
Por José Narosky
Especial para EL NORTE
Hay en Buenos Aires un Hospital de Niños. Lleva el nombre del Dr. Ricardo Gutiérrez.
También una calle de esta capital y de otras ciudades del país recuerda su ilustre memoria.
El Dr. Gutiérrez fue fundador y director del viejo Hospital de Niños, donde trabajó 25 años de manera gratuita. Además, era un destacado poeta. Falleció a fines del siglo XIX, a los 60 años.
Todavía se recuerda su humana tarea durante la epidemia de fiebre amarilla, que con tanta exactitud refleja Miguel Cané en las páginas de su libro “Juvenilia”.
Pero, independientemente de su tarea científica y poética, quiero recordar hoy su noble condición humana. Porque el Dr. Ricardo Gutiérrez sabía que el dolor físico lastima, pero que el dolor espiritual desgarra… y que no hay palacio tan resguardado donde no pueda entrar el dolor. Se cuentan por centenares los hechos que revelan sus valores como ser humano, y traje para ustedes, señores, una anécdota muy simple pero reveladora de su hombría de bien.
Los chicos de “la calle de las carretas”, hoy Arenales, aquí en Bs. As., lo veían pasar todos los días bien temprano en la mañana. Se sentían como atraídos por ese hombre de barba negra y ojos oscuros y limpios.
Él vivía a unas 10 cuadras de ese barrio humilde, pero le agradaba ir caminando al hospital y debía pasar por allí. Su nombre era como una leyenda entre las criaturas. Gutiérrez atendía a los pequeños pacientes –humildes en su mayoría–, los curaba, les regalaba las medicinas e, incluso, les traía la leche que él mismo había recetado.
Por ese tiempo, a fines de 1880, el Hospital de Niños estaba instalado en un modesto edificio de la calle (hoy) Arenales.
En sus caminatas hacia su tarea, el doctor Gutiérrez, hombre observador, había llegado a conocer a casi todos los niños que vivían en los miserables conventillos que por entonces abundaban en ese sector.
Saludaba a muchos de ellos y, sobre todo, sentía especial simpatía por un muchachito rubio de unos 6 o 7 años, hijo de una modesta lavandera italiana.
Y el doctor no pasaba por allí sin decirle una palabra amistosa.
—Hola, Carlitos.
—Adiós, doctor.
Una mañana, al dirigirse al hospital, el doctor Gutiérrez observó que el chico no estaba con sus amiguitos.
De inmediato, el médico se detuvo.
—¿Y el rubio? –preguntó.
—¿Quién?, ¿Carlitos?
—Sí. Carlitos.
—Está enfermo.
—¿Y dónde vive Carlitos?
—Allí, doctor. Justo en la esquina.
Sin vacilar, el doctor Gutiérrez giró sobre sus pasos y entró en un sórdido conventillo.
Tirado sobre un camastro, en la última pieza del caserón, se encontraba Carlitos.
El médico, luego de observarlo por unos instantes, se volvió hacia la madre afligida.
—¿Quién atiende a su hijo, señora? –preguntó.
La mujer bajó la vista, avergonzada.
—Lo atiende doña María –respondió con acento casi inaudible.
—¿Doña María?, ¿la curandera?
—Sí, doctor.
—Bueno, dígale a esa Sra. que no venga más. Desde ahora yo me encargaré de Carlitos.
Tres horas más tarde, el doctor Gutiérrez estaba de nuevo en el sombrío cuartucho donde yacía su amiguito. Pero no venía con las manos vacías.
En su maletín traía varios medicamentos que él mismo había recetado unas horas antes.
Además, portaba un gran paquete. Se lo dio al chico y le dijo:
—Abrilo, Carlitos. Es para vos.
Afanosamente, el muchachito abrió el paquete y de sus labios se escapó un grito de alegría: en sus manos tenía un montón de juguetes, algo que no había tenido jamás.
En verdad, esos juguetes lo curaron –sin duda– con más prontitud que todos los remedios.
Unos días después, ante la satisfacción del doctor, el chico ya jugaba otra vez con sus amigos.
La madre estaba realmente conmovida.
—Parece increíble, doctor. ¿Cómo pudo curarlo tan pronto?
El médico sonrió.
—Su hijo no estaba enfermo, señora. Estaba triste, únicamente. Es que el dolor del niño por la falta de juguetes no es menor que el dolor del adulto por otras causas.
Y quise traer hoy este caso simple que protagonizó el Dr. Ricardo Gutiérrez, a quien “lo identificaba su rostro, pero al que lo definía su alma”.
Porque “en el hombre maduro que ya era, estaba siempre alojado el niño que también era”.
Es que este médico-poeta vibraba al compás de sus semejantes, como se emocionaba por la belleza de una flor o por la sonrisa de un niño.
Y no ignoraba que ayudar a tiempo depende del corazón, no del tiempo.
Y estas características humanas del Dr. Ricardo Gutiérrez y su noble sentido de la solidaridad inspiraron en mi mente este aforismo: «Algunos hombres hacen el bien por necesidad vital».

