REMISES: UN SERVICIO MALO, CONDENADO A EMPEORAR

La escuálida rentabilidad que obtienen choferes y propietarios de vehículos ha deteriorado progresivamente el servicio de remises. Hoy conseguir un vehículo puede ser toda una odisea puesto que la demanda supera por mucho la oferta disponible, sobre todo después de las 19 horas. Ya no es atractivo ingresar a una actividad en la que hay que trabajar doce horas diarias para que la ganancia rinda. Resultado: menos oferta, y muy mal servicio.

Guillermo Insúa
redacció[email protected]

«La economía, estúpido», fue una frase utilizada en la política estadounidense durante la campaña electoral de Bill Clinton, en 1992, contra George W. Bush (padre), más ocupado de la política internacional que de la economía doméstica.

Más tarde, la frase se popularizó como «es la economía, estúpido». La estructura de esa afirmación suele utilizarse ahora para resaltar el aspecto central de aquello que está en debate. Dicho esto, podemos apropiarnos de esa forma expresiva para abordar –con ánimo de ser constructivos– las razones que configuran una (muy) mala calidad en el servicio de remises en San Nicolás: «Es la rentabilidad, estúpido».

Probablemente, la próxima semana el Honorable Concejo Deliberante apruebe en sesión extraordinaria un incremento en las tarifas de remises (y también de taxis). Esto le inyectará aire a la ahogada billetera del chofer del remís, pero al mismo tiempo se lo quitará al bolsillo del usuario. Por lo tanto, según una ley de mercado básica en el sistema capitalista, el encarecimiento de la oferta amenaza reducir la demanda. Y cuando cae la demanda también la oferta se achica.



Esa, en resumen, es la génesis de una historia más o menos reciente que ha deteriorado notablemente el servicio de remises en esta ciudad. No solo es malo para el usuario que debe aguardar tiempos eternos para acceder a un coche –en muchos casos– en mal estado. También es muy malo el ingreso que recibe el chofer que prestará ese servicio, lo cual inevitablemente desalienta el crecimiento de una actividad cuyos costos fijos (combustible, patente, seguro, monotributo, VTV, mantenimiento general, entre otros) se acercan cada vez más al nivel de rentabilidad. Cuentan los choferes de mayor antigüedad en la actividad que años atrás se podía comprar un kilo de carne con la rentabilidad de un viaje. Con esa misma rentabilidad hoy se puede adquirir un kilo de papas. El ejemplo no solo refleja el brutal aumento del costo de vida sino también el derrumbe del valor del trabajo para un chofer de remís.

Mayormente, la agencia de remises se queda con el 15 por ciento del valor de un viaje (algunas el 20%). El resto es para el propietario del coche, que debe absorber de allí el costo del combustible (+/- 25% del valor del viaje) y pagarle el 30 por ciento al chofer, en caso de tenerlo. Esto lleva a que cada vez haya más propietarios al volante de una unidad. Sumemos: 15 + 25 + 30: el propietario que tiene chofer obtiene un 30% de rentabilidad.



Esa cuenta vale para un escenario ideal. Pero la ecuación se desmorona si el vehículo sufre un accidente, se le rompe una cubierta o (¡Dios no quiera!) el motor. Es que no hay margen de rentabilidad para arreglarlo como es debido. Ergo, los autos cada vez están en peores condiciones.

Poco interés

El Municipio abrió -hace meses- el registro de inscripción a nuevas obleas. La idea, según se anunció oportunamente, es llevar la flota actual de unos 600 vehículos a 900. Esto es ampliar el parque un 50 por ciento. Desde que ese registro fuera habilitado, cuentan que son menos de una decena los anotados hasta el momento. Esto bien revela el poco interés que hay por ingresar a la actividad, naturalmente, por el acotado margen de rentabilidad.

Pregunta: ¿quién va a invertir 2 millones de pesos para adquirir un auto de cuatro años de antigüedad si a esa unidad habrá que cambiarla por una más nueva dentro de dos años? Esa misma suma, 2 millones de pesos, hoy deja una rentabilidad anual de más de 800.000 pesos solo depositándola en plazo fijo, según las tasas que el BCRA anunció esta semana (41,5%). Esa rentabilidad no es mucho menor a la que obtiene un chofer al cabo de doce horas diarias al volante.

Vale insistir: el problema es la rentabilidad. Y ello no va a cambiar si al momento de abordar una solución (casi siempre vinculada a la tarifa) se escucha más a los agencieros que a los trabajadores.



El desafío es que la actividad sea rentable para agencieros y choferes. Los propietarios de agencias tampoco la pasan muy bien, es cierto. De hecho, algunas dejaron de prestar servicio nocturno porque el chofer opta por trabajar solamente de día, un poco por no sentirse esclavo y otro poco por la inseguridad: en los últimos diez días hubo agresiones con arma blanca a dos choferes. Es lógico, entonces, que se desplome la oferta nocturna porque trabajar más de doce horas no es vida. Y porque, precisamente, tampoco nadie quiere arriesgar su vida por unas pocas monedas. Así, para solicitar un servicio nocturno el usuario debe ser prevenido y pedir el coche con un par de horas de antelación. Tal vez así, solo tal vez, tenga suerte.

Conflicto

En junio del año pasado, el Municipio intentó modificar el artículo de la ordenanza madre que establece que los remises habilitados para circular no deben superar los 15 años de antigüedad. Se quería reducir esa antigüedad a 5 años, de manera progresiva. Esa intención, finalmente, quedó de lado tras una protesta ruidosa y caliente en las puertas del Palacio deliberativo.

Esta semana, un grupo de remiseros advirtieron en off que elevarán un petitorio para que se amplíe a 17 años la antigüedad de un vehículo habilitado puesto que, de lo contrario, muchos coches en breve ya no podrán circular. Es decir, hay serio riesgo de que el parque de remises se achique aún más.



El intendente Manuel Passaglia recibió –semanas atrás– a una decena de remiseros y a un par de taxistas. En la reunión se le pidió al titular del Ejecutivo que no se modifique el artículo que permite la circulación de unidades de hasta 15 años de antigüedad. El jefe comunal, según voces presentes en ese encuentro, se comprometió a no tocar la letra de ese artículo.

¿Cuál es la solución, entonces? En principio, que todos los actores se sienten a una misma mesa. También el operador telefónico de una agencia, al que se le paga unos 800 pesos por día al cabo de una jornada de ocho horas.

Que los objetivos de modernizar el servicio no choquen contra la rentabilidad de remiseros y agencieros. Y que en la mesa de discusión no se pierda de vista a un actor sin voz pero sin el cual no hay actividad posible: el usuario. La solución, pues, está en ceder y conceder. Con todas las voces en la mesa.

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