AC/DC encendió el Monumental en una noche de rock sin concesiones

Con el estadio Monumental colmado y más de 70 mil personas desafiando la humedad pesada de la noche porteña, AC/DC volvió a confirmar en River por qué sigue siendo una de las grandes maquinarias del rock mundial. Sin artificios ni giros inesperados, la banda australiana ofreció un show directo, contundente y centrado en lo que mejor sabe hacer: riffs filosos, volumen al máximo y una energía que atraviesa generaciones.
El concierto, que marcó el cierre de la tercera visita del grupo a la Argentina —tras sus pasos en 1996 y 2009— mantuvo el mismo repertorio de las dos fechas anteriores. Sin embargo, tuvo un condimento especial: el festejo de los 71 años de Angus Young. El guitarrista fue homenajeado varias veces desde las tribunas con el clásico “feliz cumpleaños”, en una comunión que reforzó el vínculo histórico entre la banda y el público argentino. En la previa circularon versiones sobre una posible aparición de Axl Rose, pero todo quedó en rumor: no hubo invitados ni sorpresas.
Como suele ocurrir en cada presentación, todo giró en torno a Angus Young. Con su uniforme escolar y su estilo inconfundible, se adueñó del escenario de punta a punta: corrió por la pasarela, estiró los solos al límite y sostuvo el pulso del show con una presencia física que desmiente el paso del tiempo. No hubo guiños de nostalgia sino una entrega absoluta en tiempo presente, sostenida por una banda ajustada al detalle.
Brian Johnson, con su voz áspera y exigida, se mantuvo al frente con oficio y actitud, aun cuando en algunos pasajes la claridad se vio forzada por la intensidad del show. A su lado, Stevie Young en guitarra rítmica, Chris Chaney en bajo y Matt Laug en batería aportaron una base sólida, sin estridencias, al servicio del vendaval sonoro que propone el grupo en vivo.
Clásicos, pogo masivo y un cierre a toda pólvora
El setlist fue un repaso casi sin lagunas por el repertorio fundamental de AC/DC. Back in Black, Hells Bells, Highway to Hell, Shoot to Thrill, Dirty Deeds Done Dirt Cheap, High Voltage y You Shook Me All Night Long se sucedieron durante más de dos horas de show, en una lista de 21 temas que convirtió al Monumental en un gran coro colectivo. El propio Johnson se permitió una breve licencia para agradecer: “Ustedes son el mejor público del mundo y lo saben”, lanzó ante una ovación generalizada.
- Thunderstruck emergió como uno de los picos de intensidad de la noche, con el campo convertido en un pogo masivo donde la experiencia dejó de ser individual para volverse puramente colectiva.
- En el tramo final, una demoledora Whole Lotta Rosie abrió paso a Let There Be Rock y a un extenso solo de Angus que se prolongó alrededor de 15 minutos, manteniendo al estadio en un mismo latido.
Los bises llegaron con T.N.T. y For Those About to Rock (We Salute You), acompañados por fuegos artificiales que sellaron un cierre épico. Sin discursos grandilocuentes ni anuncios sobre el futuro, la banda se retiró dejando una sensación de final abierto: sin señales claras de despedida, pero con la contundencia de un presente todavía en estado de gracia.
El debate por el campo VIP y la experiencia del público
Más allá de lo estrictamente musical, el show dejó expuesta una discusión cada vez más visible en los grandes recitales: la expansión del campo VIP y su impacto en la experiencia de quienes asisten. La ampliación de las zonas preferenciales frente al escenario redefine el sentido de exclusividad y relega a buena parte del público general a sectores más alejados, incluso en estadios con capacidad como el Monumental.
La lógica comercial parece imponerse sobre aquella vieja idea del rock como experiencia horizontal, compartida sin grandes jerarquías entre escenario y campo.
En las últimas dos noches se intentó una corrección parcial adelantando la valla, pero el debate queda abierto y refleja un cambio de época en la organización de los espectáculos masivos. Mientras tanto, AC/DC se mantiene fiel a su propia lógica: lejos de las modas y los artificios, vuelve a apoyarse en una identidad de hierro. Una maquinaria aceitada que, décadas después, sigue encendida a máxima potencia.

