“La llamada de Dios”

HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA

Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Marcos (Mc 1, 14-20)

Por monseñor Hugo Norberto Santiago
Obispo de la Diócesis de San Nicolás

    “Después que Juan Bautista fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios diciendo: ‘El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia’. Mientras iba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores. Jesús les dijo: ‘Síganme, y yo los haré pescadores de hombres’. Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron. Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron”.

Palabra del Señor

La atracción del corazón

    Nadie se lanza detrás de un proyecto de vida por “voluntarismo” o porque “lo conoce de memoria”, sino porque “es atraído” por ese proyecto. En otras palabras, lo que nos mueve a formar una pareja y celebrar un matrimonio; lo que hace que sigamos una llamada a ser sacerdotes o a consagrarnos en la vida religiosa, es “el corazón” secundado por la inteligencia y la voluntad, en otras palabras, en las cosas esenciales de la vida el motor son los afectos; después lo pensamos y ponemos voluntad para llevar a la práctica nuestro proyecto, entonces intervienen también la inteligencia y la voluntad, pero el motor es el corazón.  En la Biblia, el corazón indica “la sede de la persona”, el lugar desde donde surgen las intenciones, los pensamientos, los deseos y los proyectos; por lo tanto, cuando Dios llama, toca el corazón, la sede de la persona que se siente atraída por Dios a realizar ese proyecto.

La llamada a ser sacerdotes

Esta llamada de Dios es particularmente fuerte en la vocación sacerdotal o consagrada, porque los que fuimos llamados a seguir a Cristo en cuerpo y alma, consagrándonos totalmente a Dios y al servicio de las personas, eso nos atraía, pero, por otro lado, también nos atraía –como a todas las personas– la vida matrimonial, un trabajo, una profesión; además, para seguir una vocación sacerdotal teníamos que dejar nuestro lugar de nacimiento, a nuestros padres, a una pareja y a una familia. De allí que la llamada de Dios a una consagración muestra de manera especialmente fuerte que Jesús está vivo y “hoy”. De hecho, el corazón humano de ideas no puede vivir; si Dios fuera una idea o el producto de la imaginación, la atracción para seguirlo en cuerpo y alma, dejándolo todo, ¿cuánto duraría?, ¿una semana?, ¿tal vez unos meses? Lo cierto es que no podría durar toda una vida. Quienes llevamos veinte, treinta, cuarenta, cincuenta ¡¡años!! de vida consagrada o sacerdotal sin haber abandonado el proyecto y sin habernos tomado “recreos”, vivimos el “estupor”, es decir, la admiración sin palabras de que el misterio de Dios está presente, nos atrae y nos pone al servicio de los demás en lo referente a su Reino de paz y de justicia.

Dios en acción

    Como sacerdote he trabajado mucho tiempo en “discernimiento vocacional”, es decir, ayudando a jóvenes a discernir si eran llamados por Dios a la vocación sacerdotal. Allí lo he visto a “Dios en acción” como en pocos lugares; porque mientras que al joven la vida lo invitaba al disfrute, a un “sí” a tantas oportunidades para pasarla bien, Dios desde el corazón le decía: “Deja todo y sígueme”. Y entonces venía la lucha interior; por un lado la atracción de vivir como vivió Cristo, y por otro lado, sentir que no era fácil dejar tantas cosas lícitas y placenteras. Finalmente venía la decisión en quienes habían sido llamados: “Me decidí, dejaré lo mío, mi pueblo, mi novia y seguiré a Cristo, me siento llamado por Él”. Había que ser ciego para no ver a Cristo vivo y actuante en estas circunstancias. Por eso es verdad lo que le dice Cristo Resucitado a los apóstoles: “Vayan por todo el mundo anunciando el Evangelio, ‘yo estaré siempre’ con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt. 28,20).

Si Cristo está presente, nuestra historia termina bien y el futuro es esperanzador. Buen domingo.

- Publicidad -
- Publicidad -
- Publicidad -