Dejó el smartphone por un celular básico y cambió su vida

Una decisión a contramano de la hiperconexión

Joven sosteniendo un celular básico en reemplazo de un smartphone

NewsITe

Con 33 años, la escritora y emprendedora creativa Nicole Marcuzzi decidió dar un giro tajante en su vida digital: dejó el smartphone y volvió a un celular básico, sin internet ni aplicaciones. Su objetivo no es abandonar la tecnología, sino recuperar el control del tiempo, la atención y los vínculos cara a cara en un contexto de hiperconexión permanente.

La alarma se encendió durante una charla con su ahijada de diez años, que le contó entusiasmada sus pasatiempos: coleccionar figuritas, tocar la guitarra y aprender japonés. Nicole se dio cuenta de que ella, en cambio, no tenía hobbies por fuera de la pantalla. Su rutina transcurría casi por completo en el mundo online, al frente de un emprendimiento digital y trabajando de forma remota con un equipo al que apenas veía como avatares.

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Esa escena fue el punto de partida de un proceso de autoexploración. Revisó el tiempo de uso del teléfono y descubrió que podía pasar hasta ocho horas por día frente a la pantalla, muchas veces sin registrarlo. Reuniones laborales desde la calle, notificaciones constantes y la sensación de estar siempre disponible la llevaron a la conclusión de que su vida real había quedado en segundo plano frente a la virtual.

La trampa de la “mejor versión” y el cansancio digital

Marcuzzi identificó que gran parte de su agotamiento tenía que ver con una lógica productivista instalada en redes sociales: la obligación de mostrar resultados, mejorar todo el tiempo y “ser la mejor versión de uno mismo”. Según relata, esa exigencia terminó convirtiéndose en una trampa que afectó su creatividad y su identidad, al punto de evaluar cada decisión en función de la mirada ajena y de la validación online.

En busca de equilibrio, comenzó a sumar actividades que no estuvieran atravesadas por el rendimiento ni por la necesidad de mostrarlas: se ofreció como voluntaria en una fundación que acompaña a niños con cáncer y retomó clases de canto y pintura. Eran espacios, cuenta, donde dejaba el celular a un costado y volvía a estar presente en el aquí y ahora.

Del despertador analógico al “teléfono tonto”

El cambio no fue abrupto. Primero sacó el celular de la habitación y lo reemplazó por un despertador eléctrico. Dejó de empezar el día leyendo mensajes de WhatsApp y notificaciones, y sumó un pequeño ritual matutino: recibir la luz del sol en el balcón y realizar estiramientos antes de mirar cualquier pantalla.

Con el tiempo tomó una decisión más radical: compró un celular básico, sin acceso a internet. Admitió que le llevó más de seis meses animarse, por miedo al “quilombo” organizativo que implicaba. Sin embargo, el malestar por estar “crónicamente online” pesó más. Empezó a notar que dudaba de sus propias ideas al escribir y que muchos de sus deseos y objetivos estaban condicionados por lo que veía en redes sociales.

La hiperconexión también había impactado en sus vínculos. Los encuentros con amigas se volvían escasos porque, en teoría, ya estaban “al día” por las redes. Las conversaciones cara a cara perdían sorpresa y, en el plano afectivo, sentía que las aplicaciones generaban una intimidad falsa, construida a partir de perfiles y no de experiencias compartidas.

Poner límites: trabajar, vivir y vincularse sin estar siempre disponible

Lejos de una postura tecnófoba, Nicole propone un uso más consciente de la tecnología. Acordó con su equipo de trabajo horarios claros: solo se conecta a WhatsApp una hora a la mañana y otra a la tarde; el resto del tiempo se la contacta por llamada o correo electrónico. Su meta es “bailar” entre lo analógico y lo digital, sin que el smartphone marque cada minuto de su día.

En este proceso también recuperó algo que considera clave: el aburrimiento. Al reducir la exposición a la “dopamina fácil” de las redes, apareció lo que describe como un vacío fértil para la creación, lejos de la distracción constante. Su próximo proyecto refleja esa búsqueda: un club de lectura mensual, presencial, con libros en papel y sin celulares sobre la mesa, pensado para reconstruir comunidad e intercambio cultural fuera de la pantalla.

La mirada de la psicología: salud mental y exceso de pantalla

La experiencia de Marcuzzi dialoga con lo que observa la psicóloga Clara Oyuela, especialista en hábitos digitales y autora de “Crónicas de una abstinencia. Un experimento fuera de línea”. Entre 2021 y 2023 realizó pruebas de desconexión total del celular con adolescentes y adultos, y registró una serie de síntomas asociados al uso excesivo: depresión, ansiedad, irritabilidad, baja autoestima, dificultades de concentración, trastornos del sueño y problemas en la vista, entre otros.

  • Mayor calma y reducción de la ansiedad luego de los primeros días sin redes.
  • Más energía y presencia en las rutinas cotidianas.
  • Vínculos cara a cara más ricos y profundos.
  • Recuperación de la imaginación y la capacidad de aburrirse.

“Estar en redes no es la única forma de existir en el mundo”, coinciden Nicole Marcuzzi y la psicóloga Clara Oyuela, que señalan la necesidad de políticas públicas y educación digital para enfrentar la adicción al celular.

Oyuela advierte que el fenómeno ya debería ser tratado como un problema de salud pública en la Argentina, con campañas de prevención, regulación del uso del celular en escuelas y un debate serio sobre la edad mínima para acceder a redes sociales. En ese contexto, decisiones personales como la de Nicole funcionan como laboratorio y señal de alerta: muestran que es posible permanecer conectados sin resignar la vida fuera de la pantalla.

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