Guillermo Brown (22/6/1777 – 3/3/1857)

17/3/1814: Toma la isla Martín García.
17/5/1814: Vence a escuadrón realista que se rinde en Montevideo.

Y ya el aforismo inicial…

«Un solo brote de justicia justifica arar un desierto».

Nuestro hombre de hoy había nacido en Foxford, una pequeña localidad de Irlanda en el condado de Mayo.

El clima oceánico de su tierra natal le inculcó un amor irrefrenable por el mar. Ese fervor permaneció en él durante sus 80 años de vida.

Cuando el futuro almirante Brown llegó al mundo, su tierra nativa, Irlanda, vivía unos tiempos de violenta persecución religiosa y de presión contra las familias católicas por parte de los protestantes, que eran mayoría en su país.

Esta intolerancia recíproca obligó a sus padres a emigrar a Estados Unidos. Guillermo Brown tenía 23 años.

Marino por vocación, durante más de 10 años recorrió las costas de América y de Europa como tripulante.

Ya capitán de su propia nave, en uno de sus tantos viajes por el Atlántico fue apresado por un buque de guerra francés y encerrado como prisionero de guerra. Al tiempo logró fugarse. Años después regresó a Inglaterra. Allí se casó.

Guillermo Brown y su esposa llegaron al Río de la Plata y se radicaron en Montevideo. Corría el año 1809.

Él tenía 32 años. Se avecinaba la Revolución de Mayo.

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Al poco tiempo de su arribo, Brown pudo adquirir una nave propia, dedicándose con ella al transporte de mercaderías.

Aunque todavía sin intervenir, fue uno de los silenciosos testigos que simplemente presenciaron los acontecimientos de mayo de 1810.

En 1811, al regreso de uno de sus viajes como transportista, resolvió afincarse en Buenos Aires. Tenía ya 34 años.

Auténtico marino profesional, su tarea consistía, ya lo expresé, en el transporte de pasajeros y mercancías, con preferencia ahora entre los puertos de Buenos Aires y Montevideo.

Su trabajo le permitió adentrarse en los secretos de la navegación en el río más ancho del mundo. Al mismo tiempo estaba anudando cierta amistad con las figuras más significativas de la época.

Poco a poco se iba identificando con el ideal de los hombres que luchaban por la independencia americana. Y comprendió que “así como hay hombres que matan por imponer ideas, hay otros que morirían por defenderlas”.

Sentía en su espíritu que un solo brote de justicia justificaba arar un desierto.

Casi sin darse cuenta, se había constituido en el mensajero obligado para el traslado de personas y mensajes secretos revolucionarios y acompañaba muchas veces a los emisarios de la Primera Junta.

Recién finalizada la triunfante Revolución de Mayo, se hizo indispensable al concretarse la necesidad de la formación de una fuerza naval para enfrentar al poder realista.

Juan Larrea, integrante de la Primera Junta, no vaciló en encargarle a Brown la creación de la nueva escuadra.

Y aquí comenzó, en realidad para nosotros, la entrañable historia de este irlandés sobrio, sufrido y fervoroso.

Casi sin medios, construyó una flota con la misma dedicación que un artista modela la arcilla de su obra.

Le tocó enfrentar dos terribles conflictos bélicos. El primero contra los españoles, para lograr la independencia nacional; y luego contra la acción expansiva del imperio del Brasil, enfrentando al adversario con barquitos que parecían de juguete frente a la tremenda fortaleza de dos de las más poderosas escuadras de la época.

A pesar de esta circunstancia, no le importó volver a la vida activa para enfrentar, logrando frenar, inclusive, la amenaza de las ambiciones franco-británicas, cuando ambos países, aliados, invadieron las aguas del Plata.

Entendió esa invasión como una arbitrariedad y no se equivocaba.

Y Brown, como todo hombre digno, era mesurado ante la debilidad, pero muy fuerte ante la fuerza o la arbitrariedad.

Pudo, como todos los hombres superiores, luchar de manera tenaz por lo aparentemente imposible. Hasta hacerlo… posible.

El almirante Guillermo Brown falleció cuando le faltaba algo más de tres meses para cumplir los ochenta años, un 3 de marzo de 1857, hace más de 150 años.

Su necesidad espiritual de respaldar ideales de otros hombres, sentimientos que entendió justos, trajeron a mi mente este aforismo:

«Hay quien mata por imponer ideas, pero hay quien muere por defenderlas».

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