La Iglesia recuerda hoy la festividad instituida por Pío XII en 1955, que reconoce a la Virgen María como Reina del Cielo y de la Tierra, coronada por su Hijo y elevada sobre todos los santos.

La Iglesia Católica celebra hoy la Solemnidad de Santa María Reina, una de las conmemoraciones más significativas del calendario litúrgico. Instituida por el Papa Pío XII en 1955, esta fiesta se inspira en la veneración que los fieles profesan a Jesucristo como Rey del Universo y reconoce a su Madre como Reina. Desde entonces, cada 22 de agosto, la liturgia proclama el lugar privilegiado de la Virgen en la historia de la salvación.
La elección de esta fecha no es casual. Se ubica exactamente una semana después de la Asunción de María, recordando así que la coronación de la Virgen en el Cielo es la plenitud de la glorificación iniciada en su asunción en cuerpo y alma. De este modo, la Iglesia afirma que a María le corresponde, por naturaleza y por méritos, el título de Reina Madre.
El origen de la fiesta
El Papa Pío XII, a través de la encíclica Ad Caeli Reginam, instituyó la fiesta litúrgica en 1955. En aquel documento, el Pontífice subrayó que la realeza de María no se trata de un privilegio aislado, sino de una consecuencia natural de su maternidad divina. “Si a Cristo se le reconoce como Rey de reyes, no podía negarse a su Madre el título de Reina”, afirmaba.
La conmemoración no introduce una novedad doctrinal, ya que la realeza de la Virgen es una verdad reconocida por la tradición cristiana. Su instauración buscó destacar ante el mundo una certeza capaz de fortalecer la fe y ofrecer remedio espiritual a los males de la humanidad.
María, coronada en el Cielo
Según la enseñanza de la Iglesia, María fue elevada sobre la gloria de todos los santos y coronada de estrellas por su Hijo. Está sentada junto a Él en el Cielo, con poder de intercesión único por su cercanía con Cristo. Nadie, en virtud ni en méritos, se le puede comparar.
La liturgia describe a la Virgen como Reina de los ángeles y de los santos, de los patriarcas y profetas, de los apóstoles y mártires, de confesores y vírgenes. La tradición la invoca como Reina del Universo, a quien se puede recurrir tanto con el dulce nombre de Madre como con el de Reina.
Un título que refleja la fe del pueblo cristiano
Aunque la realeza de María no constituye un dogma de fe, la Iglesia la reconoce como una verdad inseparable del cristianismo. En las oraciones y letanías, los fieles invocan a la Virgen como Reina de la Paz, Reina de los Apóstoles o Reina de Todos los Santos. Esta dimensión refuerza el papel de María como mediadora y protectora de los creyentes.

La solemnidad invita a mirar a María como ejemplo de fe y obediencia a Dios. Elegida para ser Madre del Salvador, aceptó con alegría y sin dudar. Por eso, la Iglesia la proclama gloriosa y digna Reina del Cielo y de la Tierra. En un mundo atravesado por dificultades, su figura aparece como signo de esperanza y consuelo para los fieles.
La celebración hoy
La fiesta de Santa María Reina se celebra en todo el mundo con misas, procesiones y oraciones especiales. El rezo del Rosario y las letanías lauretanas son expresiones populares que acompañan esta jornada. En cada comunidad, los fieles elevan su súplica confiados en la intercesión de la Virgen, recordando que la Iglesia no sólo la venera como Madre, sino también como Reina.
La memoria litúrgica de hoy reafirma una convicción profunda: María, coronada en el Cielo, acompaña y protege a la Iglesia peregrina en la Tierra. Su realeza, que no es de poder humano sino de servicio y amor, continúa siendo para millones de creyentes un motivo de confianza y devoción.

