El ajuste en Defensa enfría el sueño de Milei de acercarse a la OTAN

NewsITe
En agosto de 2024, Javier Milei prometía ante las Fuerzas Armadas que en su gobierno encontrarían a un presidente dispuesto a respaldarlas y a “dar vuelta la página” de la falta de inversión militar. Un año y medio después, esas expectativas chocan con la realidad de un presupuesto 2026 que, lejos de impulsar el gasto en defensa, consolida un freno que aleja a la Argentina de los estándares exigidos por la OTAN.
Durante 2025, en plena política de ajuste, el Gobierno logró mostrar ciertos avances: se incrementó el gasto en defensa respecto de años previos y se concretaron compras de equipamiento largamente postergadas. Sin embargo, el Presupuesto 2026 aprobado por el Congreso marca un retroceso en términos reales: el aumento nominal es de apenas 1,5%, frente a una inflación prevista del 10,1%, lo que implica una nueva poda para el área.
El Ministerio de Defensa contará en 2026 con unos $3.583.051 millones, de los cuales alrededor del 80% se destina al pago de salarios. Los sueldos de las Fuerzas Armadas, ya golpeados por la licuación inflacionaria, absorben casi todos los recursos y dejan márgenes mínimos para inversión en pertrechos, modernización y adiestramiento.
De aliado extra-OTAN a socio global: una meta cada vez más lejana
Desde abril de 2024, la Argentina volvió a ser Aliado Extra-OTAN de los Estados Unidos, estatus que facilitó la recomposición del vínculo militar con Washington y la posibilidad de acceder a armamento norteamericano a través de terceros países, como Dinamarca, esquivando restricciones ligadas al conflicto por Malvinas. El exministro de Defensa Luis Petri había planteado como horizonte acercar las capacidades argentinas a los estándares de la OTAN.
En esa línea, el país se sumó al Grupo de Contacto para la Defensa de Ucrania, que reúne a más de 50 naciones para coordinar ayuda militar a Kiev. El objetivo político de la Casa Rosada era dar un salto de calidad y obtener el status de socio global de la OTAN, figura que implica una alianza estratégica directa con la organización, con diálogo político y cooperación militar ampliada. Sin embargo, la meta luce hoy fuera de alcance.
La diferencia es sustancial: mientras que el Aliado Extra-OTAN (MNNA) es un reconocimiento concedido unilateralmente por Estados Unidos, el socio global se vincula institucionalmente con la OTAN en su conjunto. En ambos casos se trata de relaciones de cooperación, sin llegar a la membresía plena, pero el nivel de compromiso político, militar y financiero es mucho más exigente para los socios globales.
El estándar del 5% del PBI y la brecha argentina
La OTAN viene endureciendo sus metas de gasto. Si en 2014 los países aliados se comprometían a destinar el 2% del PBI a defensa, tras la anexión de Crimea por parte de Rusia, en la Cumbre de La Haya de 2025 dieron un paso más: para 2035 se espera que los miembros asignen el 5% de su PBI a necesidades militares y de seguridad.
De ese total, al menos el 3,5% del PBI debería destinarse al gasto de defensa en sentido estricto —cumplimiento de objetivos de capacidad, equipamiento, entrenamiento—, mientras que hasta el 1,5% se reservaría para infraestructura crítica, ciberseguridad, resiliencia civil, innovación y fortalecimiento de la industria de defensa. Los países miembros, además, están obligados a presentar planes anuales creíbles para alcanzar esas metas.
En contraste, la Argentina se mantiene muy lejos incluso del viejo umbral del 2%: para 2026 se proyecta que el gasto militar ronde apenas entre el 0,55% y el 0,57% del PBI, levemente por debajo del 0,60% estimado para 2025. La brecha con el estándar OTAN, en un contexto global marcado por la guerra en Ucrania y el rearme europeo, se amplía en lugar de reducirse.
Compras puntuales y límites del ajuste
El año 2025 dejó algunos hitos para las Fuerzas Armadas argentinas: comenzaron a llegar los primeros 6 de los 24 cazas F-16AM/BM adquiridos a Dinamarca; ingresaron 4 vehículos blindados de combate VCBR 8×8 Stryker comprados a Estados Unidos y se reactivó la intención de dotar nuevamente a la Armada de submarinos, con fuerte interés en los modelos Scorpene de fabricación francesa.
Esas decisiones consolidaron un giro geopolítico alineado con la administración de Donald Trump en Washington y con la estrategia de reposicionamiento de la Argentina en el tablero de seguridad occidental. No obstante, la estructura presupuestaria revela que, sin una expansión sostenida del gasto en defensa, la modernización se vuelve fragmentaria y dependiente de financiamiento externo o acuerdos puntuales.
La propia dirigencia libertaria había cuestionado, aún antes de llegar al poder, que la Argentina tenía “los presupuestos de defensa más bajos de la región”. Milei y su entonces compañera de fórmula, Victoria Villarruel, enfatizaban la necesidad de recomponer el equipamiento militar. Sin embargo, el compromiso con el déficit cero y el ajuste fiscal terminó imponiendo un techo a esas aspiraciones.
Latinoamérica y el club selecto de la OTAN
En América Latina, solo Argentina y Perú cuentan hoy con el estatus de Aliado Importante Extra-OTAN otorgado por Estados Unidos. Lima fue incorporada a comienzos de 2026 bajo parámetros similares a los de Buenos Aires. Aun así, ninguno de los dos países se acerca, por ahora, a los niveles de inversión que la OTAN espera de sus socios más estrechos.
- La Alianza Atlántica suma 32 miembros plenos de Europa y Norteamérica.
- Cuenta además con socios globales fuera del área atlántica, como Australia, Japón o Colombia.
- Varios de estos países exhiben gastos de defensa en torno o por encima del 2% del PBI.
La distancia entre el discurso de respaldo a las Fuerzas Armadas y los recursos asignados en el Presupuesto 2026 deja al gobierno de Javier Milei con menos margen para avanzar hacia una relación más profunda con la OTAN.
Con un gasto militar que no logra despegar y un escenario internacional cada vez más demandante en términos de seguridad, el objetivo de convertir a la Argentina en socio global de la OTAN difícilmente se concrete durante este mandato. El desafío será, en adelante, conciliar la disciplina fiscal con una política de defensa que no quede definitivamente rezagada frente al nuevo estándar que impone el mundo.

