En el fútbol de Paraguay se destapó una red de arreglos, convocatorias amañadas y vínculos con casas de apuestas, en la que Argentina podría tener relación.

El fútbol paraguayo atraviesa uno de los momentos más oscuros de su historia. Una investigación del medio chileno CIPER destapó una red de arreglos, favores dirigenciales, convocatorias amañadas y vínculos con casas de apuestas, todo bajo la órbita de Robert Harrison, presidente de la Asociación Paraguaya de Fútbol (APF) e influyente miembro del Consejo de la FIFA.
Las filtraciones incluyen audios y chats que lo ubican como eje de una estructura de poder que atraviesa clubes, selección nacional y representantes de jugadores. Pero la bomba no estalló solo en Paraguay: Argentina también figura en el entramado, con operaciones irregulares que involucran a dirigentes, empresarios del fútbol y hasta al presidente Javier Milei.
Según la investigación, Harrison no solo manejaba decisiones deportivas desde las sombras, sino que participaba activamente en maniobras con representantes como Pedro Aldave y Juan Appleyard. Simulaban ofertas falsas para inflar precios de jugadores o bloqueaban transferencias que no beneficiaban a su entorno.
Estas prácticas se replicaron en clubes argentinos como Newell’s Old Boys, donde Aldave facilitó transferencias sospechosas, entre ellas las de Alfio Oviedo y Teodoro Paredes, inflando su valor de mercado y derivando ganancias a cuentas no declaradas.
El caso atrajo la atención de fiscalías federales en Estados Unidos, especialmente en Florida y Utah, que investigan una posible red internacional de lavado de dinero y evasión fiscal.
En paralelo, Harrison incursionó en el negocio de las apuestas online, violando las normas éticas de la FIFA. Su empresa adquirió el 50% de Solbet, una de las principales plataformas de apuestas de la región, justo cuando el gobierno paraguayo flexibilizó el marco regulatorio.
Este movimiento representa un grave conflicto de intereses: el mismo dirigente que decide convocatorias a la selección también gana dinero si un jugador marca un gol y alguien apuesta por él. Un círculo que combina control institucional, deportivo y económico.
La conexión argentina es ineludible. Además de las operaciones en clubes locales, se especula que el entramado mafioso encontró protección en sectores del poder político. Entra en escena el presidente Javier Milei, quien —pese a su discurso anticorrupción y su cercanía con el ala dura del republicanismo estadounidense— guarda silencio sobre el escándalo.
¿Desconocimiento, complicidad o cálculo político? Todo indica que su estrategia apunta a dejar que el sistema colapse para justificar su proyecto de privatización del fútbol a través de las Sociedades Anónimas Deportivas (SAD), resistido por clubes tradicionales y sectores del peronismo.
Mientras el fútbol paraguayo se desangra bajo la lógica del negocio total y el argentino aparece como plataforma de operaciones opacas, el gobierno argentino calla.
Un silencio que incomoda y que podría volverse insostenible si la justicia estadounidense avanza con cargos formales. Como ocurrió con el FIFA Gate, lo que hoy parece una tormenta regional podría convertirse en un terremoto global.

