Un viaje íntimo y colectivo en el Teatro Picadero

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En la cartelera porteña, Boy Olmi atraviesa un momento especial con Boy, su unipersonal en el Teatro Picadero. La obra nació tras una larga investigación sobre su historia familiar, sus ancestros y esos mandatos silenciosos que condicionan la identidad. El actor transforma esa búsqueda íntima en un relato escénico que interpela al público y lo invita a revisar sus propias raíces.
Lejos de un proyecto calculado, Olmi cuenta que Boy surgió como consecuencia de una década de preguntas, crisis y revelaciones personales. El punto de partida fue el envejecimiento de su madre, un proceso que lo enfrentó a su árbol genealógico y a los secretos guardados de generación en generación. Ese camino lo llevó a explorar lo que define como “inconsciente transgeneracional”, donde se alojan valores, culpas y creencias que muchas veces no sentimos del todo propias.
En esa pesquisa, el artista llegó a reconstruir la historia de sus 16 tatarabuelos, sus países de origen, culturas y religiones. Recurrió a archivos familiares, museos, iglesias, libros, entrevistas con parientes, historiadores y especialistas. De ese material surgió un mapa identitario complejo que luego tomó forma teatral.
De la investigación personal a la escena
La directora y dramaturga Shumi Gauto fue clave para convertir esa búsqueda en obra. En lugar de centrarse en el pasado lejano, puso el foco en lo que todo ese proceso le provocaba hoy a Olmi: sus miedos, duelos y descubrimientos actuales. Durante dos años trabajaron a partir de charlas, improvisaciones y relatos personales. Gauto grabó esas conversaciones y, con ese registro, elaboró la dramaturgia que dio vida al espectáculo.
Según el propio actor, el texto no tiene ficción: se nutre de confesiones y memorias que él reconoce como “absolutamente verdaderas”. Sin embargo, la puesta tiene una estructura teatral precisa, con humor, momentos de fuerte emotividad y un pulso narrativo que evita el tono meramente autobiográfico. El resultado es una pieza que habla de vínculos, amor, muerte, sexualidad y herencia emocional desde una perspectiva que muchos espectadores reconocen como propia.
Para Olmi, el efecto de Boy es “tremendamente sanador”, tanto para él como para el público. Las funciones se convierten en un espacio donde la risa y la conmoción conviven con preguntas profundas sobre quiénes somos y qué hacemos con aquello que heredamos. “No es un espectáculo sobre mi historia, es un espectáculo sobre la historia de todos nosotros”, resume el intérprete.
El teatro como espacio de sanación y reflexión
En diálogo con la prensa, el actor reivindica el rol del teatro como hecho transformador. Sostiene que nadie debería salir de una sala igual que como entró y que las emociones funcionan como disparadores de cambios internos. Sin proponer una obra terapéutica en términos formales, Olmi entiende que compartir su propia “desnudez de alma” tiene un efecto reparador.
El artista vincula el espíritu de Boy con el contexto global: habla de crisis ecosocial, guerras, degradación ambiental y una humanidad fragmentada por diferencias políticas, religiosas y culturales. En contraposición, su propuesta escénica apunta a integrar las partes disociadas, tanto en la biografía personal como en el plano colectivo. “Mi espectáculo integra las partes que me componen y propone que cada espectador integre las suyas”, explica.
Mientras mantiene proyectos en cine, televisión y plataformas —incluida su película La banda de Jane de los monos, disponible en YouTube—, Olmi se prepara para cerrar la etapa porteña de Boy con las últimas funciones en el Teatro Picadero y dar el salto a una gira internacional. Madrid y Barcelona serán las próximas estaciones de una obra que, según promete su creador, busca no dejar a nadie afuera.

