El misionero argentino que volvió para celebrar 50 años de sacerdocio

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De regreso a Madagascar, su patria adoptiva, el padre Pedro Opeka dejó una huella profunda tras un mes y medio de intensa actividad pastoral en la Argentina. El sacerdote vicentino, creador de la obra Akamasoa —la ciudad surgida de un basural para dar dignidad a los más pobres en Madagascar— vino a celebrar sus 50 años de sacerdocio y, al despedirse, definió con claridad su impresión: “La fe está arraigada en el corazón del pueblo argentino porque es la fe la que hizo este país”.
Durante su estadía, que se extendió del 11 de octubre al 9 de diciembre, el misionero visitó parroquias, colegios, villas, cárceles y obras sociales en distintas provincias y el conurbano bonaerense. En cada encuentro, se encontró con templos colmados, jóvenes entusiastas y fieles que le pedían bendiciones, abrazos y una palabra de esperanza. “En Argentina viví una fiesta espiritual”, sintetizó.
El sacerdote fue recibido en colegios como Emaús, en El Palomar, y María Reina, en Lanús, donde miles de alumnos lo saludaron con una calidez que él mismo confesó no haber imaginado. En la Basílica de Luján presidió una misa especial por sus cinco décadas de ministerio, invitado por el arzobispo de Mercedes-Luján, Jorge Eduardo Scheinig, y acompañado por obispos como Jorge Lugones, Oscar Ojea y el cardenal vicentino Vicente Bokalic, entre otros referentes eclesiales.
Recorrida por villas, cárceles y Hogares de Cristo
Fiel a su opción por los más pobres, Opeka visitó nuevamente a los curas villeros, a quienes definió años atrás como “la honra de la Iglesia argentina”. En Santiago del Estero compartió un encuentro con el padre Pepe Di Paola y su equipo, responsables del Hogar de Cristo y de una granja de recuperación para personas con adicciones. “Los muchachos son extraordinarios porque quieren cambiar. Les dije: ‘¡Fuerza, no retrocedan en su lucha contra las drogas!’”, relató.
En La Matanza, en el Gran Buenos Aires, celebró misa junto al padre Tano Angelotti y al obispo de San Justo, Eduardo García, frente a unos 200 jóvenes en procesos de recuperación. El clima, recordó, se parecía más a una cancha de fútbol que a un templo, por la fuerza de los cantos y las respuestas de la gente. Para Opeka, los Hogares de Cristo y los sacerdotes que trabajan en las villas son un signo concreto de que la fe se traduce en fraternidad y compromiso.
Otra parada clave fue el penal de San Martín, donde conoció la experiencia de “Los Espartanos”, el proyecto de rugby que busca la reinserción de jóvenes privados de libertad. El misionero no dudó en valorar esa iniciativa como una oportunidad real de transformación: se mostró convencido de que muchos de esos internos, al recuperar la autoestima y la disciplina, podrán reconstruir su vida al salir en libertad.
Madagascar, Akamasoa y la denuncia de la desigualdad global
Opeka volvió a Madagascar en medio de un contexto político convulsionado, tras un golpe de Estado que derrocó al presidente Andry Rajoelina. Desde allí, advierte que la pobreza continúa creciendo y que cerca del 80% de la población no cuenta con lo básico para sobrevivir. En ese escenario, Akamasoa —la obra que inició hace más de tres décadas sobre un basural— se consolidó como un oasis de dignidad con viviendas, escuelas, centros de salud y espacios de trabajo comunitario.
Actualmente, unas 40.000 personas forman parte de Akamasoa-Madagascar, de las cuales más de 21.500 son alumnos de los colegios de la obra. “Son 21.525 oportunidades”, resume el sacerdote, que define su estilo de gestión con una consigna clara: menos burocracia y más acción. “Mi oficina es la calle; si alguien me cuenta un problema, la respuesta tiene que ser ahora”, explica, insistiendo en que no hay paz posible sin justicia ni una auténtica convivencia si las riquezas de un país no se reparten de manera equitativa.
“Si yo pude ser fraterno en Madagascar fue porque lo aprendí en mi Argentina. La fe en Jesús hizo a América Latina, con sus luces y sombras, pero sigue siendo fuerza de cambio”, afirma el padre Pedro Opeka.
Consciente de la magnitud de la desigualdad global —recuerda que en el mundo hay cientos de millones de personas que pasan hambre o sufren malnutrición—, el sacerdote reclama un cambio profundo de mentalidad y de sistema: que el ser humano vuelva a estar en el centro de la economía. Cita al papa Francisco y su exhortación Laudato si’ como un “manual” imprescindible para escuelas y comunidades, y denuncia el avance del materialismo, el individualismo y la destrucción ambiental como síntomas de un modelo agotado.
Mensaje final a los argentinos: fe, trabajo y lucha contra la corrupción
Antes de partir, el padre Opeka dejó un mensaje directo a la Argentina, el país donde nació y al que sigue mirando con afecto y esperanza. Valoró la inteligencia, la creatividad y la fe del pueblo argentino, así como la capacidad de expresar afecto de manera espontánea. Pero también pidió no conformarse: reclamó una lucha firme contra la corrupción, la extrema pobreza y las adicciones, con especial cuidado de la juventud, a la que considera “la esperanza del mañana”.
“No hay extranjeros, somos todos ciudadanos del planeta Tierra, libres e iguales”, señaló, al tiempo que convocó a todos los sectores —Estado, Iglesia, sindicatos y organizaciones sociales— a trabajar de manera conjunta. “Nadie tiene el monopolio de la caridad”, advirtió, convencido de que justicia y fraternidad sólo serán posibles si se construyen entre todos.
Desde Madagascar, el misionero promete seguir rezando por la Argentina mientras sostiene día a día la obra de Akamasoa. Allí, cada domingo, más de 10.000 personas participan de la misa comunitaria, un signo de que la fe, cuando se une al trabajo, la disciplina y la educación, puede convertirse en motor concreto de transformación social.

