Hoy la Iglesia recuerda a San Francisco de Asís, cuya renuncia al mundo y su entrega a los pobres marcaron un antes y un después en la vida religiosa y pastoral medieval.

Vida temprana y conversión
Francisco nació en Asís entre 1181 y 1182, hijo de un próspero comerciante de telas. Durante su juventud disfrutó de la posición social, el ocio y las fiestas propias de su clase. Fue soldado y vivió experiencias de combate y enfermedad que tensaron su proyecto vital. Una sucesión de visiones y un proceso interior de desapego lo llevaron a una conversión radical: renunció a la herencia paterna, se desprendió de sus ropas en público y proclamó su nueva entrega al Evangelio como forma de vida.
Ese gesto —la desnudez pública ante su padre y la comunidad— no fue solo simbólico: constituyó la ruptura definitiva con un proyecto de vida ligado al honor y al lucro. A partir de ese momento, Francisco eligió la pobreza, la mendicidad y la predicación itinerante como medios para encarnar el seguimiento de Cristo. Su conversión se produjo en un contexto de búsqueda mística y de rechazo consciente a las comodidades de su antigua existencia.
Fundación, regla y expansión
A partir de 1209 Francisco reunió a un grupo de compañeros con quienes vivió una vida fraterna y itinerante. Presentó su proyecto al papa (en un proceso de diálogo y aprobación informal) y, con el tiempo, la orden recibió el aval papal, consolidándose como la Orden de los Frailes Menores. La regla de Francisco se centró en la pobreza evangélica, la fraternidad y la predicación simple.
La expansión fue rápida. Pequeñas comunidades surgieron en las ciudades, dedicadas al servicio de los pobres y a la presencia evangelizadora en ámbitos urbanos. Francisco supo combinar el carisma de la experiencia mística con una organización básica que permitió la multiplicación de conventículos y la presencia franciscana en rutas comerciales y plazas públicas. La aprobación definitiva de su regla, con ajustes y reconocimiento formal, permitió la pervivencia institucional de su proyecto.
Florecillas, milagros y anécdotas (fuentes de la devoción popular)
Gran parte de la imagen popular de Francisco proviene de las Florecillas (I Fioretti), una colección de relatos hagiográficos y anécdotas compuesta en la primera mitad del siglo XIV. Esas “florecillas” recogen episodios que muestran su ternura hacia los pobres, su relación con los animales, la famosa pacificación del lobo de Gubbio y su acercamiento a los leprosos.
Las historias consignadas en las Florecillas operan como memoria afectiva: no siempre cumplen criterios historiográficos estrictos, pero sí documentan la recepción espiritual de su figura. A través de esos relatos se transmite la hondura del trato con los marginados y la autenticidad de su carisma. Los milagros asociados a su persona incluyeron curaciones, reconciliaciones y, a nivel simbólico, la transformación de enemigos en hermanos.
Experiencias místicas y estigmas
Francisco cultivó una vida de oración y de contemplación que culminó en experiencias místicas intensas. En 1224, en la ermita de La Verna, vivió una experiencia que la tradición interpretó como el recibimiento de los estigmas: las llagas que reproducían en su cuerpo la pasión de Cristo. Ese evento reforzó su identificación con Jesús sufriente y consolidó su prestigio espiritual en la cristiandad.

Sus escritos breves —el Cántico de las criaturas, el Testamento, las admoniciones y oraciones— ofrecen claves para entender su teología: un cristocentrismo práctico, expresado en la pobreza, la humildad y la cercanía a la creación. El Cántico es, además, uno de los momentos poéticos más altos de su espiritualidad y se interpreta como una oración que santifica la relación del ser humano con el cosmos.
Relaciones con la Iglesia y el mundo: diálogo y tensión
Francisco no rompió con la Iglesia; la desafió desde dentro. Mantuvo diálogos con el pontificado, con autoridades locales y con actores de la época. En algunas etapas vivió tensiones con sectores eclesiásticos que desconfiaban de su radicalismo y de la literalidad de su pobreza. Sin embargo, su fidelidad institucional y su capacidad de argumentar llevaron a que sus propuestas quedaran integradas en la vida eclesiástica.
Es célebre también su viaje al mundo musulmán durante la IV/ V cruzada: su encuentro con el sultán al-Kamil en 1219 (según la tradición) muestra su apuesta por el diálogo y la paz en medio de conflictos bélicos. Ese gesto figura entre las páginas más subrayadas de su biografía como una señal de audacia y de fe en la palabra como arma de reconciliación.
Clara de Asís y las mujeres en el movimiento franciscano
La figura de Clara es inseparable del proyecto franciscano. Junto a Francisco, Clara funda la rama femenina —las Pobres Damas o Pobres Clarisas— que encarna la misma exigencia de pobreza y contemplación. La interacción entre ambos impulsó modos de vida religiosa que incorporaron a mujeres en formas novedosas de consagración. La historia de Clara y Francisco articula liderazgo compartido y proyectos comunes, a la vez que marca la diversidad de vocaciones dentro del carisma.

Legado, cultura y actualidad
La voz de Francisco atravesó siglos: su influencia se advierte en la liturgia, en la espiritualidad popular, en la música y en el arte. Su figura inspiró la literatura mística, la piedad laica y movimientos que reivindican la pobreza como forma profética. En la actualidad, su figura se invoca en debates sobre el cuidado de la creación y la economía solidaria; sus textos y su ejemplo nutren prácticas de conservación ambiental, de servicio a los pobres y de acción comunitaria.
Celebrarlo no equivale solo a recordar episodios: implica preguntar por las consecuencias prácticas de su mensaje en la vida personal y en las políticas comunitarias. Francisco sigue interpelando sobre el consumo, la desigualdad y la fraternidad.
Oraciones, devociones y prácticas litúrgicas
Entre las prácticas que acompañan su fiesta se cuentan el rezo del Cántico de las criaturas, la celebración del Transitus (la vigilia de su muerte) y la bendición de los animales. Las comunidades franciscanas multiplican lecturas de las Florecillas, lecturas de su testamento y acciones concretas de caridad en su memoria. Son fórmulas que integran memoria, oración y praxis social.

