Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo (Mt. 25,1-13).

Por monseñor Hugo Norberto Santiago
Obispo de la Diócesis de San Nicolás
«Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes. Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos. Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: “Ya viene el esposo, salgan a su encuentro”. Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: “¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan”. Pero estas les respondieron: “No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado”. Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: “Señor, señor, ábrenos”. Pero él respondió: “Les aseguro que no las conozco”. Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora». Palabra del Señor.
Sabios
La parábola de Jesús, que trata acerca de diez jóvenes que esperan al esposo, nos plantea un caso de sabiduría y de necedad ante una situación. Recordemos que “necio” etimológicamente es ‘el que no sabe’, el que no actuó como debería haber actuado. “Sabio”, por el contrario, es el que supo cómo obrar en una circunstancia determinada. Se trata también de una situación de prudencia, que es la virtud que nos enseña a organizar los medios para lograr un fin. Se trata de la persona que tiene como ejes de la vida la fe y la esperanza en Dios y se arriesga, tiene la audacia de apostar a vivir la vida según lo que Dios pide, sabe que tendrá obstáculos y que lo importante es sostener su opción hasta el final. Cree que Dios no miente y tiene el poder de cumplir lo que ha prometido; entonces el hombre, apoyado en la fe, se transforma en un caminante de la esperanza: espera llegar a la meta y se organiza para ello.
Necios
No parece sabio organizarse solamente para vivir “un más acá”, es decir, una vida que es solo para este mundo, porque esa vida termina con la muerte, que puede venir en cualquier instante, y una vida así tiene gusto a poco para lo que somos como personas: seres inteligentes, libres, con capacidad de amar, de soñar, de proyectarnos, de ir detrás de una meta alta que nos atrae, aunque sea exigente. El hecho de que nuestro deseo de felicidad tenga algo de insaciable encierra un mensaje; es una especie de código genético que tiene un significado que hay que descifrar: estamos hechos para algo grande, para estar en la posesión de un bien grande que no pase, y eso no se encuentra en el más acá. Por más bien que nos vaya, esta vida está marcada por el dolor, la enfermedad, las despedidas de seres queridos y las distancias; por eso, no nos puede dar lo que anhelamos. Por lo tanto, organizarnos para ser felices solo en esta vida no es inteligente: es necio, es decir, no es sabio.
Si leemos nuestro código genético que nos habla de un hambre insaciable de felicidad, de bienestar, y esa felicidad tiene su cumbre cuando dos personas se encuentran en el amor (por ejemplo, dos esposos profundamente enamorados), entonces la felicidad máxima está en el encuentro entre personas; nuestra felicidad está ligada a lo relacional, al encuentro.
Decía san Agustín: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”. La fe católica camina detrás de esta intuición. Entonces el hombre creyente toma la hoja de ruta que indica el camino hacia este encuentro, que no es otra que amar al prójimo y trabajar en esta vida por el bien común, caminando con otros que intuyeron lo mismo. Esto supone prudencia, es decir, organizar los medios para llegar al objetivo, evitando quedarnos a mitad de camino, y supone también la audacia de una apuesta: leyendo en nuestras ansias de felicidad algo de Dios, apostamos a que Cristo nos marcó el camino, no miente y tiene el poder de cumplir lo que prometió.
Que Dios te bendiga, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Buen domingo!

