El impulso del sector energético sostiene superávits inéditos, mientras la industria enfrenta caída de actividad, más importaciones y menor inversión. Un análisis de Sistémica advierte riesgos de sustentabilidad.

Energía: más dólares y una balanza en positivo
El informe describe un salto exportador en el complejo energético, motorizado por Vaca Muerta. Las ventas externas del sector promediaron US$ 900 millones mensuales en el tramo final del año y, en algunos meses, superaron US$ 1.000 millones.
Al mismo tiempo, las importaciones de combustibles descendieron por debajo de US$ 300 millones mensuales, lo que generó una sucesión de superávits y llevó el saldo energético a cerca de US$ 7.000 millones. El contraste con 2013 es contundente: entonces el país registraba un déficit de US$ 6.500 millones.
El agro también aportó divisas. Las exportaciones primarias crecieron 20% en dólares y alcanzaron volúmenes cercanos a máximos históricos. No obstante, el informe advierte que las importaciones avanzan a mayor velocidad que las exportaciones, una señal que podría tensionar nuevamente el frente externo.
Industria: menor consumo y más competencia importada
Para el sector fabril, el escenario combina caída del consumo interno y presión creciente de productos importados. Esa dinámica limita la capacidad de las Manufacturas de Origen Industrial de consolidarse como un motor sostenido de crecimiento.
La advertencia es clara: mientras los sectores extractivos aportan divisas, la estructura productiva exhibe desgaste, lo que pone en duda la continuidad de la mejora macroeconómica.
Inversión externa en retroceso y pérdida de capacidades
La Inversión Extranjera Directa tampoco muestra señales de recuperación. En vez de nuevos proyectos, el balance cambiario refleja una salida neta de US$ 1.500 millones en diez meses, producto de desinversiones de compañías ya instaladas.
Las empresas reducen exposición en mercados volátiles y el impacto se ve en cierres de plantas y achicamiento productivo. Según el CEPA, entre noviembre de 2023 y septiembre de 2025 cerraron más de 20.000 empresas y se perdieron 281.000 puestos de trabajo.
El informe subraya que la destrucción de capacidades no se reconvierte automáticamente: el capital tarda en reorientarse y las habilidades laborales son específicas. Un operario que pierde su empleo industrial no pasa de inmediato a tareas calificadas en sectores extractivos.
RIGI, RIMI y expectativas acotadas
Ante este panorama, el Gobierno apuesta al Régimen de Incentivo para las Grandes Inversiones (RIGI). Hay anuncios y posibles extensiones de plazos, pero el avance concreto continúa siendo limitado.
Sistémica advierte que, aun si el RIGI prospera, no garantiza un fuerte impacto en empleo ni en el desarrollo de proveedores locales. En paralelo, el diseño del Régimen de Incentivo a Medianas Inversiones (RIMI) genera expectativas en el entramado pyme, aunque su efectividad todavía está por comprobarse.
Un crecimiento que exige anclaje productivo
El balance muestra una economía con exportaciones energéticas en ascenso y alivio externo relevante, pero también con industria frágil, menor inversión y empleo en retroceso. El desafío central consiste en transformar el impulso exportador en desarrollo productivo sostenible, evitando que el avance de los sectores extractivos conviva con un proceso de desindustrialización.

