Entrenar la felicidad: del estado pasajero a una capacidad diaria

NewsITe
Cada 20 de marzo se conmemora el Día Mundial de la Felicidad, una fecha que busca ir más allá de los mensajes motivacionales y abrir una conversación profunda sobre qué entendemos por bienestar. Lejos de ser un estado de euforia permanente o un rasgo de personalidad inmutable, especialistas en psicología y neurociencia coinciden en que la felicidad es un proceso dinámico que puede entrenarse a lo largo de la vida.
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Desde la psicología, el foco está puesto en el llamado bienestar subjetivo: no solo cuánto placer sentimos, sino qué tan satisfechos estamos con nuestra vida, cuánto sentimos que crecemos como personas y qué capacidad tenemos para enfrentar los desafíos cotidianos sin desbordarnos. En ese marco, la felicidad se construye, no se hereda.
“La felicidad no es un rasgo fijo de la personalidad, sino una sensación subjetiva que se construye a lo largo del tiempo. La ciencia del bienestar muestra que existe una base biológica, pero también una serie de capacidades que podemos cultivar con nuestras acciones y hábitos cotidianos”, explica la psicóloga Verónica Lapelle, especialista en salud mental.
Dos formas de bienestar: placer inmediato y sentido de propósito
Los investigadores suelen diferenciar dos grandes dimensiones del bienestar. Por un lado, la felicidad hedónica, asociada al disfrute del momento: una comida rica, una salida con amigos, un viaje esperado. Son experiencias necesarias y valiosas, pero de duración limitada.
Por otro lado, se habla de felicidad eudaimónica, vinculada al propósito vital, los proyectos personales, la identidad y la sensación de crecimiento a lo largo del tiempo. Este tipo de bienestar se relaciona con construir una vida con significado, más allá de los altibajos emocionales del día a día.
“Ir detrás del placer momentáneo puede convertirse en una carrera que nunca termina. El bienestar sostenido, en cambio, está ligado al desarrollo personal, al aprendizaje y a la posibilidad de afrontar los desafíos del día a día con mayor estabilidad”, sostiene Lapelle, quien integra el Servicio de Psiquiatría del Hospital Italiano.
Qué pasa en el cerebro cuando cultivamos bienestar
La neurociencia aporta evidencia que respalda esta mirada. No existe un “centro de la felicidad”, sino una red de áreas cerebrales que trabajan de forma coordinada para regular emociones, motivación y toma de decisiones. Entre ellas se destacan el núcleo accumbens, vinculado a los circuitos de recompensa; la amígdala, que evalúa la carga emocional de las experiencias, y la corteza prefrontal, clave para regular impulsos y pensar a largo plazo.
“El placer inmediato es como un fuego artificial en el cerebro: intenso, pero breve. El bienestar profundo se parece más a un fuego de hogar, que se sostiene en el tiempo gracias a la interacción de distintas redes cerebrales vinculadas a la regulación emocional, el sentido de propósito y los vínculos sociales”, explica la neuróloga Fiorella Martín Bertuzzi. Según la especialista, lo fundamental es que estos sistemas funcionen de manera eficiente, flexible y adaptativa frente a las demandas de la vida diaria.
Un concepto central es la neuroplasticidad, la capacidad del cerebro de modificar sus conexiones a partir de la experiencia. Hábitos como dormir lo suficiente, alimentarse de forma equilibrada, realizar actividad física regular, cuidar los vínculos afectivos y dedicar tiempo a actividades con sentido fortalecen los circuitos neuronales asociados a la resiliencia y a la regulación emocional.
El bienestar como práctica y no como obligación de “estar bien”
Este enfoque también cuestiona la idea de que ser feliz implica eliminar por completo las emociones negativas. “Nuestra mente no está diseñada para la euforia constante. Pretender estar felices todo el tiempo no solo es poco realista, sino que puede generar frustración. Las emociones difíciles también cumplen una función: nos ayudan a adaptarnos, aprender y responder a los desafíos”, advierte el psicólogo Alejandro Bestoso, docente del Hospital Italiano.
En lugar de negar el malestar, la propuesta es desarrollar herramientas para atravesarlo sin quedar paralizados: reconocer las emociones, pedir ayuda cuando es necesario, apoyarse en la red de afectos y sostener pequeñas rutinas de autocuidado. En esa línea, entrenar la felicidad no significa forzar una sonrisa permanente, sino construir recursos internos para mantener el rumbo incluso en tiempos complejos.
En el marco del Día Mundial de la Felicidad, los especialistas invitan a pensar el bienestar como una capacidad que se entrena con decisiones cotidianas: desde apagar las pantallas a tiempo para dormir mejor hasta priorizar un encuentro cara a cara con amigos o familia. Más que una meta lejana, la felicidad se vuelve así un camino que se recorre todos los días, con avances, retrocesos y la posibilidad de seguir construyendo una vida con sentido.
“Entrenar el bienestar no significa estar feliz todo el tiempo. Significa desarrollar herramientas para atravesar distintas emociones sin quedar desbordados y seguir construyendo una vida con sentido”, coinciden los especialistas consultados.
Lejos de recetas mágicas, el mensaje de fondo es que el bienestar sostenido combina biología, hábitos, vínculos y proyectos vitales. Un recordatorio oportuno en una época atravesada por el estrés, la incertidumbre y la búsqueda permanente de respuestas rápidas.

