
Por José Narosky
Para Diario EL NORTE
«Si la vieja herida sangra, no es vieja».
Recorríamos con mi esposa la famosa calle La Gran Vía, en Madrid. Es una especie, diría, de Avenida de Mayo española.
Íbamos con esa despreocupación del turista en lugares lejanos.
Un afiche pegado sobre un armazón de hierro nos llamó la atención. Mostraba el clásico rostro de un payaso en tamaño muy grande. Y debajo se leía: “El Circo Galíndez realiza hoy a las 21 h una función en homenaje al famoso payaso Marianito, que se retira de la actividad”.
Casualmente habíamos visto a Marianito la noche anterior por la tevé del hotel e incluso habíamos leído un reportaje a su persona, en un diario madrileño.
Marianito, de rostro joven, era indudablemente una figura de gran prestigio en España. Resolvimos concurrir esa noche al circo. Era un sábado.
A las 21.00 exacto, puntualidad europea, comenzó el espectáculo. Y aparecieron los clásicos equilibristas, el mago, el domador, la amazona, los malabaristas, etc.
El circo estaba repleto. Los niños eran mayoría.
Ya sobre el final, se escuchó una voz a través de un altoparlante: “Ahora nuestro joven y querido payaso Marianito actuará para ustedes por última vez, pues se retira de su actividad”.
Y apareció Marianito con la clásica galera deteriorada, con su nariz cubierta por una especie de pompón y con sus pantalones anchos que casi cubrían sus desmesurados zapatones. Sonreía. Pero sus ojos –pese a estar pintados– no reflejaban alegría. Es que la sonrisa puede ser el disfraz de la tristeza.
Estábamos ubicados muy cerca del payaso y nos pareció adivinar en él una honda pena. Y comenzó su labor. Y llegaron las bofetadas y las caídas y los equívocos.
Los chicos se reían a carcajadas. Pero en los adultos se advertía un dejo de nostalgia.
Terminado su número, Marianito se paró en el centro de la pista y miró a su público. Se sacó despaciosamente la raída galera y también una peluca que cubría sus cabellos.
Luego se despojó del aditamento que deformaba su nariz. Por último se quitó la pintura que cubría su rostro. Había en el circo un silencio sobrecogedor.
Comenzó a hablar: “Tengo solamente 36 años. Este ha sido mi único oficio. No sé hacer otra cosa y ya no puedo hacer tampoco esto…”.
Y no pudo continuar.
Los espectadores, desorientados, esperaron que siguiera hablando.
El payaso permaneció varios minutos sin moverse, mirando a su público sin decir una palabra más. Entonces, se retiró lentamente, mientras una interminable ovación lo acompañaba. Salimos del circo con una sensación extraña de melancolía. Entramos en una confitería cercana.
Veinte minutos después, ingresaba a la misma el payaso Marianito y lo reconocimos. Estaba como vencido.

