
Sara nació en Lodz, Polonia, en 1927. Fue, hasta 1939, la única hija consentida de Jacobo y Carola Laskier. Su papá era sastre. Hacía trajes a medida para los señores y tapados de piel para las señoras. Sara iba a la escuela y estudiaba violín. Hasta que llegaron los nazis.
Ella misma relataba, con una agudeza tan exacta como cruenta, lo que le ha tocado vivir por aquellos años. Estuvo en el gueto de Lodz, donde le tocó trabajar en una fábrica de sombreros para poder comer y vio morir al hermano que tanto anhelaba tener.
Luego, siendo una jovencita de 14 años, salvó a su mamá de las cámaras de gas de Auschwitz y trabajó esclava en una fábrica de aviones. En el medio, se enamoró de Bernardo Rus, un joven muy apuesto e inteligente que conoció a través de su padre, pero no pudo vivir ese romance hasta que se liberó y llegó a la Argentina, tras cruzar de forma ilegal la frontera con Paraguay.
El 24 de julio de 1950 nació su primer hijo, Daniel. Cinco año más tarde, llegó Natalia. Para Sara sus hijos eran el regalo con el que la vida le recompensó tantos años de sufrimiento. Sin embargo, con la llegada de la dictadura militar, en 1976, su vida volvió a estar signada por el dolor.
Daniel era físico nuclear. En 1976, ingresó a trabajar a la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), pero en 1977 fue secuestrado y desaparecido. Otros veinte físicos empleados de ese organismo también fueron detenidos ilegalmente durante la última dictadura.
A Daniel lo subieron a una camioneta. Esa fue la última vez que alguien lo vio. No hay testimonios que lo ubiquen en algún centro clandestino de detención, aunque su madre siempre sospechó que estuvo en la Escuela de Mecánica de la Armada, ubicada en la vereda de enfrente de la CNEA.

