Pantallas tempranas: una preocupación que crece en las infancias
NewsITe
El debate sobre el uso del celular en niños y adolescentes suele oscilar entre dos extremos: la prohibición total o la entrega temprana y sin control. Sin embargo, mientras los adultos dudan, la evidencia científica avanza y confirma que el impacto de las pantallas sobre la salud física, emocional y social de las infancias es cada vez más evidente.
En Argentina, datos de UNICEF y estudios regionales muestran que el acceso a teléfonos inteligentes con conexión a Internet se da, en promedio, antes de los 11 o 12 años, incluso en contextos de alta vulnerabilidad. El celular aparece como símbolo de inclusión, herramienta de control parental y marca de pertenencia social, pero también como puerta de entrada a un ecosistema digital que no fue pensado para que niños y niñas lo transiten en soledad, según la Doctora en Ciencias de la Educación Carina Cabo en una nota para Infobae.
Entre los adolescentes, el panorama se complejiza: aulas atravesadas por notificaciones constantes, recreos en silencio con todos mirando una pantalla y noches de insomnio marcadas por el brillo del celular. Investigaciones internacionales vinculan este uso intensivo con el aumento de la ansiedad, dificultades de atención, trastornos del sueño, conflictos en los vínculos y mayor exposición al ciberacoso y a contenidos violentos o inapropiados.
Impacto diferencial y rol de las familias
Carina Cabo destaca que, distintos estudios señalan que el efecto de las redes sociales y los celulares no es igual para todos. En las mujeres adolescentes se profundizan los mandatos estéticos, la comparación permanente con otros cuerpos y estilos de vida, y la violencia simbólica a través de plataformas digitales. En los varones, por su parte, preocupa el acceso temprano y casi sin regulación a juegos en línea donde se combina riesgo económico, exposición a apuestas y posibles consecuencias sobre la salud mental y física.
Controlar el uso de pantallas no implica demonizar la tecnología, sino comprender que la infancia requiere mediación adulta, tiempos protegidos y límites claros. Muchas familias entregan un celular por miedo: a que sus hijos “queden afuera”, a no poder ubicarlos o a no saber cómo acompañarlos en un entorno digital cada vez más complejo. El problema, advierten especialistas, no pasa solo por la decisión individual, sino por la ausencia de acuerdos colectivos que alivien esa presión.
Experiencias como la del movimiento Adolescencia Libre de Móviles en España muestran que, cuando las familias se organizan para retrasar la entrega del smartphone, es posible cambiar hábitos y expectativas. Lejos de copiar modelos de otros países, en Argentina se abre el interrogante sobre qué pactos escolares y comunitarios podrían impulsarse para promover un uso más responsable y retrasar la exposición intensiva a pantallas.
La escuela y el desafío de educar en tiempos digitales
La escuela ocupa un lugar clave: es el ámbito donde el celular genera más tensiones, pero también donde puede enseñarse un uso crítico y responsable de la tecnología, aclaró la especialista en educación Carina Cabo. Algunas instituciones avanzan en regulaciones estrictas que prohíben el uso del teléfono durante la jornada, entendiendo esta medida como una forma de cuidado y de garantía del derecho a aprender sin interrupciones.
- Definir reglas claras sobre el uso del celular en el aula y en los recreos.
- Promover instancias de formación para docentes y familias sobre riesgos y oportunidades del mundo digital.
- Impulsar acuerdos comunitarios para retrasar la entrega del primer smartphone.
- Exigir a las plataformas controles reales de edad y mejores sistemas de protección a menores.
Especialistas en salud mental advierten que regular el acceso a redes sociales y reconocer el uso problemático de pantallas como una cuestión de salud pública es una discusión impostergable. Mientras el mercado digital opera sin fronteras, los efectos se sienten en la vida cotidiana: chicos que duermen menos, rinden peor en la escuela y se relacionan más a través de una pantalla que cara a cara.
“Cuidar no es solo vigilar lo que hacen en las pantallas, sino animarse a decir ‘todavía no’ y proteger su tiempo, su cuerpo y su deseo de crecer sin apuro”, coinciden especialistas en infancia y adolescencia.
Educar en tiempos digitales supone formar sujetos críticos, capaces de esperar, elegir y aceptar límites. La infancia no necesita más pantallas, sino más adultos presentes, dispuestos a acompañar, dialogar y dar el ejemplo. Ningún algoritmo puede reemplazar la palabra compartida, los espacios de juego sin conexión y los vínculos que se construyen lejos del brillo permanente del celular.


