en el Laboratorio de Cronofisiología de la UCA, con la participación de especialistas de instituciones de referencia como FLENI. El equipo seleccionó a 32 personas de entre 40 y 60 años, hijas de pacientes con Alzheimer, y las comparó con un grupo control de 28 voluntarios sin antecedentes familiares de la enfermedad.

A todos los participantes se les aplicaron baterías de pruebas neuropsicológicas para medir memoria, atención, lenguaje, toma de decisiones, capacidad para enfrentar imprevistos, razonamiento y control de impulsos. Además, se realizaron estudios avanzados de neuroimagen: resonancias estructurales y funcionales para evaluar la conectividad cerebral, tomografías por emisión de positrones (PET) para medir el metabolismo de la glucosa y PET amiloide, utilizados para detectar la acumulación de placas amiloides, una de las marcas distintivas del Alzheimer.

La investigación incluyó, también, un análisis del sueño y los ritmos biológicos. Para eso se colocó un actígrafo –un dispositivo similar a un reloj– durante siete días, que permite registrar los ciclos de sueño y vigilia. En paralelo, se utilizó un holter de 24 horas a fin de observar el funcionamiento del sistema nervioso autónomo. En personas con deterioro cognitivo, estos patrones suelen estar alterados y pueden anticipar problemas neurológicos.

Resultados preliminares y pistas subclínicas

Según explicó Abulafia, en los hijos de personas con Alzheimer no se encontraron, por ahora, signos clínicos de la enfermedad: no se observaron atrofia cerebral evidente, deterioro cognitivo manifiesto ni trastornos graves del sueño. Sin embargo, los investigadores sí detectaron diferencias estadísticamente significativas respecto del grupo control, es decir, cambios sutiles que un médico no vería a simple vista pero que, desde la perspectiva científica, pueden ser señales tempranas.

En términos de rendimiento cognitivo, el equipo describió que, en una escala de 1 a 10, los participantes del grupo control obtenían en promedio un 8,5, mientras que los hijos de personas con Alzheimer rondaban el 7. Algo similar ocurrió con el descanso nocturno: estos últimos dormían, en promedio, media hora más, pero con peor calidad de sueño, lo que abre interrogantes sobre el rol de las alteraciones del descanso en la aparición de la enfermedad.

“Nos interesa avanzar en el diagnóstico temprano del Alzheimer porque cuando uno conoce su riesgo puede planificar el trabajo, las finanzas y las relaciones familiares. Da un margen mayor para la autonomía”, señaló Abulafia, quien remarcó que el gran desafío es desarrollar fármacos capaces de ralentizar la enfermedad cuando el cerebro todavía está sano.

Actualmente, el equipo de la UCA realiza un seguimiento de los mismos participantes. Doce años después del primer relevamiento, fueron convocados nuevamente para repetir muchas de las pruebas y determinar cuántos desarrollaron Alzheimer o algún deterioro cognitivo vinculado.

Qué implica para el futuro y cómo reducir riesgos

En el mediano plazo, la intención de los investigadores es ampliar la muestra y replicar el protocolo en otros centros, con más participantes y diversidad geográfica. Si se confirma que ser hijo de un progenitor con Alzheimer es un marcador relevante de riesgo, se podrían diseñar estrategias de prevención personalizadas y detectar cambios biológicos mucho antes del inicio de los síntomas.

Mientras se esperan resultados más concluyentes, las recomendaciones de la medicina siguen siendo claras: evitar el tabaco, mantener una alimentación saludable –como la dieta mediterránea–, realizar actividad física de manera regular y cuidar la higiene del sueño, es decir, respetar horarios, limitar pantallas antes de dormir y procurar un descanso continuo.

A estas medidas se suma el concepto de “reserva cognitiva”: estudiar, leer, tocar un instrumento, aprender idiomas y participar de actividades culturales y sociales crea más conexiones neuronales y puede ayudar a compensar, durante un tiempo, los primeros daños que produce la enfermedad. En un país que envejece, el desafío es combinar la investigación de punta con políticas de prevención y hábitos cotidianos que protejan el cerebro a lo largo de toda la vida.

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