Argentina campeón del mundo. Ni el más optimista lo imaginaba tras el paso en falso en el debut ante los saudíes. A partir de ahí fueron seis finales, en las que el equipo fue cambiando su fisonomía y forjando un carácter que resultó clave para la conquista. EL NORTE estuvo en Qatar siguiendo paso a paso el camino –y la evolución- del equipo de Scaloni, que se coronó con un Messi extraordinario.

EZEQUIEL GUISONE
Enviado especial a Qatar
Un mundial inolvidable. Qatar ofreció a los protagonistas y a los espectadores comodidades nunca antes vistas en una Copa del Mundo, que serán muy difíciles de repetir. La cercanía entre las sedes, la organización impecable, el transporte público fluido y gratuito. Ningún otro mundial fue tan ventajoso para aquellos que viven por y para el fútbol.
Y para nosotros, los argentinos, fue un sueño. El qatarí nos adoptó, vibró al ritmo de las canciones de cancha, sufrió con nosotros en cada cruce eliminatorio y –créanme- celebró el título con una pasión y alegría similares a las nuestras. Era el Mundial de Messi. Todos querían verlo levantar la Copa. Y lo vimos. Fuimos testigos privilegiados del camino que recorrió la Scaloneta en búsqueda de la tercera estrella. Un camino que se inició a los tumbos, pero que terminó fortaleciendo el carácter de un plantel que quizás necesitaba ese cimbronazo para volver a arremangarse y “empujar”. Fueron siete capítulos en esta historia con el final más feliz.
La pesadilla de Lusail
Llegaba el momento del ansiado debut. Miles de argentinos se movilizaron bajo el agobiante calor del mediodía qatarí rumbo al estadio más imponente de la Copa del Mundo. Las horas previas fueron una fiesta. La adrenalina del argentino copó el metro, los colectivos y llamó la atención de los locales y del resto de los fanáticos del mundo con un banderazo multitudinario en la zona de Corniche.
En la cancha, las cosas no podían comenzar mejor. Un penal VAR le permitió a Messi abrir el marcador a los 10 minutos y durante todo el primer tiempo los de Scaloni lo tuvieron para aumentar la diferencia, incluyendo tres goles anulados (dos de ellos a Lautaro Martínez) por posición adelantada.

Todo era celeste y blanco, en el césped y en la tribuna. Pero en el segundo tiempo todo cambió. Arabia Saudita, con el corazón y con lo poco que tenía, lo dio vuelta con dos golazos en cuestión de minutos. Fue un golpazo. La cancha se vino abajo. Resultaba ser que Argentina no era tan local como pensábamos. Los saudíes, que siguieron las alternativas de la primera mitad en silencio, ahora demostraban que eran muchos más. El estadio era una caldera y el equipo argentino lo sintió. No tuvo respuestas anímicas ni futbolisticas, y más allá de algunas oportunidades en el cierre, hizo muy poco para torcer la historia.
El peor de los escenarios en el debut. Argentina perdía con el rival a priori más accesible y todo se complicaba. Lionel Scaloni apostó por darles minutos a jugadores que no venían con continuidad como Cuti Romero o Paredes, que tuvieron una mala tarde y quedaron expuestos. Todos quedamos expuestos. Nos creíamos campeones del mundo antes de que arrancara el fútbol. Un cachetazo tan fuerte como necesario y -a la luz de los resultados- salvador.
Primera final
Argentina volvió a Lusail para jugar el sábado 26 de noviembre ante México. Si perdía de nuevo, se despedía del Mundial. Jugó con ese peso sobre sus hombros desde demasiado temprano, pero se hizo cargo. Scaloni hizo cambios, puso desde el arranque a Guido Rodríguez por Paredes, a Lisandro Martínez por Romero, cambió los dos laterales, y le dio lugar entre los once a Alexis Mac Allister. Pero el equipo seguía sin aparecer. Los primeros 45 fueron preocupantes, con poco fútbol y pocas ideas ante un rival que lo único que hizo fue replegarse. El ánimo en las tribunas estaba por el piso en el entretiempo, los 15 minutos más largos de la Copa del Mundo.
El segundo tiempo con los mexicanos fue la primera señal del “nuevo equipo” que se vendría. Scaloni le dio la oportunidad a Enzo Fernández, y el volante argentino que llegaba con el mejor presente no defraudó. El equipo ganó en intensidad y actitud, condiciones que se potenciaron con el ingreso de Julián Álvarez por Lautaro. Messi abrió el camino con un zurdazo desde fuera del área y a partir de ese momento, el fútbol comenzó a fluir. Enzo clavó un golazo para el 2 a 0, redondeando una tarde soñada. En aquel segundo tiempo del 26 de noviembre, comenzó a moldearse el campeón del mundo.
Segunda final
La euforia se calmó rápidamente y le dio paso a la realidad: Argentina debía ganarle sí o sí a Polonia para asegurar su pase a octavos. El 30 de noviembre, en el extraño y pintoresco estadio 974 (el de los contenedores), la Selección fue local por primera vez en la Copa. La cancha era más chica (la mitad de Lusail), el ánimo era otro, los polacos eran pocos… y los hinchas se hicieron sentir en serio. La Selección fue claramente superior, pero otra vez se fue al descanso 0 a 0. Para peor, Szczesny le atajó un penal a Messi en el mejor momento colectivo. Pero, a diferencia del debut, el equipo no se cayó, siguió buscando y encontró la ventaja en el minuto inicial del complemento, con una definición “mordida” de Mac Allister, que hizo un partidazo y se adueñó del puesto de Lo Celso, que en el debut había sido para Papu Gómez. Pase de Enzo, golazo de Julián Álvarez y 2 a 0 que bien pudo ser goleada ante los de Levandowski. Scaloni sorprendió con Julián desde el arranque en lugar de Lautaro Martínez, y Enzo Fernández fue por primera vez titular. Ese equipo formó con Dibu Martínez; Molina, Romero, Otamendi, Acuña; De Paul, Enzo, Mac Allister; Messi, Julián y Di María. Diez de esos once (solo cambió a Acuña por Tagliafico) jugarían 19 días más tarde la final ante Francia.
Clasificación como primero en el grupo, el equipo en levantada y un cruce “amigable” con Australia en octavos. Se encendía la ilusión.
Segunda parte
El estadio Ahmad Bin Ali recibió el cruce ante los australianos, probablemente el de mejor clima entre los argentinos, que hicieron una fiesta. Papu Gómez volvió a tener su oportunidad desde el arranque (en lugar de Di María, lesionado) y otra vez no terminó de convencer, probando Scaloni por primera vez en el campeonato la línea de 5 en defensa con el ingreso de Lisandro Martínez en el segundo tiempo. El partido fue apretado y lo volvió a abrir Messi con una definición de zurda tras asistencia de Otamendi. En el complemento, De Paul fue a presionar al arquero, provocó el error y Julián puso el 2-0. En el final, los oceánicos descontaron y Dibu Martínez tuvo su primera intervención decisiva del torneo, al tapar un mano a mano que era el empate en el final. Sin brillar, pero con una solidez creciente, Argentina estaba entre los ocho.

Volver a Lusail
La clasificación ante Países Bajos confirmó que la Selección estaba para el título. Salió a jugar con los cinco defensores y controló el partido ante los neerlandeses. Lo volvió a abrir otra vez con un Messi magistral (asistencia de lujo y gol de Molina) y se puso 2 a 0 con un tanto de penal de Lío. En este partido los cambios no le sentaron bien al equipo, que se tiró demasiado atrás y la Naranja lo terminó empatando en la última. Lo que mostró Argentina en el alargue fue para ilusionarse. Se recuperó notablemente del impacto del empate y se llevó por delante al rival, lo metió en su arco y le creó cinco situaciones claras de gol. Hubo que ir a los penales, y ahí Dibu ratificó que es una garantía en ese tipo de definición. El equipo estaba fuerte, ya no había adversidad que lo derribara.
Imparables
Croacia había dejado afuera a Brasil y era una buena noticia. El equipo de Modric era un rival importante, pero no más que Países Bajos y mucho menos que los brasileños. Pero Argentina jugó su mejor partido. Después de 20 minutos con dominio croata, la Selección tomó el protagonismo y fue avasallador. Gol de penal de Messi y otros dos goles de Julián Álvarez, que la rompió. En el 3-0, solo tuvo que empujarla tras la jugada fantástica de Leo partiendo desde la derecha y dejando en ridículo a un pibe con tremendo presente y futuro como Gvardiol. Una de las jugadas que será recordada por siempre de esta consagración.

Llegó la tercera
Setenta minutos de ensueño. Veinte de pesadilla. Un alargue para el infarto, con dos rivales intercambiando golpe por golpe como en una película de Rocky. La final ante Francia fue épica. La vuelta a la titularidad de Di María con gol incluido, el partido de Messi, las atajadas decisivas de Dibu Martínez… el 2-2 de los 90 y el 1-1 del alargue le dieron forma a la final más atractiva de la historia de los mundiales. Argentina fue dominador gran parte del partido, pero Mbappé y compañía mostraron todo su poderío y empardaron las cosas en un abrir y cerrar de ojos. El 3-2 de Leo en el alargue parecía sentenciar la historia, pero hubo que ir una vez más a los penales. Dibu figura, eficacia total en las ejecuciones y desenlace conocido.
Argentina se consagró campeón del mundo merecidamente. Más allá de los momentos de zozobra que atravesó en los cruces mano a mano, en todos ellos había demostrado ser superior. Siempre estuvo 2-0 al frente, aunque solo ante Croacia pudo sobrepasar esa barrera, convertir el tercero y terminar tranquilo. Australia le descontó; Países Bajos y Francia le empataron, pero la Selección siempre tuvo algo más para dar. Esa imagen de impotencia y resignación que dejó en el segundo tiempo ante los saudíes ya no tenía nada que ver con este nuevo equipo, que “rejuveneció” con los ingresos de Mac Allister, Fernández y Álvarez, y le brindó a un Messi extraordinario el mejor contexto para que pudiera brillar como nunca antes con la camiseta albiceleste.


