Obesidad, un desafío creciente para la salud pública

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En la Argentina, la obesidad dejó de ser un problema individual para convertirse en un desafío sanitario, social y económico que exige respuestas colectivas. De acuerdo con la Cuarta Encuesta Nacional de Factores de Riesgo, realizada por el Ministerio de Salud de la Nación en 2018, el 66,1% de la población adulta presenta exceso de peso: el 32,4% padece obesidad y el 33,7% tiene sobrepeso.
El panorama entre niños, niñas y adolescentes también resulta preocupante. La Segunda Encuesta Nacional de Nutrición y Salud indica que el 41,1% de las personas de entre 5 y 17 años tiene exceso de peso y que casi la mitad de ese grupo se ubica directamente en la categoría de obesidad. Los especialistas advierten que esta tendencia se traduce en mayor riesgo de enfermedades crónicas a edades cada vez más tempranas.
“La obesidad es una enfermedad crónica, compleja y multifactorial. Su abordaje va más allá de las explicaciones simplistas que reducen esta problemática a la alimentación, la actividad física o la voluntad individual”, sostuvo la licenciada en Nutrición Yésica Suárez, matriculada en la provincia de Buenos Aires e integrante del Colegio de Nutricionistas bonaerense. Desde la entidad remarcan que los factores genéticos, ambientales, culturales y económicos se combinan y condicionan las posibilidades reales de cuidado de la salud.
En línea con esa mirada, se insiste en la necesidad de políticas públicas sostenidas que garanticen condiciones más equitativas para toda la población. Esto incluye asegurar el acceso a alimentos nutritivos y seguros, fortalecer los programas de educación alimentaria y nutricional, mejorar los entornos escolares y urbanos para la práctica de actividad física y garantizar equipos de salud interdisciplinarios en el sistema público y privado.
Escuela, familia y Estado: un trabajo articulado
Las instituciones educativas aparecen como un eje clave para revertir la tendencia. Especialistas plantean que las escuelas, tanto públicas como privadas, deben contar con profesionales de la nutrición dentro de sus equipos interdisciplinarios. Su participación permite planificar, supervisar y evaluar los servicios de alimentación escolar, además de acompañar proyectos pedagógicos que promuevan hábitos saludables desde edades tempranas.
Suárez remarcó que el rol del nutricionista es “mucho más que la elaboración de planes alimentarios”. Estos profesionales están preparados para la prevención de enfermedades asociadas al exceso de peso, la promoción de estilos de vida saludables, la educación alimentaria en comunidad y el acompañamiento de personas y grupos a lo largo de las diferentes etapas de la vida.
- Diseño y evaluación de menús escolares con criterios nutricionales y de seguridad alimentaria.
- Capacitación a docentes, familias y personal de comedores sobre alimentación saludable.
- Promoción de entornos libres de productos ultraprocesados y bebidas azucaradas en las escuelas.
- Acompañamiento a municipios y provincias en el diseño de políticas de prevención.
Más allá de la comida: estereotipos, redes y acceso a la información
Otro de los aspectos señalados por la especialista es el impacto de la publicidad, las redes sociales y los ideales corporales en la construcción de la imagen corporal, especialmente en niñas, niños y adolescentes. En este punto, el trabajo en el aula y en los espacios comunitarios debe incluir herramientas para leer críticamente los mensajes que circulan y cuestionar los modelos de belleza hegemónicos que pueden dañar la autoestima y favorecer conductas alimentarias de riesgo.
“Esta tarea no debería limitarse a aconsejar o sugerir qué alimentos consumir, sino también a promover un pensamiento crítico frente a la publicidad, las redes sociales, los ideales corporales y los mensajes que pueden condicionar la relación de los niños y adolescentes con sus cuerpos”, destacó Suárez.
Coinciden los especialistas en que la obesidad requiere atención profesional basada en evidencia científica, empatía y un abordaje interdisciplinario que respete la singularidad de cada persona. Prevenir no es solo difundir qué conviene comer: implica garantizar acceso a información confiable, dispositivos de salud cercanos y accesibles, equipos capacitados y entornos —en el hogar, la escuela, el barrio y el trabajo— que hagan realmente posible el cuidado de la salud para toda la población.

