Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Mateo (Mt. 4,25-5,12).

Por Monseñor Hugo Norberto Santiago
Obispo de la Diócesis de San Nicolás
Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania. Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices los afligidos, porque serán consolados. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos pertenece el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron. Palabra del Señor.
Los santos
Los santos son los que tuvieron el regalo de Dios de caminar la vida por el camino estrecho, viviendo la paradoja de perder la vida para encontrarla. Son los que se dieron cuenta que cuando buscaban egoístamente “pasarla bien”, disfrutaban de momento, pero luego sentían el vacío de la soledad; en cambio, cuando, siguiendo el estilo de Jesús, se olvidaban de ellos mismos para servir a los que estaban cerca y les habían sido confiados, les costaba de momento, pero luego sentían una felicidad interior que les llenaba el alma.
Entonces se dejaron atraer por ese estilo de vida que es el de Jesús y se lanzaron a la aventura de sentir la necesidad de los demás como propias y poner un gesto de ayuda; con la gracia de Dios fueron gestando un corazón puro sin segundas intenciones; les atrajo y les dio alegría trabajar por la paz buscando la reconciliación y generando vínculos; se sintieron plenos cada vez que pusieron un gesto de justicia venciendo la comodidad de la indiferencia; y aunque a veces no se sintieron acompañados, el consuelo interior pudo más y siguieron por el mismo camino.
Los difuntos
De esos seres queridos que ya partieron de esta historia, tenemos que descubrir la “posta” que nos dejaron y continuar su carrera desde nuestra propia originalidad; agrandar el capital de bondad y servicio que nos dejaron y tener la audacia de un corazón grande que encuentra su felicidad en el olvido de sí y en el servicio desinteresado a los demás. Si algo hicieron mal o en algún aspecto nos hirieron, perdonarlos, porque tuvieron los mismos límites que nosotros tenemos y por los cuales nos agrada que nos perdonen y nos den una segunda oportunidad.
También tenemos que ser agradecidos por todo el bien que nos hicieron, porque, en realidad, con sus gestos y entrega nos promocionaron, fueron para nuestra vida una “bendición”. En la fe y la esperanza, saber que los vínculos con ellos no se rompieron absolutamente; podemos rezar para que Dios los tenga en su felicidad infinita y ellos, si ya viven en común unión con Dios, intercederán por nosotros que todavía caminamos con esperanza entre las luces y las sombras de esta vida. Que Dios te bendiga, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Buen domingo.

