Adiós a Robert “Fats” Fernández, emblema de la trompeta nacional

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El jazz argentino despide a una de sus figuras más influyentes. Robert “Fats” Fernández, trompetista emblemático y referencia ineludible de la música popular urbana, murió este miércoles a los 88 años, según confirmaron allegados al músico. Con su partida se cierra una página fundamental de la historia del género en la Argentina, marcada por la búsqueda constante, la identidad porteña y una concepción de la música atravesada por la emoción.
Nacido y criado en el barrio de La Boca, Fernández se acercó a la trompeta siendo apenas un chico: comenzó a tocar a los seis años en la banda de exploradores del Colegio Don Bosco, a pocos metros de su casa. A los 14 ya trabajaba profesionalmente como músico y no abandonó jamás ese camino. Su trayectoria, extendida por casi cinco décadas, lo llevó a escenarios de todo el mundo y lo convirtió en un referente respetado por colegas de distintas generaciones.
A lo largo de su carrera integró el quinteto del saxofonista Leandro “Gato” Barbieri, fue durante años el “trompetista latino” de la Georgians Jazz Band y compartió escenario con gigantes del jazz y la música popular internacional como Ray Charles, Dizzy Gillespie, Chick Corea, Paquito D’Rivera, Arturo Sandoval y los hermanos Marsalis. Esa proyección internacional no le hizo perder nunca el anclaje porteño que marcó su estilo.
Su sonido, potente y a la vez lírico, le valió apodos que reflejan el respeto que generaba entre sus pares. Dizzy Gillespie lo bautizó “Golden Sound” por la calidez y brillo de su trompeta, mientras que Freddie Hubbard lo llamó “Mr. Chops”, en alusión a su destreza técnica. Astor Piazzolla fue aún más lejos y lo definió como “el Troilo de la trompeta”, equiparándolo con uno de los grandes bandoneonistas del tango, en una comparación que se volvió parte de la mitología del jazz local.
Un puente entre el jazz, el tango y la música popular argentina
Lejos de encerrarse en un solo estilo, Fernández construyó un repertorio donde convivían el jazz clásico, el tango, compositores argentinos contemporáneos y obras propias. En entrevistas solía remarcar que se sentía, ante todo, un músico de Buenos Aires, forjado en la tradición del tango. “Toco tango desde chico y el tango forma parte de mi vida. No veo por qué no pueda incorporarse al jazz el repertorio de la música popular argentina”, explicó alguna vez, dejando en claro su mirada integradora.
Para él, el jazz era una herramienta de libertad expresiva más que un género cerrado o elitista. Esa concepción le permitió improvisar sobre melodías conocidas, acercarse a públicos diversos y derribar barreras entre lo llamado “culto” y lo “popular”. En sus conciertos podían sonar estándares clásicos, tangos, zambas y composiciones originales atravesadas por el swing y la improvisación.
- Fue una figura clave en la escena del jazz porteño desde mediados del siglo XX.
- Fomentó el cruce entre jazz, tango y otras músicas urbanas argentinas.
- Compartió escenarios con grandes nombres internacionales sin perder su raíz local.
- Se mantuvo activo como intérprete y maestro hasta sus últimos años.
Maestro, formador y trabajador incansable de la música
Además de su labor como intérprete, Fernández fue un docente muy respetado. Estudiaba y practicaba a diario, convencido de que la formación del músico nunca se detiene. “No me preocupa la perfección técnica. Si la música no se toca con el corazón, no es música, son notas”, solía repetir, en una frase que sintetiza su filosofía artística y su modo de entender el oficio.
“La creatividad nunca fue privilegio de una época”, afirmaba Robert “Fats” Fernández, alentando a las nuevas generaciones de trompetistas y músicos de jazz.
A fines de los años ochenta comenzó a registrar sus discos en el sello Melopea, convocado por Litto Nebbia, a quien siempre agradeció por el apoyo y la confianza. También trabajó en bandas sonoras para cine, acompañó a artistas populares de distintos géneros y participó en programas de televisión, sin prejuicios ni jerarquías entre escenarios.
En más de una ocasión, al hablar de su vínculo con la música y con la ciudad, señalaba su barrio de origen y decía simplemente: “Esto me tira”, como quien reconoce en esas calles la raíz de su sonido. Hoy, su muerte deja un vacío difícil de llenar en el jazz argentino, pero también una huella profunda: una manera de tocar y de enseñar en la que, como él mismo sostenía, el corazón siempre estuvo primero.

