“Despedidas”, el adiós lúcido y sin dramatismo de Julian Barnes

El último gesto literario de un autor inclasificable

Julian Barnes y la publicación de su libro Despedidas

NewsITe

Buenos Aires, 19 de marzo (NA) – El escritor británico Julian Barnes, uno de los narradores más prestigiosos de la literatura contemporánea, afronta el tramo final de su vida y de su obra con la misma mezcla de ironía, lucidez y elegancia que lo convirtió en un autor de culto. A los 80 años y con un diagnóstico de leucemia “tratable”, decidió despedirse de sus lectores con Despedidas (Anagrama, 2026), un libro difícil de encasillar que combina memoria personal, ensayo literario y reflexión sobre el paso del tiempo.

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La primera anotación en su libreta tras conocer la enfermedad marca el tono del volumen: “Este es el principio del final”. No hay dramatismo ni épica del sufrimiento, sino un registro íntimo y sobrio. Barnes evita la autocompasión y prefiere hacerse preguntas incómodas sobre la vejez, la pérdida, el amor y el modo en que la memoria reescribe, una y otra vez, el pasado.

Despedidas se articula en torno a dos grandes hilos narrativos. Por un lado, el propio Barnes observa, con distancia casi clínica, el deterioro del cuerpo y las nuevas reglas que impone el envejecimiento. Por otro, reconstruye la historia de Jean y Stephen, dos amigos a los que conoció en Oxford y sobre quienes había prometido no escribir jamás. Sin embargo, el compromiso terminó cediendo ante la necesidad literaria de contar una relación amorosa atravesada por separaciones, reencuentros y segundas oportunidades.

Memoria, envejecimiento y la ética de contar la vida ajena

Jean aparece como una figura brillante, espontánea y ferozmente honesta. En una de las escenas más recordadas, le confía a Barnes detalles íntimos de su vínculo con Stephen, con la condición explícita de que nunca los use en sus ficciones. El escritor, que reconoce su dificultad para prometerlo, termina por traicionar esa prohibición, aunque lo hace desde la ternura y la complejidad moral que caracteriza a su obra.

El otro gran eje de Despedidas es la memoria, a la que Barnes se niega a idealizar. La presenta como un narrador poco fiable, caprichoso, dispuesto a acomodar los hechos según la conveniencia de quien recuerda. En el libro conviven referencias a Proust y su célebre magdalena con apuntes de neurociencia y citas de los diarios personales del propio autor, que funcionan como correctores implacables de los recuerdos adulterados.

El envejecimiento, lejos de ser un simple telón de fondo, aparece como un campo de batalla íntimo. Barnes recoge observaciones de su esposa Pat y de su actual pareja R para pensar cómo se endurecen los rasgos menos amables con los años y qué significa “tener permiso para ser viejo, pero no para comportarse como un viejo”. La cabeza y el corazón, sugiere, pueden mantenerse activos incluso mientras el cuerpo se retrae.

  • Un libro híbrido que combina memorias, ensayo y relato íntimo.
  • Una reflexión sobre la fragilidad de la memoria y el oficio de narrar.
  • Una mirada sin sentimentalismo sobre la vejez y la enfermedad.

“La literatura es, por encima de todo, una conversación que no debería cortarse de golpe, sino apagarse poco a poco, con elegancia y pudor”, propone Barnes en estas páginas.

Lejos de un testamento solemne, Despedidas se lee como una charla prolongada con alguien que sabe que se va, pero que todavía tiene algo importante que decir. Con inteligencia y humor seco, Barnes confirma que la lucidez puede ser, también, una forma de despedida digna.

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