Cuba al borde del apagón total por falta de combustible

Alarma por el inminente colapso energético en la isla

Vista de una central termoeléctrica en Cuba

El sistema energético de Cuba atraviesa una de las crisis más severas desde el llamado “Período Especial” de los años 90 y podría quedar prácticamente paralizado en un lapso de seis a ocho semanas si no consigue nuevos suministros de petróleo o combustibles. La advertencia proviene de especialistas en energía que siguen de cerca el impacto de las recientes sanciones de Estados Unidos a los proveedores de crudo que abastecen al régimen de La Habana.

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La isla importa cerca de dos tercios de la energía que consume y desde hace años depende de acuerdos preferenciales con aliados políticos. Sin embargo, la fuerte caída de los envíos desde Venezuela, sumada al endurecimiento de las restricciones financieras y comerciales, dejó al gobierno de Miguel Díaz-Canel con un margen de maniobra cada vez más acotado para sostener la generación eléctrica y el transporte.

Jorge Piñón, especialista del Instituto de Energía de la Universidad de Texas, explicó que resulta “muy difícil de cuantificar” el punto exacto de quiebre, pero advirtió que el tiempo corre en contra del régimen. “Si en las próximas 6 a 8 semanas no vemos ninguna entrega de petróleo crudo o combustibles –provenientes de Venezuela, México, Rusia, Estados Unidos, o comprados por Cuba con sus propios recursos–, entonces se enfrentarán a una grave crisis”, señaló.

El rol crítico del diésel y el impacto en la vida cotidiana

El combustible que más preocupa a los expertos es el diésel, que representa alrededor del 20% de la demanda nacional y resulta clave para el funcionamiento básico de la economía. “El impacto sería catastrófico, ya que el diésel se utiliza para el transporte de pasajeros y de mercancías, el ferrocarril, la agricultura, la industria y como combustible para el sistema de distribución de agua, así como la generación distribuida”, detalló Piñón.

Esa generación distribuida, basada en grupos electrógenos repartidos por todo el país, aporta cerca del 40% de la oferta del Sistema Eléctrico Nacional (SEN). La falta de combustible para sostenerla anticipa una profundización de los apagones, que en algunas regiones de la isla ya se extienden por más de 20 horas diarias, con consecuencias directas sobre la producción, los servicios esenciales y la calidad de vida de la población.

En paralelo, las plantas termoeléctricas cubanas arrastran décadas de deterioro: muchas superan los 40 años de antigüedad, requieren repuestos difíciles de conseguir y dependen de un crudo pesado y de baja calidad. La producción local apenas cubre unos 40.000 de los 110.000 barriles diarios que el país necesita para funcionar con relativa normalidad, según estimaciones del sector.

Un modelo agotado y el fantasma del “Período Especial”

La crisis actual es la culminación de seis décadas de un modelo económico altamente centralizado que nunca logró la autosuficiencia energética. Tras el derrumbe de la Unión Soviética, Cuba perdió los subsidios que durante años le garantizaron petróleo barato y debió atravesar una década de fuertes restricciones, con transporte casi paralizado, cortes de luz prolongados y una caída abrupta del poder adquisitivo.

Más recientemente, el sostén se apoyó en la alianza con Venezuela, que llegó a enviar unos 100.000 barriles diarios de crudo y derivados. Pero la debacle de la industria petrolera de ese país redujo los envíos a alrededor de 27.000 barriles diarios antes de la crisis política que derivó en la caída de Nicolás Maduro, dejando a La Habana en una situación de aislamiento financiero y tecnológico aún más profundo.

Cuba se asoma a un escenario de desabastecimiento energético similar o incluso más severo que el “Período Especial”, con apagones generalizados y una economía prácticamente inmovilizada si no consigue nuevos proveedores de combustible en el corto plazo.

En este contexto, los analistas coinciden en que el régimen cubano enfrenta semanas decisivas. La posibilidad de diversificar proveedores choca con las restricciones impuestas por Washington y con la falta de divisas frescas para pagar en efectivo. Mientras tanto, la población ya siente el ajuste a través de cortes de energía cada vez más extensos, dificultades para el transporte y una inflación que se acelera al compás de la escasez de bienes básicos.

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