Homilía del Obispo: «Amor es ‘eros’ y ‘ágape’»

HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo (Mt. 22,34-40)

Por monseñor Hugo Norberto Santiago
Obispo de la Diócesis de San Nicolás

«Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?”. Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”». Palabra del Señor.

La crisis del amor

   En este Evangelio, Jesús nos dice que la cumbre de los mandamientos es amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas y al prójimo como a uno mismo. Ambos mandamientos van siempre de la mano y uno autentica al otro; el Evangelio es claro en esto: «Quien dice amar a Dios, a quien no ve, y no ama al prójimo, a quien ve, es un mentiroso» (1 Jn 4, 20). Por lo tanto, si queremos saber si amamos a Dios, tenemos que constatarlo en el amor que les tenemos a los demás.

La palabra «amor» está en crisis en nuestra cultura porque se usa para expresar tantas actitudes que ya no se sabe qué quiere decir; es más, en ciertas circunstancias esconde simplemente lo contrario: el egoísmo. Tal vez por eso, el papa Benedicto XVI escribió un documento muy lindo llamado «Dios es amor», en el cual desarrolla la naturaleza del amor, es decir, lo que el amor es, en qué consiste, qué características tiene, permitiéndonos con ello distinguir lo que es y lo que no es amor.

¿Qué es el amor?

    Dice el Papa que el amor tiene dos dimensiones fundamentales: «eros» y «ágape». ‘Eros’ indica la salida de uno mismo porque veo en el otro un bien para mí; por ejemplo, el amigo: veo en él a alguien que me complementa, me ayuda a comunicarme y encontrarme, a salir de la soledad, por eso salgo en busca de un amigo. ‘Ágape’, en cambio, indica la salida de uno mismo hacia otro que me necesita; por ejemplo, cuando voy a ver a un enfermo que tal vez no tiene mucho que ver conmigo: lo hago porque sé que le hará bien tener visitas en esa circunstancia en la cual está sufriendo. ‘Eros’ necesita de ‘ágape’ porque, si en mi vida solo salgo de mí mismo al encuentro del otro porque veo en él un bien para mí, tarde o temprano esa actitud se transformará en egoísmo y, por lo tanto, ya no será amor, porque lo que me mueve es solamente mi propio interés.

Por otra parte, ‘ágape’ necesita de ‘eros’ porque, si a la salida de mí mismo para ir en busca de quien me necesita le falta pasión y afecto, el gesto será un amor ‘frío’; por lo tanto, no será amor. ‘Eros’ le aporta a ‘ágape’ toda la dimensión afectiva: hace que el amor sea algo que se siente desde el corazón, algo que me conmueve y, sentidamente, me lleva a dar una mano al que lo necesita.

La cumbre del amor

   Finalmente, el papa Benedicto dice que la cumbre del amor es la apasionada búsqueda del bien del otro, en lo cual encuentro mi propia felicidad. Este amor suele darse en un padre o una madre; lo hemos visto infinidad de veces: papá y mamá se han sacrificado muchos años por el hijo para traerlo a la vida, cuidarlo y promocionarlo humanamente. Si ven al hijo realizado, eso les alegra profundamente el corazón, aunque les haya costado mucho sacrificio y él no les pueda devolver todo lo que le dieron, excepto el cariño y el agradecimiento filial. El punto de apoyo de la felicidad ha cambiado: ya no está en uno, sino en el bien del otro, pero eso mismo produce felicidad. Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, nuestro Salvador, es el ejemplo más palmario de esto que decimos; para salvarnos, nació y vivió humildemente, predicó, hizo milagros, sanó nuestras enfermedades, se cansó y se sacrificó hasta aceptar la tortura de la cruz, pero consiguió el bien que quería para nosotros: que el Espíritu Santo se derramara en lo profundo de nuestro ser, cambiándonos el corazón de piedra en un corazón de carne capaz de amar. Lo hizo con pasión, con afecto de amigo, con todas sus fuerzas, hasta que no le quedó nada, pero logró el objetivo de nuestro bien. Por eso dicen los autores espirituales que Jesús en la cruz, en cierto sentido, goza, porque ha conseguido el propósito de salvarnos de la muerte y darnos un corazón nuevo capaz de amar. Por otra parte, eso al Hijo de Dios lo hace ‘grande’ y ‘noble’, «una gran persona que ha beneficiado a toda la humanidad» y, obviamente, eso le da una gran felicidad.

Por este camino que recorrió el Hijo de Dios, realización personal y felicidad van de la mano. Es para pensarlo: «La cumbre del amor es la apasionada búsqueda del bien del otro, en lo cual encuentro mi propia grandeza y felicidad».

Que Dios te bendiga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Buen domingo!

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