Usando datos de 23 países con altos ingresos y baja mortalidad, el trabajo indica que las personas nacidas entre 1939 y 2000 no alcanzarán los 100 años de vida en promedio. Incluso duplicando las mejoras previstas en mortalidad, los autores advierten que los nuevos avances no bastarían para recuperar la tendencia del siglo XX.

Un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences alerta de un posible estancamiento en el aumento de la esperanza de vida. Usando datos de 23 países con altos ingresos y baja mortalidad, el trabajo indica que las personas nacidas entre 1939 y 2000 no alcanzarán los 100 años de vida en promedio. Aunque las predicciones sobre la longevidad siempre implican cierto margen de incertidumbre, los autores aplicaron seis métodos distintos de proyección para llegar a una conclusión inquietante: el ritmo de mejora se ha frenado notablemente.
El artículo, firmado por José Andrade, Carlo Giovanni Camarda y Héctor Pifarré i Arolas, y citado en el sitio ‘Muy Interesante’, presenta una metodología rigurosa basada en proyecciones de mortalidad por cohortes. A diferencia de los enfoques tradicionales centrados en periodos (que analizan un año específico), las estimaciones por cohortes siguen a un grupo de personas nacidas en el mismo año a lo largo de su vida. Esta perspectiva permite obtener una visión más precisa del recorrido vital real de una generación.
Seis modelos y patrón
Los investigadores aplicaron seis modelos distintos, incluidos tanto métodos tradicionales como innovadores, entre ellos Lee–Carter, CoDa y el modelo C-STAD. Con todos ellos obtuvieron un mismo resultado: la esperanza de vida está creciendo más lentamente que antes. Según el estudio, “el ritmo previamente observado de mejora, de 0,46 años por cohorte, se reduce entre un 37% y un 52% dependiendo del método utilizado”.
Este patrón fue consistente incluso cuando los autores probaron la robustez de sus modelos. Simularon escenarios más optimistas, duplicando las mejoras futuras de mortalidad, y aun así los resultados no alcanzaban los niveles de incremento observados en la primera mitad del siglo XX.
Gran parte del crecimiento en la esperanza de vida durante el siglo pasado se debió a una reducción drástica de la mortalidad infantil y de las muertes en la adolescencia y juventud. Estos avances se lograron gracias a las vacunas, antibióticos, mejores condiciones sanitarias y alimentación. Sin embargo, los investigadores muestran que este factor ya no puede seguir impulsando el aumento de la longevidad.
Por edad
El análisis por grupos de edad revela que más del 70% de la desaceleración se explica por la pérdida de mejoras en menores de 20 años, especialmente en los menores de 5. Es decir, como ya hay muy pocas muertes infantiles, apenas queda margen para que este grupo siga empujando hacia arriba la media general de vida.
En cambio, las mejoras en edades avanzadas —donde sí hay más muertes— progresan a un ritmo lento. Aunque hay avances médicos y tecnológicos, aún no son suficientes para compensar la pérdida de impulso proveniente de los primeros años de vida.
Entre los datos más llamativos del estudio está el hecho de que ninguna de las cohortes analizadas —desde 1939 hasta 2000— alcanzará los 100 años de esperanza de vida, incluso en los escenarios más optimistas.
Incluso duplicando las mejoras previstas en mortalidad, los autores advierten que los nuevos avances no bastarían para recuperar la tendencia del siglo XX. El envejecimiento saludable es deseable, pero su impacto en la media general tiene límites biológicos y sociales que aún no se han superado.
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Impacto
Más allá de lo demográfico, ese freno en la esperanza de vida tiene consecuencias profundas para la planificación social. Gobiernos y sistemas de salud han venido ajustando pensiones, seguros y políticas públicas bajo la suposición de una vida cada vez más larga. Si esa tendencia se modera, será necesario replantear modelos económicos y previsionales.
Del mismo modo, a nivel individual, las decisiones sobre ahorro, jubilación y estilo de vida pueden verse afectadas. La percepción de una vida más corta —aunque solo sea por una desaceleración— puede influir en cómo las personas se organizan para el futuro.
Los autores también señalan que las desigualdades sociales pueden amplificar este fenómeno. Aunque el estudio se centra en países de altos ingresos, factores como educación, empleo o acceso a servicios de salud siguen influyendo en la esperanza de vida de distintos grupos sociales. Es decir, el promedio puede estabilizarse, pero las diferencias internas podrían crecer. El estudio no afirma que se haya alcanzado un techo infranqueable en términos biológicos, pero sí sugiere que los factores que permitieron grandes saltos en longevidad ya no están presentes con la misma intensidad. La ralentización actual no se debe a un error de cálculo, sino a un cambio estructural en las condiciones que permiten vivir más. Aun así, el campo de la longevidad humana está lejos de cerrarse

