Cada febrero, Argentina recuerda dos veces el Día del Guardavidas. “Tenes que saber que la vida de los demás depende de vos. Nosotros no tenemos vacaciones de verano. Navidades, año nuevo, estamos ahí, resguardando la vida de todos”, destacó una guardavidas nicoleña.

Martina Suárez
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Cada febrero, en Argentina se celebra el Día del Guardavidas en dos fechas distintas: el 4 y el 14. Ambas jornadas conviven en el calendario como forma de visibilizar una tarea clave para la seguridad en playas, ríos, lagunas y piletas, y reflejan dos momentos centrales en la historia de la profesión: una tragedia que marcó un antes y un después y un posterior reconocimiento institucional.
El 4 de febrero quedó instalado como fecha conmemorativa tras la muerte de Guillermo Volpe, guardavidas que falleció en 1978 mientras participaba de un rescate en Playa Grande, en Mar del Plata. Años más tarde, el 14 de febrero fue establecido como Día Nacional del Guardavidas a partir del Convenio Colectivo de Trabajo Nº 179/91, que reguló la actividad y reforzó su rol preventivo.
En ese marco, EL NORTE dialogó con Tatiana Di Martino, de 28 años, es profesora de educación física y guardavidas de San Nicolás desde hace cinco años. Al referirse a sus inicios y a la decisión de elegir la profesión, expresó: “Decidí estudiar para ser guardavidas por mi primo. Me comentaba cómo era el proceso y todo lo que sigue después. Lamentablemente no pudimos compartir la profesión juntos. Pero el destino hizo que yo termine trabajando en el mismo lugar donde él trabajó. Era el organizador del Cruce del Yaguarón y yo desde que me recibí formo parte del equipo, fue muy loco”.


Sobre lo que representa para ella la tarea cotidiana, señaló: “Este trabajo para mí significa pasión, yo creo que si no tenés pasión no podes ser guardavidas. Tenes que saber que la vida de los demás depende de vos. Nosotros no tenemos vacaciones de verano. Navidades, año nuevo, estamos ahí, resguardando la vida de todos”.
También se refirió al proceso de formación y entrenamiento necesario: “Realmente es un entrenamiento duro. El proceso para llegar a ser guardavidas no es fácil. Es exigente, te lleva a tener que entrenar doble turno todos los días. Así que ejercerla si no sos apasionado, es imposible”.

En relación al reconocimiento social, manifestó: “La gente a veces subestima nuestra tarea. Estamos trabajando horas bajo el sol, cuidando un espejo de agua, en muchas oportunidades los clubes están colapsados y los guardavidas estamos a full, genera mucho estrés. Son horas donde uno se va agotado, porque estás cuidando la vida del otro. Y siento que a veces eso no se reconoce. O se reconoce cuando pasa algo y el guardavidas está en acción. Ahí se dan cuenta de la importancia de nuestra presencia”.
Por último, recordó su primera experiencia laboral: “Fue en las playas de San Nicolás. Fui parte del plantel de apertura y fue una experiencia agradable. También con muchos nervios e incertidumbre ya que no era una pileta, era el río y eso conlleva otras cosas”.
Una profesión atravesada por el riesgo
Los registros que suelen difundirse cada verano muestran que la mayoría de los ahogamientos se producen fuera de zonas vigiladas o cuando no se respetan las advertencias. En ese contexto, el guardavidas cumple un rol central dentro de una cadena de prevención que comienza antes del ingreso al agua.
Distintas crónicas y testimonios reflejan situaciones que van desde rescates contrarreloj hasta maniobras de reanimación en la arena, donde las decisiones se toman en segundos. Un episodio ocurrido en 2016 en San Clemente del Tuyú, difundido por medios nacionales, mostró el impacto de esta tarea: un guardavidas de 19 años logró rescatar a una persona y le practicó RCP hasta que reaccionó, en una zona habilitada y con personal capacitado.

