El enigmático asesino serial que marcó a Costa Rica

NewsITe
Entre 1986 y 1996, Costa Rica convivió con el terror de un asesino serial jamás identificado. La prensa y la investigación judicial lo bautizaron como “El Psicópata”, un criminal al que se le atribuyen al menos 19 homicidios cometidos en las zonas de Cartago, Curridabat y Desamparados, en el llamado “triángulo de la muerte”. A casi cuatro décadas de aquellos hechos, el caso sigue impune y prescrito.
Las víctimas eran, en su mayoría, mujeres solas o parejas heterosexuales sorprendidas de noche en lugares poco transitados. El accionar sistemático y la frialdad con la que se movía llevaron a los investigadores a hablar del primer asesino serial de la historia criminal costarricense, un antecedente que marcó a fuego a la sociedad del país centroamericano.
[p]
Con el correr de los años, las autoridades del Organismo de Investigación Judicial (OIJ) elaboraron diversos perfiles. Una de las hipótesis señalaba a un hombre costarricense de alrededor de 43 años, con pasado en Nicaragua y presunto vínculo con la guerrilla. Sin embargo, aquella línea nunca pudo sostenerse con pruebas concretas y se fue diluyendo en un mar de conjeturas.
Rumores de poder y una investigación llena de sombras
En paralelo a las pesquisas oficiales, crecieron rumores que vinculaban al asesino con sectores de alto poder económico y político. En el imaginario popular se lo relacionó incluso con una de las familias más influyentes del país, la del ex presidente José Figueres Ferrer, a través de su hijo Mariano Figueres Olsen. Nunca hubo confirmaciones ni imputaciones formales, pero las sospechas alimentaron la idea de un entramado de protección que habría impedido llegar a la verdad.
Otro punto llamativo fue la cantidad de sospechosos que quedaron en el camino. Uno de ellos, allegado a la familia de Ligia Camacho Bermúdez, se presentó voluntariamente ante las autoridades acompañado por su abogado para despejar cualquier duda en su contra. Aun así, los avances fueron escasos: se conocía el modus operandi y el calibre del arma, pero no se pudo vincular esos elementos a una persona específica.
El arma, el territorio y un patrón de violencia selectiva
Los crímenes atribuidos a “El Psicópata” tenían dos rasgos distintivos. El primero era el uso de un subfusil M3, que dispara munición .45 ACP. En julio de 2005 se encontró enterrada un arma similar en una vivienda ubicada en el “triángulo de la muerte”, pero los peritajes balísticos descartaron que se tratara del mismo subfusil utilizado en los asesinatos.
El segundo rasgo era la elección del territorio: el homicida actuaba exclusivamente al sur de la Autopista Florencio del Castillo, que une San José con Cartago. Esa limitación geográfica reforzó la idea de un agresor que conocía muy bien la zona y se movía con seguridad, eligiendo siempre lugares con baja circulación de personas.
La violencia contra las mujeres llevó a los investigadores a presumir un trauma previo ligado a una figura femenina, quizá su madre o una pareja. El ensañamiento en varios de los casos reforzaba el perfil de un homicida que combinaba componentes morales, sexuales y de odio dirigido. Incluso se modificó la línea de investigación: de un supuesto asesino “moralista” se pasó a la hipótesis de un asesino lujurioso que mataba para consumar sus fantasías.
Casos emblemáticos y un final sin justicia
Entre los hechos más recordados figura el crimen de Ligia Camacho Bermúdez, ocurrido el 14 de junio de 1987. La mujer leía en su cama cuando recibió un disparo desde el exterior de su vivienda, un ataque que no encajaba con el patrón habitual del asesino, acostumbrado a actuar en lugares solitarios. Pese a esa diferencia, la balística confirmó que se trataba del mismo agresor.
En esa escena se levantaron huellas digitales, pero al no existir detenidos ni sospechosos concretos, nunca se pudo establecer una comparación positiva. Esa falta de correlación de pruebas se repitió en otros expedientes del caso, dejando un rompecabezas incompleto.
El último homicidio atribuido a “El Psicópata” se registró el 26 de octubre de 1996, en Patarrá de Desamparados. Allí, la pareja formada por Mauricio Cordero e Ileana Álvarez fue sorprendida dentro de un vehículo Nissan Sentra. El atacante los obligó a caminar cerca de un kilómetro antes de asesinarlos de un disparo a cada uno y huir, poniendo punto final, al menos en los registros oficiales, a una cadena de asesinatos que jamás fue esclarecida.
Hoy, aun si el responsable fuera identificado, los crímenes se consideran prescriptos. Para las familias de las víctimas, el caso “El Psicópata” sigue siendo una herida abierta en la historia reciente de Costa Rica.
El expediente, que alguna vez ocupó portadas y generó temor generalizado, se convirtió en un símbolo de los límites del sistema judicial frente al crimen serial. Entre hipótesis inconclusas, rumores de poder y pruebas que nunca alcanzaron, el misterio de “El Psicópata” persiste como uno de los grandes enigmas criminales de América Latina.

