Llanto, cólicos y regurgitaciones: cuándo preocuparse


Desde el nacimiento y hasta el primer año de vida, muchos bebés presentan episodios de llanto inconsolable, irritabilidad, regurgitaciones frecuentes, cólicos y dificultades para evacuar. Lejos de ser solo “caprichos” o una simple incomodidad pasajera, estos cuadros suelen enmarcarse hoy dentro de los llamados trastornos del eje intestino-cerebro (TECI), una categoría que describe la estrecha conexión entre el sistema nervioso y el aparato digestivo.
Los TECI se caracterizan por síntomas que se atribuyen al tracto gastrointestinal, pero que no se explican por malformaciones anatómicas, alteraciones estructurales ni causas bioquímicas identificables. En el primer año de vida, cuando la motilidad intestinal, la microbiota, la respuesta inmune y la sensibilidad al dolor están en pleno desarrollo, estas manifestaciones generan un fuerte impacto en el bienestar del lactante y en la dinámica familiar.
Especialistas en gastroenterología infantil remarcan que estos trastornos no solo afectan el sistema digestivo, sino que repercuten en el sueño, el descanso de los cuidadores, los vínculos y la calidad de vida del entorno. Factores genéticos, culturales, ambientales y psicosociales de la familia influyen en su aparición, al igual que experiencias previas como internaciones o procedimientos médicos.
Estudios recientes mostraron que los lactantes con cólicos, independientemente del tipo de alimentación, presentan con frecuencia una microbiota intestinal menos diversa y estable, un desequilibrio conocido como disbiosis. Esta alteración se enmarca en el funcionamiento del eje intestino-cerebro, un sistema de comunicación permanente entre el sistema nervioso central, el sistema nervioso entérico y el tracto gastrointestinal, mediante sustancias y señales que inciden en las defensas, el metabolismo y el desarrollo neurológico del bebé.
Qué miran los pediatras y cuál es el rol de la familia
“Los trastornos del eje intestino-cerebro generan malestar en el bebé y angustia en la familia y cuidadores, que se preocupan y no entienden lo que sucede, por ello se convierte en uno de los principales motivos de consulta en pediatría”, explicó la Dra. Karina Leta, médica pediatra y especialista en gastroenterología infantil del Hospital de Clínicas José de San Martín.
La profesional describió un “círculo” en el que el llanto persistente del bebé y la angustia de los padres se retroalimentan. La inseguridad, las dudas y los consejos contradictorios de terceros —familiares, amigos o redes sociales— aumentan la tensión y pueden empeorar el cuadro. Por eso, los expertos insisten en la importancia de la escucha activa, la contención y una evaluación clínica completa para distinguir situaciones funcionales de aquellas que requieren estudios o tratamientos específicos.
En la práctica, se recomienda consultar al pediatra o al gastroenterólogo infantil ante cólicos intensos y prolongados, regurgitaciones frecuentes en bebés por lo demás sanos, esfuerzo y llanto antes de evacuar o una disminución marcada de la frecuencia de las deposiciones acompañada de heces duras o dolorosas.
Signos de alarma y abordajes disponibles
Los equipos de salud ponen especial atención en las llamadas “banderas rojas”: presencia de sangre en la materia fecal, fiebre, pérdida de peso o falta de progreso en el crecimiento. Estos indicadores obligan a replantear el diagnóstico inicial y a profundizar la investigación con estudios complementarios para descartar otras patologías.
En la mayoría de los casos, los TECI forman parte del proceso madurativo del aparato digestivo y tienden a resolverse de manera espontánea. Sin embargo, una intervención adecuada permite reducir la ansiedad familiar, reforzar el vínculo de confianza entre el equipo médico y los cuidadores, y evitar la medicalización innecesaria. El sostén de la lactancia materna, la corrección de las prácticas de alimentación y el acompañamiento en las rutinas de sueño y contención son pilares centrales.
- Promoción de la lactancia materna y asesoramiento sobre técnica y frecuencia.
- Revisión de la postura del bebé y las rutinas de alimentación y descanso.
- Identificación temprana de signos de alarma que requieren estudios.
- Evitar medicaciones sin indicación profesional.
La nutrición cumple un rol clave porque influye directamente sobre la microbiota intestinal y el desarrollo del sistema inmunológico. En aquellos casos en los que la lactancia exclusiva no es posible o el profesional lo considere necesario, existen leches medicamentosas diseñadas para este tipo de trastornos. Un estudio argentino de vida real mostró que, con una fórmula específica, el llanto diario se redujo del 50% al 6%, la dificultad para evacuar bajó del 28% al 1% y el malestar por gases descendió del 73% al 7%, con una mejora sustancial en la calidad de vida del bebé y sus cuidadores.
Frente al llanto persistente y el malestar digestivo en los primeros meses de vida, los especialistas recomiendan no minimizar los síntomas ni alarmarse de más, sino recurrir a la consulta pediátrica para obtener un diagnóstico certero, información confiable y acompañamiento en este período clave del desarrollo infantil.

