CUANDO EL SUEÑO SE CONVIERTE EN PESADILLA

La confesión del extenista Guillermo Pérez Roldán acerca del maltrato recibido por parte de su padre durante toda su carrera volvió a visibilizar una problemática que sufren miles de jóvenes deportistas en todo el mundo. Sucede en la alta competencia, pero también en el amateurismo más profundo. La búsqueda del éxito sin medir las consecuencias.

El fútbol infantil, uno de los ámbitos más hostiles dentro del deporte. WEB.

EZEQUIEL GUISONE
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En plena pandemia, quizás como parte de las consecuencias psicológicas que el encierro nos trajo, Guillermo Pérez Roldán decidió dar a conocer al mundo el calvario que sufrió durante su carrera como tenista profesional. El tandilense llegó a ser número 13 del mundo en 1988 y ganó nueve títulos a nivel individual, luego de una carrera juvenil llena de triunfos importantes y augurios de éxito. Detrás de todo eso, un padre/entrenador exigente, que no tardó en transformarse en un monstruo. El extenista contó que su padre Raúl lo maltrató física y psicológicamente de las formas más diversas, situación que en un momento se hizo indisimulable dentro del circuito profesional.

Como si fuera poco, además lo despojó de todo el dinero que había conseguido merced a su esfuerzo y talento. Cuando se retiró, Guillermo no tenía nada en sus cuentas. “Terminé de jugar y me fui a vivir a un ambiente. Tuve que pedirle plata a mi abuela para alquilar. Tuve una vida difícil. La traición de un padre a un hijo es terrible”, confesó en aquella primera entrevista en el diario La Nación, que fue disparador para el documental “Guillermo Pérez Roldán, confidencial”, que se estrenó el mes pasado. “Cuento la historia para que otros chicos no pasen por algo así, para que tengan el coraje que yo no tuve”, expresó.

Las presiones del profesionalismo son de lo más variadas, e históricamente a los grandes deportistas se los ha destacado “por soportarlas”, haciendo hincapié en la figura del joven que llega a lo más alto porque tiene “la fuerza mental suficiente” para bancarse los maltratos más insólitos y humillantes. Eso está cambiando. El esfuerzo no se negocia, claro está, pero hay un límite. Y este nuevo camino lo están marcando aquellos deportistas que han sabido decir basta, se han bajado de una competencia, han denunciado abusos y han llevado un mensaje alentador (la gimnasta estadounidense Simone Biles fue un caso paradigmático en los Juegos de Tokio)



¿Pero qué pasa con el deportista cuya voz no se escucha? ¿Qué hacemos cuando el maltrato se da en el semiprofesionalismo o -mucho peor- en el amateurismo más profundo?

“El deporte de alto rendimiento no es saludable”, dijo a EL NORTE hace un tiempo Martín Espíndola, el joven gimnasta nicoleño que cosechó una medalla de Plata en los Juegos Olímpicos de la Juventud en 2018. Una exigencia profesional, pero con un apoyo amateur, lo llevó a abandonar el deporte al poco tiempo de aquel logro histórico, con serios problemas en su espalda debido al esfuerzo físico realizado desde chiquito. Incluso Sol Amaya, que ganó el oro en remo en los Juegos, dijo basta y dejó la selección, agotada física y psicológicamente tras conseguir aquella medalla, probablemente el triunfo más importante de la historia para un deportista de nuestra ciudad.

Los dos nicoleños fueron parte de esa camada que hizo historia en Buenos Aires, pero que también la sufrió. El hecho que la mayoría de esos chicos y chicas no progresaran deportivamente luego en el ámbito profesional es una muestra inequívoca de que durante ese proceso a nivel nacional no los cuidaron. Los cansaron. Y se perdieron…

Pero muchas veces ni siquiera hace falta llegar al éxito -o estar cerca- para sufrir las consecuencias del maltrato. Lo vemos cada fin de semana. Acá cerca. Quizás el fútbol de los más chicos sea el ambiente más explícito en ese sentido. El porcentaje de chicos que llegan a vivir del fútbol es tan minúsculo, que convierten al deporte en una carnicería. Y esa presión exagerada de los padres es el primer gran tamiz que deja afuera a aquellos que no lo soportan. En el Baby Fútbol de la ciudad se puede ver de todo, desde los insultos a los hijos (propios o no), hasta el clásico “zamarreo” o tirón de pelos en el que nadie se entromete, porque forma parte de la idiosincrasia de cada familia. Celebramos y nos parece gracioso hasta que a un pibe de 11 años lo apoden “muerto”, porque “de chiquito se comía muchos goles” (sic).



Entonces un joven de 20 años, que logró llegar a algún club profesional y ya dio sus primeros pasos en Reserva o Primera, te cuenta que pasaba horas llorando solo en la pensión, lejos de casa, con apenas 11 o 12 años. Pero que todo valió la pena porque el sueño está cerca. Así continuamos romantizando el sufrimiento de los pibes. Y nos olvidamos del resto.

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