El sacrificio de San Maximiliano Kolbe que se conmemora cada 14 de Agosto: pidió morir en lugar de otro prisionero en Auschwitz

La Iglesia celebra cada 14 de agosto a San Maximiliano Kolbe, fraile franciscano polaco que murió en el campo de concentración nazi en 1941. Fundador de la Milicia de la Inmaculada, misionero y comunicador, ocupó voluntariamente el lugar de otro prisionero condenado a morir de hambre.

San Maximiliano Kolbe

Cada 14 de agosto, la Iglesia Católica celebra a San Maximiliano María Kolbe, sacerdote franciscano polaco y mártir que murió en Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial. Su figura quedó especialmente ligada al episodio que marcó sus últimos días: se ofreció voluntariamente para morir en lugar de Franciszek Gajowniczek, un prisionero que había sido seleccionado por los nazis para el búnker del hambre y que había implorado por su esposa y sus hijos.

Kolbe murió el 14 de agosto de 1941, después de soportar cerca de dos semanas sin comida ni agua. Como todavía permanecía con vida junto con otros tres prisioneros, los guardias decidieron matarlos mediante una inyección de ácido fenólico. Tenía 47 años y llevaba apenas unos meses como prisionero número 16670 de Auschwitz.

Aquel último acto fue la culminación de una vida dedicada al sacerdocio, la evangelización y una profunda devoción a la Virgen María. Antes de convertirse en uno de los grandes mártires católicos del siglo XX, Kolbe había fundado la Milicia de la Inmaculada, creado publicaciones religiosas, desarrollado un importante centro editorial en Polonia y llevado su misión hasta Japón.

Las dos coronas que marcaron su infancia

Maximiliano Kolbe nació el 7 de enero de 1894 en Zduńska Wola, una localidad polaca que entonces se encontraba bajo dominio del Imperio ruso. Sus padres eran profundamente católicos y lo bautizaron con el nombre de Raymundo. Durante su infancia ocurrió uno de los episodios que posteriormente adquirió un significado especial dentro de su historia religiosa.

Cuando tenía alrededor de 12 años, su madre lo reprendió por una travesura y le preguntó qué sería de él en el futuro. El comentario lo afectó y Raymundo acudió a rezar ante la Virgen. Según relató después a su familia, tuvo una visión en la que María se presentó ante él con dos coronas: una blanca, que representaba la pureza, y otra roja, que simbolizaba el martirio. Al preguntarle cuál quería aceptar, respondió que deseaba ambas.

Poco después ingresó en el seminario menor de los franciscanos conventuales y en 1910 comenzó formalmente el noviciado, momento en el que adoptó el nombre de Maximiliano. Sus superiores lo enviaron posteriormente a Roma, donde estudió filosofía en la Universidad Gregoriana y teología en el Colegio Seráfico. Recibió la ordenación sacerdotal el 28 de abril de 1918.

Su salud ya presentaba dificultades durante aquellos años. Mientras se encontraba en Roma sufrió una hemorragia y recibió el diagnóstico de tuberculosis, una enfermedad que lo acompañaría durante buena parte de su vida. Sin embargo, continuó desarrollando una actividad religiosa que terminaría extendiéndose mucho más allá de Polonia.

La Milicia de la Inmaculada y una temprana apuesta por los medios de comunicación

En 1917, todavía en Roma, Kolbe fundó junto con otros franciscanos la Milicia de la Inmaculada. La asociación nació con una fuerte espiritualidad mariana y con el propósito de promover la evangelización a través de la consagración a la Virgen. Años después, Juan Pablo II señalaría que el amor a la Inmaculada había sido el centro de su vida espiritual y el principio que impulsó toda su actividad apostólica.

Kolbe comprendió además el potencial que tenían los medios de comunicación para difundir el mensaje religioso. Impulsó revistas y publicaciones, organizó una editorial y promovió el uso de nuevas herramientas de comunicación para alcanzar a públicos cada vez más amplios. Su actividad creció especialmente en Niepokalanów, la denominada “Ciudad de la Inmaculada”, que se convirtió en un importante complejo religioso y editorial cerca de Varsovia.

Su misión también adquirió una dimensión internacional. En la década de 1930 viajó a Japón y continuó allí su tarea evangelizadora. Fundó una misión franciscana en las cercanías de Nagasaki y desarrolló una edición japonesa de su publicación religiosa. A pesar de la tuberculosis y de los períodos en los que necesitaba atención médica, mantuvo una intensa actividad apostólica.

En 1936 regresó a Polonia y retomó la conducción de Niepokalanów. Tres años después, la invasión alemana cambiaría por completo su vida y convertiría aquel centro religioso en un lugar de refugio para personas perseguidas por la ocupación nazi.

La invasión de Polonia y la ayuda a miles de refugiados

Alemania invadió Polonia en septiembre de 1939 y dio comienzo a una ocupación marcada por la persecución y la violencia. En ese contexto, Kolbe y los franciscanos de Niepokalanów utilizaron sus instalaciones para recibir heridos, enfermos y refugiados. Vatican News señala que llegaron a asistir a unas 3.500 personas, entre ellas aproximadamente 1.500 judíos.

Los alemanes detuvieron a Kolbe y a otros religiosos en septiembre de 1939, aunque fueron liberados meses después. El sacerdote regresó entonces a Niepokalanów y continuó con su tarea. También rechazó la posibilidad de acogerse a una condición vinculada con su ascendencia alemana que podía haberle otorgado un trato más favorable bajo la ocupación.

En Auschwitz, San Maximiliano Kolbe dejó de ser identificado por su nombre y recibió el número 16670. Meses después, se ofreció a ocupar el lugar de otro prisionero condenado a morir de hambre.

La segunda detención llegó el 17 de febrero de 1941. Kolbe fue encarcelado junto con otros cuatro frailes y sufrió malos tratos durante su cautiverio. Finalmente, el 28 de mayo, las autoridades nazis lo trasladaron al campo de concentración de Auschwitz. Allí perdió su nombre para la administración del campo y pasó a ser identificado con un número: 16670.

Por su condición de sacerdote fue destinado a algunos de los trabajos más duros. Entre las tareas que debió realizar se encontraba el traslado de cadáveres hacia el crematorio. Los testimonios de otros detenidos también describieron cómo, pese a su delicado estado físico, continuaba acompañando espiritualmente a quienes compartían el cautiverio con él. Uno de los sobrevivientes lo recordaría posteriormente como “un príncipe entre nosotros”.

La fuga de un prisionero y la condena de diez hombres

A finales de julio de 1941, un prisionero del bloque en el que se encontraba Kolbe escapó. Como represalia, las autoridades del campo dispusieron que diez detenidos fueran seleccionados para morir de hambre. Los hombres debieron permanecer formados mientras los responsables de Auschwitz elegían quiénes recibirían el castigo.

Uno de los seleccionados fue Franciszek Gajowniczek. Al escuchar su nombre, el hombre reaccionó desesperado y comenzó a hablar de su esposa y de sus hijos. Kolbe, que se encontraba entre los demás prisioneros, abandonó entonces la formación y avanzó hacia los guardias para pedir ocupar su lugar. La decisión suponía un enorme riesgo: solamente salir de la fila sin autorización podía provocar que lo mataran inmediatamente.

Ante el oficial, Kolbe explicó que quería reemplazar al condenado porque era un sacerdote católico y Gajowniczek tenía una familia. Contra la propia lógica represiva del campo, los nazis aceptaron el intercambio. Gajowniczek volvió a la formación y Maximiliano pasó a integrar el grupo de diez hombres condenados a morir de hambre. Juan Pablo II destacaría décadas después que con aquella decisión el franciscano había defendido con su propia vida el derecho a vivir de otro hombre.

Gajowniczek sobrevivió al campo de concentración y también a la guerra. Durante los años siguientes relató en numerosas oportunidades lo ocurrido y mantuvo viva la memoria del hombre que había ocupado voluntariamente su lugar. Incluso estuvo presente en Roma cuando Juan Pablo II canonizó a Kolbe en 1982.

Dos semanas en el búnker del hambre

Los guardias encerraron a Maximiliano Kolbe y a los otros nueve condenados en el búnker sin proporcionarles comida ni agua. Los testimonios recogidos posteriormente describieron una escena diferente a la que habitualmente se producía en esas celdas: el sacerdote rezaba junto con los demás, los acompañaba y trataba de sostenerlos mientras avanzaban el hambre, la sed y el agotamiento.

Los prisioneros fueron muriendo con el paso de los días. Después de aproximadamente dos semanas, cuatro de ellos todavía permanecían con vida y Kolbe se encontraba entre los sobrevivientes. Las autoridades necesitaban liberar la celda y decidieron terminar con la agonía de quienes aún resistían mediante una inyección de ácido fenólico.

El 14 de agosto de 1941, Maximiliano Kolbe recibió la inyección letal. Según la tradición recogida por Vatican News, ofreció el brazo al encargado de aplicársela y pronunció “Ave María”. Murió en la víspera de la solemnidad de la Asunción, una fecha especialmente significativa para un sacerdote cuya espiritualidad había estado profundamente marcada por su devoción a la Virgen.

Su cuerpo fue posteriormente llevado al crematorio de Auschwitz. Habían pasado menos de tres meses desde su llegada al campo y 47 años desde aquel nacimiento en una pequeña localidad polaca que entonces ni siquiera pertenecía a un Estado polaco independiente.

San Juan Pablo II lo proclamó “mártir de la caridad”

La historia de Kolbe comenzó a adquirir una enorme dimensión después de la Segunda Guerra Mundial. Pablo VI lo beatificó en 1971 y destacó su entrega como expresión del sacrificio cristiano. Once años después, el 10 de octubre de 1982, Juan Pablo II presidió su canonización en la plaza de San Pedro.

Durante aquella ceremonia, el Papa polaco centró su homilía en las palabras del Evangelio de Juan: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos”. Para Juan Pablo II, Kolbe había llevado esas palabras hasta sus últimas consecuencias al presentarse voluntariamente para morir en sustitución de otro hombre.

San Juan Pablo II canonizó a Maximiliano Kolbe en 1982 y lo proclamó “mártir de la caridad”, al destacar la entrega de su propia vida para salvar a otro prisionero en Auschwitz.


La Iglesia lo reconoció como mártir de la caridad. Su canonización no quedó vinculada solamente a las circunstancias de su muerte, sino también a una vida en la que el sacerdocio, la actividad misionera, la comunicación y la devoción mariana habían ocupado un lugar central. Juan Pablo II resumió posteriormente esa espiritualidad al señalar que Jesús, María y San Francisco habían sido los tres grandes amores de Kolbe.

La presencia de Franciszek Gajowniczek en aquella canonización otorgó a la ceremonia un significado particular. Más de cuatro décadas después de Auschwitz, el hombre que había podido regresar con su familia estaba allí mientras la Iglesia proclamaba santo al sacerdote que había elegido morir en su lugar.

La devoción a San Maximiliano Kolbe y el legado de su vida

San Maximiliano Kolbe es recordado cada 14 de agosto y su figura mantiene una estrecha relación con la evangelización a través de los medios de comunicación, la espiritualidad mariana y el acompañamiento de quienes sufren persecución o privación de la libertad. La Milicia de la Inmaculada, que fundó en 1917, continúa desarrollando su obra en distintos países.

Su celda en Auschwitz se convirtió también en un lugar de memoria y oración. Durante su visita al antiguo campo de concentración en 2016, el papa Francisco ingresó en silencio al espacio donde Kolbe permaneció antes de morir y se detuvo allí a rezar.

Entre las expresiones que quedaron asociadas a su enseñanza aparece una que Juan Pablo II recordó al hablar de su vida: “Sólo el amor crea”. Para la Iglesia, esas palabras adquirieron un significado definitivo en Auschwitz, cuando el sacerdote decidió responder a la violencia del campo ofreciendo su propia vida para conservar la de otro hombre.

Oración a San Maximiliano Kolbe

San Maximiliano María Kolbe, sacerdote y mártir, que hiciste de tu vida una entrega al servicio de Dios y de los demás, intercede por quienes atraviesan la persecución, el sufrimiento y la pérdida de la libertad.

Tú que encontraste en la Inmaculada el centro de tu vida espiritual, acompaña a quienes buscan fortaleza en los momentos difíciles y enséñanos a responder al odio con caridad, a la indiferencia con entrega y al sufrimiento con esperanza.

Que tu ejemplo nos ayude a reconocer la dignidad de cada persona y a comprender, como enseñaste con tu propia vida, que solamente el amor puede vencer al odio.

Amén.

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