La fuerte caída de los nacimientos acelera el envejecimiento de la población y modifica la relación entre trabajadores y personas dependientes. Especialistas advierten que el país conserva una década para aprovechar el denominado bono demográfico antes de que esa ventaja comience a agotarse.

Argentina atraviesa una transformación demográfica que tendrá consecuencias directas sobre el empleo, las jubilaciones, la salud y la educación. Durante 2024 nacieron 413.135 niños en el país, casi 357.000 menos que nueve años antes. En 2015, los registros oficiales contabilizaron 770.040 nacidos vivos, mientras que en 2023 la cifra ya había descendido a 460.902. La reducción acumulada entre 2015 y 2024 alcanzó aproximadamente el 46%.
La tendencia modifica progresivamente la estructura de edades y anticipa una Argentina con una proporción creciente de adultos mayores. Al mismo tiempo, las generaciones más jóvenes tendrán menos integrantes y reducirán su peso dentro de la población total. Esa combinación afectará la cantidad de personas disponibles para trabajar y sostener los sistemas previsionales y sociales. El fenómeno también obligará a revisar políticas públicas diseñadas durante décadas para una sociedad demográficamente diferente.
Un informe elaborado por Eduardo Levy Yeyati y Rafael Rofman estima que Argentina todavía dispone de aproximadamente diez años de ventaja demográfica. Durante ese período continuará creciendo la proporción de habitantes en edad laboral respecto de quienes dependen económicamente de ellos. Esa relación constituye el denominado primer dividendo o bono demográfico. Cuando ese proceso termine, la estructura poblacional dejará de aportar por sí misma al crecimiento del ingreso por habitante.
Una ventaja que comienza a tener fecha de vencimiento
El bono demográfico favorece a una economía cuando aumenta el número relativo de personas en edad de trabajar. Cada trabajador debe sostener, en promedio, una cantidad menor de niños y adultos mayores. Esa relación puede impulsar el producto por habitante incluso sin grandes avances adicionales de productividad. Sin embargo, ese beneficio desaparece cuando las generaciones menos numerosas llegan al mercado laboral y aumenta el peso relativo de los mayores.
Brasil, Chile, Colombia y Costa Rica ya alcanzaron el punto máximo de esa etapa, de acuerdo con los especialistas consultados por Infobae. Argentina, Ecuador, México, Panamá, Perú y Uruguay todavía conservarían aproximadamente una década antes de llegar a esa situación. La evolución dependerá también de factores como fecundidad, longevidad y participación de la población en el mercado laboral. Después de ese período, el crecimiento dependerá cada vez más de productividad, inversión y capital humano.
La velocidad de la caída de la natalidad argentina profundiza ese desafío. La tasa global de fecundidad se ubica actualmente alrededor de 1,2 hijos por mujer, aunque existen diferencias entre fuentes y períodos analizados. Ese nivel queda ampliamente por debajo de los 2,1 hijos considerados necesarios para sostener el reemplazo poblacional sin incorporar el efecto migratorio. En 2023, algunas estimaciones habían situado la tasa argentina en 1,33 hijos por mujer.
El escenario argentino forma parte de una transformación mundial mucho más amplia. Naciones Unidas estimó una fecundidad global de 2,25 hijos por mujer durante su revisión demográfica de 2024. En 1990, ese indicador alcanzaba los 3,31 hijos. Más de la mitad de los países y territorios del mundo ya registran niveles inferiores al necesario para garantizar el reemplazo generacional.
Más productividad frente a una población que envejece
El envejecimiento no determina necesariamente una caída de la actividad económica, pero obliga a compensar la menor disponibilidad futura de trabajadores. La incorporación de tecnología puede desempeñar un papel central durante ese proceso. Algunos estudios internacionales encontraron que la escasez laboral puede incentivar automatización, innovación e inversiones destinadas a reducir la necesidad de mano de obra. Esa respuesta, sin embargo, necesita financiamiento, infraestructura, capacitación e investigación para traducirse efectivamente en productividad.
Argentina enfrenta ese desafío con limitaciones estructurales que condicionan su capacidad de respuesta. Los déficits educativos, los bajos niveles de ahorro y la insuficiente inversión pueden dificultar la transición hacia una economía más productiva. La inteligencia artificial también abre posibilidades para compensar parcialmente los efectos del envejecimiento sobre el mercado laboral. Su aprovechamiento dependerá de conectividad, formación profesional, inversiones empresariales y capacidad para incorporar nuevas tecnologías.
Los especialistas también plantean aumentar la participación femenina en el mercado de trabajo y facilitar trayectorias laborales más prolongadas para quienes quieran continuar activos. Las políticas migratorias pueden aportar otra herramienta para moderar la reducción futura de trabajadores. Sin embargo, ninguna de esas alternativas reemplaza la necesidad de invertir en educación, infraestructura, innovación y formación de capital. El objetivo consiste en construir un segundo dividendo demográfico basado en una mayor productividad.
Jubilaciones, salud y educación frente a otro mapa poblacional
La transformación también obligará a revisar sistemas sociales construidos para una estructura poblacional diferente. Una sociedad con menos niños y más adultos mayores demandará cambios en jubilaciones, salud, cuidados, educación y protección social. Las empresas deberán administrar planteles laborales con edades más diversas y fortalecer los procesos permanentes de capacitación. Las personas también tendrán que adaptar sus decisiones sobre formación, trabajo, ahorro y retiro a vidas potencialmente más prolongadas.
Andrea Falcone, especialista consultada por Infobae, definió esa capacidad de adaptación como “resiliencia demográfica”. El concepto supone anticipar el cambio poblacional y reorganizar políticas públicas, estrategias empresariales y decisiones individuales. La mayor longevidad puede ampliar las posibilidades personales y laborales, pero también elevar las exigencias sobre los sistemas de protección. La demora en adaptar esas estructuras puede aumentar las vulnerabilidades económicas y sociales durante las próximas décadas.
La caída de los nacimientos también abrió una discusión sobre planificación reproductiva y acceso temprano a información sobre fertilidad. Especialistas sostienen que estas cuestiones deberían incorporarse con mayor frecuencia a los controles médicos habituales. La edad influye especialmente sobre la fertilidad femenina, cuya capacidad reproductiva disminuye con mayor intensidad durante la segunda mitad de los treinta años. Los factores económicos, laborales y personales también intervienen cada vez más en la decisión de tener hijos.
Argentina dispone todavía de una ventana temporal antes de que la estructura demográfica deje de favorecer el crecimiento económico. Los próximos diez años pueden resultar decisivos para elevar la productividad mientras continúa expandiéndose la población en edad laboral. Después, una sociedad más envejecida ejercerá mayor presión sobre el empleo, las jubilaciones, los cuidados y las cuentas públicas. Las decisiones sobre educación, inversión, tecnología y participación laboral definirán cuánto podrá amortiguar el país ese cambio.

