Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas (14, 1. 7-14)

Por Hugo Norberto Santiago
Obispo de la Diócesis de San Nicolás
«Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola: “Si te invitan a un banquete de odas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: ‘Déjale el sitio’, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: ‘Amigo, acércate más’, y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado. Después dijo al que lo había invitado: ‘Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!’”». Palabra del Señor.
La realidad
Si bien, tal vez menos que antes, el “bajo perfil” sigue siendo valorado socialmente, hay que reconocer que “la humildad”, que es otro modo de la misma actitud, no es una virtud que esté muy de moda; pareciera que hay que hacerse notar, hacer que los demás vean la importancia de nuestra persona y casi es un derecho que nos reconozcan como importantes y nos den los primeros puestos sociales. Sin embargo, percibirse de este modo no coincide con la realidad de nuestras personas. La palabra “humildad” viene de la raíz “humus”, que significa ‘tierra’. En este sentido es cierto lo que le dice Dios a Adán en el libro del Génesis: “Eres polvo y al polvo volverás” (cf. Gn. 3,19). Hoy, que se han puesto de moda los “cinerarios”, constatamos de manera palmaria que esto es verdad. Todas las personas, incluso aquellas que se han destacado o de mayor protagonismo social, mueren y terminan siendo un poco de ceniza y, después de una generación o dos, son olvidadas por muchos o nadie recuerda que existieron. En el caso de permanecer en el recuerdo, no será tanto por una realidad material ni por los primeros puestos que ocuparon, sino por actitudes de grandeza. Así recordamos a los próceres y a los santos. Quedan los ejemplos de vida, las virtudes y la grandeza de una persona; lo demás desaparece.
Un principio sabio
Santa Teresa de Jesús decía: “La humildad es la verdad”. Por eso, para percibirnos con verdad y realismo, hay un principio de san Pablo que nos hace comprender por qué la humildad es la actitud acertada: ¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios? Y si lo has recibido, ¿para qué te vas a vanagloriar como si no lo hubieras recibido? (1 Cor. 4,7). Hay dos realidades que son patentes y no hace falta tener fe para percibirlas: la vida y la salud no son nuestras; también las personas que nos acompañan y nos quieren, hablando con propiedad, tampoco son nuestras; aunque sean nuestros hijos y amigos, no son una propiedad, sino un regalo; la capacidad personal que tenemos, mucha o poca, básicamente se nos ha dado de manera innata; si analizamos un poco más, las oportunidades de estudio y capacitación nos las “bancaron” nuestros padres, algún grupo social o religioso.
La actitud justa: ser agradecidos
Por todo lo dicho, la actitud humana justa que nos propone Jesús es ser agradecidos. Esto mejora notablemente nuestra calidad de vida y la de nuestro entorno, porque el que “se las cree” es demandante y tiene bajo ánimo; en cambio, el humilde tiene alegría y es agradecido, como el que es consciente de que todos los días recibe muchos regalos. “Gracias a la vida, que me ha dado tanto”, reza una canción muy conocida. La fe también es un regalo y nos hace ver a los cristianos que ese que está detrás de nuestra vida y nuestra salud, que de ninguna manera son nuestras, y nos permite disfrutar de los hijos, de la familia, de un asado, de un día lindo, de un deporte, del compartir y tantas cosas más, es Dios Padre Creador, que nos ama y nos ha regalado todo, como lo hacen los padres. Incluso, evaluación mediante, porque nos regaló la vida y todo lo que viene con ella para que cumplamos una misión centrada en la fraternidad universal y la búsqueda del bien común de la familia humana, nos quiere regalar una vida para siempre, más allá de la “carpa de campamento” que es esta vida que peregrinamos. “Eucaristía” es una palabra griega que significa ‘dar gracias’; por eso los cristianos los domingos somos invitados a “levantar un cambio”, parar la actividad y a darle gracias a Dios en la misa, a la que llamamos con más propiedad “Eucaristía”. Que Dios te bendiga, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

