“Chocolate” Baley junto a su señora, la nicoleña Viviana Romagnoli, durante un homenaje que le realizaron en Ingeniero White en 2018.

El ex arquero que fuera campeón del mundo con la Selección argentina en 1978 junto a Rubén Pagnanini, destacó su amistad de cincuenta años con el “Gato”, gracias a quien, además, conoció a su mujer; nicoleña ella. También repasó su rica carrera defendiendo el arco de Estudiantes, Colón, Huracán, Independiente y Talleres. “Nunca ni siquiera me imaginé jugar al fútbol de manera profesional”, confesó.

Facundo Mancuso / secciondeportes@yahoo.com.ar

Héctor Baley nació en Ingeniero White, vive desde hace casi cuatro décadas en Córdoba pero en su corazón –junto tantos recuerdos de su carrera de futbolista, entre los que sobresale el del título mundial conseguido con Argentina en 1978- San Nicolás ocupa un lugar importante. De hecho, su mujer y compañera de toda la vida, Viviana Romagnoli, es nicoleña. “Desde el 69 que voy a San Nicolás, y por el Gato (Pagnanini) hace más de 40 años que estoy casado. Tengo muy presente a la ciudad, además, porque tengo a mi suegra viviendo ahí y grandes amigos, con los que solemos ir a pescar cada vez que voy, como el Gato, el Gringo (Rubén) Sacconi, Castelli, Lechare, Luciano”, relató el famoso “Chocolate”, en una charla que ofreció días atrás, en la que repasó su larga campaña en el profesionalismo.“Empecé jugando de chico en Ingeniero White, en el Club Puerto Comercial”, comenzó contando Baley, a quien por entonces, en su tierra natal, lo llamaban “Chiche”. En su infancia, jugó en varios puestos, pero para complacer a su padre dejó de ser jugador de campo y pasó a ocupar un lugar en el arco, lo que le cambiaría la vida. Al respecto, confesó: “Nunca ni siquiera me imaginé jugar al fútbol de manera profesional; obviamente mucho menos llegar a la Selección argentina”.
Reconoció que “el arquero habitualmente tiene una personalidad muy fuerte, es loco”. Y consideró que el que ocupó a lo largo de 18 temporadas en la Argentina “es un puesto muy complicado”. “Dicen que es el puesto del boludo; porque siempre estás solo y tenés más para perder que para ganar”, sostuvo. Sobre su llegada al fútbol grande, luego Baley relató: “Se interesó por mí Estudiantes y me llevó en el ´68. Ahí tuve la suerte de encontrarme con el Gato, el Gringo y con Minguito (Domingo) Alemani, tres muchachos de San Nicolás que fueron muy importantes para mí”. “Debuté en la Primera de Estudiantes y después me fui a Colón, en donde me afiancé. En Huracán anduve muy bien, lo que me permitió llegar a la Selección y después en Independiente pude ser campeón junto con el Gato, en el 78. Y terminé en Talleres, en donde tuve siete años fantásticos”, detalló el guardavallas, que se retiró en 1987.
En el medio tuvo años fabulosos, en los que se destacó por ser uno de los mejores en su posición del país por un período prolongado. Esas actuaciones lo llevaron a ser una fija en cada convocatoria del seleccionado nacional en su época. Es más, integró los planteles que disputaron los mundiales del ´78 y el ´82. Al contar esa experiencia, comentó: “Tuve mi primera citación estando en Huracán, en un amistoso en Uruguay, porque el Pato (Fillol) no pudo viajar. (César) Menotti habló con mi técnico, el Gitano Juárez, que era como un padre para él, me recomendó y así fue como arranqué. Era muy difícil atajar en la Selección porque estaban (Hugo) Gatti, (Ricardo) Lavolpe y después cuando Gatti renunció, Fillol”. “El Pato ni un resfrío se agarraba –recordó entre risas-, muy complicado jugar se hizo”. Y luego apuntó: “Yo me identificaba más con el estilo de Gatti, Lavolpe, todos locos a los que nos gustaba mucho jugar con el pie y participar del juego, del estilo de Amadeo Carrizo”. “Igual nosotros no podíamos hacer lo que hacía el Pato debajo de los tres palos, eso sí”, manifestó Baley, quien en noviembre soplará setenta velitas.

Arquero mundialista
Consultado acerca del significado que tiene para un futbolista el hecho de haber sido campeón del mundo, Baley destacó que “es un privilegio”. “Los que lo fuimos, fuimos tocados por la varita mágica. Además en mi caso por haber estado con semejantes compañeros”. En cuanto a ese logro, agregó: “Tuvimos la suerte de que nos pudimos preparar muy bien, porque la mayoría de los jugadores estábamos en Argentina y eso en ese momento ayudó”. “Teníamos un billar, un metegol y unos mazos de naipes –puntualizó- y algunos libros ahí en la concentración de José C. Paz. En las piezas había dos camas, la mesita de luz y un velador, nada más que eso”. Pese a ello, aseguró: “No cambio esa época para nada, porque toda esa convivencia nos fortaleció como grupo”. “Se trabajaba pensando en el equipo. Y el cuerpo técnico fue fundamental; muy claro. En cambio, en el 82 teníamos mejores jugadores, pero no funcionó el equipo “, analizó el arquero que fuera el primero que le atajara un penal a Diego Maradona en 1977.
Por otro lado, Baley se refirió a su labor como formador de arqueros en Córdoba, actividad en la que fue un referente. “Yo después del Mono (Agustín) Irusta y de Pepé (Miguel Ángel) Santoro, fui uno de los primeros que empezó a entrenar los arqueros”. Marcó que ese trabajo “es importantísimo”, porque a su entender “a un arquero el único que le puede marcar un error es otro arquero”. Y aseveró que “si no tenés condiciones naturales, no podés atajar; podés mejorar, aprender a jugar con los pies, pero no te hacés arquero practicando”. “Yo lo tuve al Flaco (Alberto) Poletti y me gustaba mucho mirarlo y aprender de él”. Y siguiendo el hilo de la conversación, se le preguntó a Baley en relación al nicoleño Juan Musso. “Me gusta mucho Musso, tiene muy buenas condiciones”, evaluó.
Finalmente, Baley habló de esta dura etapa que le toca vivir al país y al mundo. “Hay que cuidarse, porque al bichito le gustan los viejos y yo estoy pisando los 70. Puedo ver dentro de todo a mi nieta, dos o tres veces por semana porque acá en Córdoba no es tan grave la situación”. Y volvió a citar a San Nicolás entre las cosas que añora. “Extraño mucho los viajes a San Nicolás, es como una casa para mí. Viajaba cada mes, el último fin de semana habitualmente. Cuando me acuerdo, me siento en la terraza de mi casa por las tardes y me imagino en el Martín Chico con las cañas tiradas y me vuelvo loco”, narró, apuntando que “a fines de febrero fue la última vez” que viajó. “Y ahora no sé cuándo lo podré hacer”, se preguntó. En ese sentido, en medio de una conversación muy amena y agradable, Baley eligió una manera divertida de despedirse. “Así que le pido a Passaglia que me deje pasar y de paso a mis amigos que el mejor pescador de la costa nicoleña ya pronto va a andar por ahí”, cerró “Choco”, una gloria del fútbol argentino; como Rubén Pagnanini, otro campeón de mundo que transita nuestras calles y camina entre nosotros.