El 3 de marzo de 2020 Ginés González García junto a Fernán Quirós y Carla Vizzotti brindaban una conferencia de prensa que confirmaba la llegada del coronavirus a la Argentina. El 2 de abril, el entonces intendente Manuel Passaglia informaba el primer caso de contagio en la ciudad. La persona infectada era Mario Paladini, quien falleció el 20 de ese mismo mes. En el país murieron más de 130.000 personas por esta enfermedad, más de 600 eran vecinos de San Nicolás.

De la redacción de EL NORTE
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El 3 de marzo de 2020 se informaba oficialmente el primer contagio de coronavirus en el país. Pese a que la Organización Mundial de la Salud había declarado una emergencia de salud pública de relevancia internacional el 30 de enero de ese año —condición que mantuvo hasta el 5 de mayo de 2023— hasta el 3 de marzo en Argentina aún reinaba una aparente normalidad.
“Tenemos el primer caso de coronavirus confirmado en el país”, anunciaba el nicoleño Ginés González García, ministro de Salud de la Nación, en una conferencia de prensa convocada rápidamente, brindada junto a su par porteño, Fernán Quirós. “Es un paciente importado, que viene de Italia, estamos trabajando, como desde el primer día, cumpliendo con todos los protocolos”.
El 2 de abril se conocía el primer caso de contagio de coronavirus en San Nicolás: se trataba de Mario Paladini, un hombre de 64 años que falleció el 20 de ese mismo mes. Había viajado a España con su hija y su esposa. Al regresar al país, y ante la presencia de síntomas, cumplieron con el correspondiente aislamiento y se realizaron el hisopado, que le arrojó positivo a los tres. Paladini padecía dos enfermedades preexistentes como hipertensión arterial y Epoc, cuadros que dificultaron su recuperación al punto de derivar en este triste desenlace.
En el sur del mundo eran meses de viajes y vacaciones, y ya se instalaba cierto recelo con los turistas internacionales. El virus no era un asunto solo de China. A esta altura se sabía que se transmitía por las partículas de saliva que las personas excretan al toser, hablar o estornudar y que el covid ya había viajado de Asia a Europa. Ya aparecían en fotos y tomas de los medios de comunicación algunas personas con barbijo. Y en estas fronteras se miraba con desconfianza a quienes los usaban en la calle, en el transporte público. Mucho más a quienes los usaban en una guardia médica o institución de salud.
Nadie podía imaginarse que en pocos días más los ciudadanos argentinos —como ya sucedía con otros residentes del mundo— íbamos a sentirnos dentro de una película de ciencia ficción. El 11 de marzo de 2020, una semana después de que se confirmara el primer caso en el país, el covid-19 se nombró pandemia: las personas infectadas contabilizadas eran casi ciento veinte mil y las muertes más de cuatro mil en 114 países. El 20 de marzo de 2020 el expresidente Alberto Fernández estableció, mediante un Decreto de Necesidad y Urgencia, el aislamiento social preventivo y obligatorio (aspo), es decir, el inicio de la cuarentena.
La cuarentena
Menos de 20 días después la cuarentena obligatoria sacudiría la vida de los residentes argentinos. Grandes, medianos, pequeños, recién llegados. Se cancelarían vuelos, ciudadanos de vacaciones quedarían varados, se agotaría el alcohol en gel en farmacias y supermercados y muchos de quienes conservaban stock se aprovecharían y lo cobrarían carísimo. Nos lavaríamos las manos hasta agrietarlas. Comenzarían a verse imágenes escalofriantes de la pandemia alrededor del mundo: muertos en la calle, cremaciones en serie, hospitales saturados, médicos desbordados. Profesionales de la salud que para atender debían ponerse trajes como si fueran a cubrirse de una lluvia ácida.
Cualquier actividad mínima de la vida cotidiana pasaría a ser un desafío feroz: para salir a comprar pan había que pertrecharse con barbijo, máscara sobre el barbijo, algunos llevaban guantes, repelente —porque también había dengue y no fuera a ser cosa—, no olvidar el alcohol en gel; y apenas se tocaba cualquier superficie desinfectarse de inmediato. Caminar con miedo, repitiendo siempre el mantra: “No te toques la cara, no te toques la cara, no te toques la cara”. La plataforma Zoom pasaría a ser la forma de comunicación con el mundo por excelencia: trabajaríamos por zoom, compartiríamos con seres queridos por Zoom, celebraríamos Zoomples, se harían velorios por Zoom. Cursos, seminarios, clases, gimnasia, yoga, cocina, mindfulness, casamientos, duelos, primeras citas, últimas citas. Recitales. Obras de teatro. Todo pasaría a través de Zoom.

