Un rescate milagroso que marcó dos destinos

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El 6 de enero de 2003 quedó grabado para siempre en la memoria de Gastón Baldo. Aquel día, con apenas 11 años, fue protagonista involuntario de un episodio límite en el complejo Arco Iris, en Río Ceballos, Córdoba: estuvo entre cinco y diez minutos atrapado en el filtro de una pileta y al borde de la muerte. Su vida quedó ligada desde entonces a la de Salvador Cristian “Cata” Cataldi, el joven guardavidas que se arrojó al agua, desafió al tiempo y logró sacarlo con vida.
Gastón había llegado aquel mediodía al club junto a tíos, primos y un amigo, estrenando una malla nueva de Reyes. Jugaban a tirarse desde el trampolín en la parte más profunda, de casi tres metros, cuando de un salto algo salió mal: el filtro de la pileta, sin rejilla de protección, succionó su pierna izquierda y lo dejó completamente sumergido. Su amigo Tomás fue el único que subió a la superficie y, entre gritos desesperados, dio la alarma.
Al escuchar los pedidos de auxilio, Cristian Cataldi, de 25 años, no dudó. Se lanzó al agua, se ubicó a más de dos metros de profundidad e intentó arrancar al chico de la trampa hidráulica apoyando las piernas en la pared de la pileta y tirando con todas sus fuerzas. No lo logró. Entendiendo que cada segundo contaba, le insufló aire boca a boca bajo el agua y subió brevemente a pedir ayuda y a organizar el rescate.
La maniobra que desafió al reloj y a las probabilidades
Según reconstruyeron las crónicas de la época, Cataldi coordinó a varias personas que se arrojaron a la pileta para ayudarlo a tirar del cuerpo del niño. Pero la succión del filtro seguía activa y el cuerpo de Gastón, ya inconsciente, hacía de tapón. El guardavidas advirtió entonces que la única posibilidad de salvarlo era interrumpir el sistema de filtrado. Saltó una cerca, bajó hasta la sala de máquinas, apagó el filtro y volvió a sumergirse de inmediato.
Ya sin la fuerza de la succión, y con un grupo de hombres empujando y tirando bajo el agua, Cataldi volvió a colocarse en posición de “araña” sobre la pared lateral y estiró con toda su energía. El hueco finalmente soltó la pierna de Gastón, muy hinchada por la presión. En la superficie, el guardavidas le practicó masajes cardíacos y maniobras de reanimación hasta la llegada de la ambulancia, que lo trasladó al Hospital Privado, donde continuó la tarea el equipo médico.
Gastón pasó al menos doce horas en coma inducido, intubado y con respirador artificial. Tenía agua en pulmones y vías aéreas superiores. Permaneció internado cinco días más en observación. Contra todos los pronósticos, no sufrió secuelas físicas ni desarrolló miedo al agua. “Me encanta la pileta, el mar, los lagos, el río”, diría años después, ya adulto, al repasar aquella experiencia que su propia memoria decidió borrar como mecanismo de defensa.
Del milagro al homenaje: el legado de Cristian Cataldi
Mientras Gastón se recuperaba, la historia del rescate se hizo conocida en todo el país. Sin redes sociales, el caso recorrió noticieros y diarios, y llegó incluso al entonces presidente Eduardo Duhalde, que se comunicó por teléfono para interiorizarse sobre su estado de salud. Más tarde, el episodio fue narrado en el programa televisivo Misterios y milagros, conducido por Víctor Sueiro, y en una de sus publicaciones.
Pero más allá de la exposición mediática, lo que marcó a fuego a Gastón fue el vínculo breve pero intenso que forjó con el guardavidas que lo rescató. Cristian lo visitó en el hospital y luego en su casa. Profundamente creyente, le regaló un cuadro con un relato en el que Dios le asigna ángeles protectores a un niño que está por venir al mundo. En esa versión, él mismo se incluía como el ángel de la guarda que interviene para salvarlo en el momento crítico.
Con el paso del tiempo, la historia tomó un tono agridulce. A fines de 2005, Cristian murió como consecuencia de un cáncer fulminante, luego de atravesar un duro tratamiento del que Gastón fue testigo en parte. Hoy, a 23 años de aquel verano en Río Ceballos, el niño inquieto de Unquillo es un ingeniero químico de 34 años que vive en Pilar y que cada enero vuelve sobre la misma certeza: “Si estoy acá, es gracias a él”.
La familia de Gastón nunca inició acciones judiciales contra el club, pese a las irregularidades evidentes, como la ausencia de rejilla en el filtro. Sus padres priorizaron evitar una nueva exposición pública. Para él, en cambio, el compromiso quedó en otro plano: cada vez que la vida se complica, vuelve a pensar en aquel día en que, contra toda lógica, una cadena de decisiones rápidas y valientes torció el final anunciado.
“Creo que no era mi momento. Algo dijo: ‘Todavía no’. Por eso siento que tengo que aprovechar esta oportunidad”, reflexiona hoy Gastón, que prefiere que su historia funcione, sobre todo, como un homenaje a Cristian Cataldi y como recordatorio de la importancia vital de la seguridad en piletas y espacios recreativos.

