Infancias hiperconectadas y el límite digital: el desafío de crecer en un entorno tecnológico

El 46% de los chicos y adolescentes argentinos sufrió algún uso problemático de internet, celulares o videojuegos online. El pediatra y psiquiatra infantojuvenil Fernando Alonso analizó con EL NORTE las señales de alerta, los límites y el papel de los adultos frente al avance de las pantallas. “Hay que preguntarse qué está haciendo el niño mientras está frente a una pantalla y qué deja de hacer por estar allí: jugar, hablar con sus padres, moverse, explorar, dormir”, sostiene el Dr. Alonso.

Judith Coronel
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Celulares, tablets, videojuegos y redes sociales ocupan un lugar cada vez mayor en la vida cotidiana de niños y adolescentes. En Argentina, el 46% de los chicos reconoce haber sido afectado por algún uso problemático de internet, celular o videojuegos online durante el último año, mientras que el 47% intentó reducir el tiempo que permanecía conectado, con el celular o jugando en línea, y no pudo conseguirlo.

Los datos forman parte de un informe de Unicef sobre el impacto de la vida digital en niños y adolescentes argentinos, basado en la Encuesta Nacional Kids Online Argentina realizada junto con Unesco en 2025. El documento analiza el impacto de internet, los celulares, las redes sociales y la inteligencia artificial en la vida cotidiana de los menores.

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El relevamiento también permite dimensionar el alcance que adquirió la tecnología: el 96% de los chicos y chicas de entre 9 y 17 años accede a internet desde su hogar y el 95% cuenta con un teléfono celular de uso personal.

En ese contexto, el pediatra y psiquiatra infantojuvenil Fernando Alonso (mat. 62.283) explicó a EL NORTE la importancia de las experiencias por fuera de las pantallas en los más pequeños: “En los primeros años de vida, el desarrollo depende fundamentalmente del vínculo con otros, del juego corporal, del lenguaje y de la exploración del mundo real. Una pantalla puede entretener y captar muy rápidamente la atención del niño, pero el problema aparece cuando comienza a ocupar el lugar de esas experiencias”. Y añadió: “Hay que preguntarse qué está haciendo el niño mientras está frente a una pantalla y qué deja de hacer por estar allí: jugar, hablar con sus padres, moverse, explorar, dormir”.

El informe de Unicef destaca que la tecnología ocupa un lugar central en la vida cotidiana y recreativa de los menores en Argentina. Frente a ese escenario, Alonso sostiene que en menores de 2 años se recomienda evitar las pantallas y, entre los 2 y 5 años, limitar el uso a aproximadamente una hora diaria con el acompañamiento de un adulto.

“Desde una perspectiva clínica, agregaría algo: el niño pequeño necesita un otro que le hable, lo mire, interprete sus gestos y le dé sentido a lo que vive. Una pantalla puede ofrecer estímulos, pero no sustituye esa experiencia intersubjetiva”, sostuvo.

En la adolescencia, el especialista señaló que la cuestión se vuelve más compleja y que también resulta necesario observar qué tipo de utilización se hace de la tecnología, además del tiempo dedicado a los dispositivos: “No es lo mismo utilizar una tecnología para crear, estudiar o comunicarse con otros que quedar atrapado durante horas en un consumo pasivo o en dinámicas diseñadas para mantener permanentemente la atención”.

Los adultos, el ejemplo a seguir

En cuanto a qué edad es recomendable que los niños se acerquen a la tecnología, Alonso comentó: “No creo que exista una edad mágica en la que el niño deba ser introducido al mundo digital. No hay necesidad de apurarse. Los niños aprenden rápidamente a utilizar la tecnología cuando realmente la necesitan”.

El comportamiento de los adultos también ocupa un lugar central en la relación que los chicos construyen con los dispositivos. Solemos decir que los niños son como “esponjas”, por lo que los hábitos que observan dentro de su entorno cotidiano pueden convertirse en referencias para su propia utilización de celulares, tablets y otras pantallas.

“Hay algo fundamental: los adultos somos el primer modelo. Es difícil pedirle a un niño que abandone el celular mientras el adulto está permanentemente pendiente del suyo”, advirtió.

Alertas ante el uso problemático

Entre las señales de alerta aparecen una dificultad muy intensa para interrumpir el uso; irritabilidad o una desregulación importante cuando los adultos establecen límites; pérdida de interés por juegos, amigos y otras actividades; alteraciones del sueño; caída del rendimiento escolar; aislamiento y abandono de actividades que anteriormente generaban interés.

Los números relevados por Unicef permiten dimensionar esas dificultades. El 46% reconoce haber sido afectado por algún uso problemático de internet, celular o videojuegos online durante el último año. El 28% identifica un problema y otro 18% reconoce dos o más, según indica el documento.

Las consecuencias también alcanzan diferentes aspectos de la vida cotidiana. Entre quienes reconocen problemas vinculados con el uso de la tecnología, el 50% señala una caída en el rendimiento escolar y el 38% registra alteraciones relacionadas con la alimentación o el sueño. A su vez, el 26% identifica dificultades en sus relaciones con familiares o amigos.

También pueden aparecer una necesidad cada vez mayor de permanecer conectado o la utilización del dispositivo como única herramienta para calmarse o enfrentar el aburrimiento.

“En los casos más graves aparece algo parecido a una pérdida de libertad: el niño ya no utiliza el dispositivo, sino que parece necesitarlo para regularse”, describió Alonso.

En ese sentido, el informe aporta otro indicador: el 47% de los encuestados intentó reducir el tiempo conectado, con el celular o jugando en línea, y no pudo conseguirlo.

Para Alonso, analizar estas situaciones también requiere observar qué lugar ocupa la tecnología en la vida de cada niño. Como reflexión final, el especialista sostuvo que en el consultorio se hace una pregunta fundamental en estos casos: ¿qué función está cumpliendo esa pantalla para ese niño?  “A veces es simplemente entretenimiento; otras veces puede estar funcionando como refugio frente al aburrimiento, la angustia, la soledad o a las dificultades para relacionarse. No siempre hay que tratar solamente el exceso de pantalla: hay que preguntarse qué está expresando ese exceso”, concluyó.

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