Día Internacional del TDAH: cuando el diagnóstico se demora

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En el marco del Día Internacional del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), especialistas advierten que miles de personas en Argentina atraviesan la escuela, la universidad e incluso los primeros años de su vida laboral sin saber que muchas de las dificultades cotidianas que enfrentan responden a una condición del neurodesarrollo y no a un problema de “voluntad” o “carácter”.
Cuando el diagnóstico de TDAH no llega en la infancia, las huellas se extienden a distintas áreas: bajo rendimiento académico, deserción, cambios reiterados de carrera y trayectorias educativas que no reflejan el verdadero potencial intelectual. En la adultez, este impacto se traduce en dificultades para cumplir plazos, sostener metas y organizar tareas, lo que puede afectar la estabilidad laboral y la autoestima.
“Sin una explicación para lo que les ocurre, muchas personas llegan a la adultez cargando una historia de fracasos reiterados y construyendo una imagen muy negativa de sí mismas”, señala la neuropsicóloga María José García Basalo, del Hospital Italiano. Frases como “soy un desastre”, “soy vago” o “no termino nada” se vuelven parte de una identidad dañada, más allá de los síntomas en sí.
Mucho más que un problema de atención
Lejos de limitarse a la clásica imagen del chico inquieto en el aula, el TDAH se entiende hoy como un trastorno de la autorregulación y de las funciones ejecutivas. Estas habilidades son las que permiten planificar, organizar conductas para alcanzar objetivos, administrar el tiempo, priorizar tareas, controlar impulsos y regular la atención según las demandas de cada situación.
En la adultez, la hiperactividad motora típica de la niñez suele transformarse en una marcada “hiperactividad mental”: la sensación constante de tener la cabeza acelerada. Muchas personas consultan recién cuando se les hace cuesta arriba responder a las exigencias de la vida diaria: terminar tareas, manejar responsabilidades simultáneas, sostener esfuerzos prolongados o tolerar la frustración frente a los errores.
Además, el TDAH suele coexistir con otros trastornos como ansiedad y depresión. Cuando la condición no se detecta a tiempo, aumenta el riesgo de desarrollar estos cuadros asociados, lo que complejiza el abordaje y enlentece aún más la llegada a un diagnóstico adecuado.
Mitos que retrasan el diagnóstico en la niñez y la adultez
Los especialistas coinciden en que todavía persisten ideas equivocadas que actúan como verdaderas barreras. El neurólogo infantil Esteban Vaucheret Paz, también del Hospital Italiano, advierte que uno de los principales obstáculos es reducir el TDAH al estereotipo del alumno que no se queda quieto, interrumpe y genera conflictos en clase.
- Muchas personas, especialmente mujeres, nunca encajan en ese perfil. Suelen ser chicas tranquilas, pero distraídas, desorganizadas, que olvidan consignas o requieren un esfuerzo enorme para sostener la atención.
- En otros casos, las dificultades se compensan durante años gracias al acompañamiento familiar y docente. El rendimiento se mantiene, pero a un costo alto en términos de cansancio, ansiedad y baja autoestima.
- También persiste la creencia de que si alguien puede concentrarse durante horas en una actividad que le interesa no puede tener TDAH, o que el trastorno se explica por falta de límites o una mala crianza.
- Otro mito frecuente es que el TDAH “se pasa con la edad” o que un buen desempeño académico excluye el diagnóstico.
“Recibir un diagnóstico no es etiquetar a una persona, sino entender qué le sucede, acceder a un tratamiento adecuado y construir estrategias para la vida cotidiana”, remarca Vaucheret Paz.
Para quienes reciben el diagnóstico recién de adultos, suele aparecer una mezcla de alivio y dolor: alivio por encontrar finalmente una explicación a tantas dificultades, y dolor por lo que podría haber sido si la detección hubiera llegado antes. Sin embargo, los especialistas subrayan que nunca es tarde para intervenir. Con abordajes combinados —psicoeducación, estrategias de organización, acompañamiento terapéutico y, cuando corresponde, medicación— es posible reinterpretar la propia historia, fortalecer la autoestima y mejorar de manera significativa la calidad de vida.

